Adicto a viajar en tren

Siempre me ha gustado viajar en tren. A partir de ahora creo que me he vuelto un adicto. El episodio que voy a narrar sucedió en mi último viaje. Localicé mi asiento y me acomodé lo mejor que pude. Inmediatamente también localicé sus ojos. O quizás debería decir que fueron sus ojos los que me atraparon a mí. No estoy seguro. Da igual. Allí estábamos dos desconocidos separados por el pasillo, pegados a la ventanilla y en orientación diagonal.

Durante los primeros minutos del viaje las miradas de reojo de ambos eran evidentes. Tan reincidentes que en muchas ocasiones nuestros ojos coincidían y disfrutaban de ese instante. Recuerdo tu blusa blanca con tres botones desabrochados ofreciéndome un generoso escote. Sin embargo lo que tenía cautivada mi atención eran tus estilizadas piernas. Estaban totalmente al descubierto, gracias a una pequeña falda de flecos que apenas cubría tus zonas más íntimas. Disimulaba haciendo que leía un libro que me había propuesto terminar en ese viaje. Nada más verte supe que debía renunciar a ese objetivo. Lejos de entristecerme me alegré. Una mujer como tú no se presenta todos los días.

Alrededor había mucha gente y sin embargo parecía que estuviésemos tu y yo solos. Tuve intención de hablar contigo en más de una ocasión, e incluso de invitarte a la cafetería pero no fue posible. En ningún momento te quitaste los auriculares y además te hacías la distraída. Hacia la mitad del viaje te dirigiste al cuarto de baño. Vi el cielo abierto. Los aseos en los trenes han evolucionado bastante. En este caso, el WC era un compartimento muy amplio con una puerta corredera que se cerraba de forma hermética. No lo dude un instante y me levante para esperarte en la puerta.

Solo imaginar el preludio de lo que estaba a punto de suceder, provoco en mi una evidente excitación debajo de la cremallera de mi pantalón. Tardaste cinco minutos en aliviarte y abrir la puerta. Esos cinco minutos a mí se me hicieron eternos, pero cuando te tuve a menos de cuarenta centímetros de distancia todo sucedió de forma natural. Te agarre de la cintura y te empujé con suavidad pero con firmeza dentro del aseo. A continuación apreté el botón para que la puerta se cerrase.

No hizo falta que pronunciásemos palabra alguna. Sin dejar de mirarnos fijamente comencé a desabrocharte los pocos botones de la blusa que todavía seguían en su sitio. Tenías los ojos color de avellana más bonitos que he visto en la vida. Una sonrisa tímida se asomó por la comisura de tus labios, al mismo tiempo que noté como tus traviesas manos estaban liberando el cinturón que sujetaba mi pantalón. Nuestra respiración se entrecortaba y comenzaban a escucharse los primeros jadeos. Dos segundos más tarde nuestras bocas jugaban a reconocerse. Daba la sensación de que nos hubiésemos besado toda la vida. De manera instintiva nuestras lenguas se acoplaban a la perfección, ejecutando la más dulce de las danzas. Perdí la noción del tiempo y no sabría decir durante cuánto tiempo estuvimos besándonos.

La siguiente imagen que tengo grabada en la memoria es el reflejo de tu espalda desnuda en el espejo del aseo. Bajé la vista y puede contemplar los pechos más bonitos y firmes que había visto nunca. Mis labios quisieron besar el atractivo pezón de una de tus tetas. Lo devoré, lo chupe y lo lamí hasta que pronunciaste la primera palabra: “cómetelas”. Aquel salvoconducto fue fulminante. Me las comí, las dos, disfrutando de cada centímetro y haciéndote disfrutar. Observé que tu rostro había cambiado. Ahora tenías el gesto que tiene toda mujer cuando está a punto de follar. El de una hembra en celo que quiere estallar de pasión. Ese era tu rostro. Tu larga melena rizada despeinada en la mitad de tu rostro, aportaba mayor sensualidad a aquella escena.

Nos concedimos tres segundos de tregua y acto seguido te pusiste de rodillas delante de mí. Liberaste mi polla sin dejar de mirarme a los ojos desde abajo. Comenzaste a lamer todo mi miembro sin apartarme la mirada. Tu destreza era infinita y sin lugar a dudas demostraste ser toda una experta en el arte de la felación. Yo estaba a punto de estallar. Lo adivinaste y te pusiste de pie. Estaba claro quien llevaba el mando.

Por segunda vez volviste a pronunciar unas palabras. Acercaste tu boca a mi oreja y me susurraste: “quiero que me folles aquí y ahora”. Tu minifalda cayó al suelo por arte de magia. Entonces me di cuenta de que tampoco llevabas bragas. Me libere de mis pantalones y te cogí en volandas para sentarte encima del lavabo. Tu espalda estaba apoyada contra el espejo y tus piernas bien abiertas. Ante mis ojos tenía un perfecto coño rasurado. Antes de penetrarte volvimos a besarnos, pero esta vez con mucha más pasión si cabe. Los jadeos habían alcanzado mayor volumen y la punta de mi polla rozaba la entrada de tu sexo. Quería ponerte a prueba para incrementar tu excitación. Y lo conseguí. Volviste a hablar: “métemela ya, no seas cabrón, por favor”. Me puso muy cachondo escucharte y no tuve más remedio que obedecerte. La primera embestida fue deliciosa. Sentí todo tu coño caliente y húmedo acariciando mi polla. La lubricación era maravillosa. Continué taladrándote sin descanso. Tus manos agarraban mi cuello, mientras yo coloque tus piernas sobre mis hombros. La apertura de tu coño era fantástica y las acometidas cada vez mejores. No recuerdo nunca haber empotrado a una mujer como lo hice contigo.

En el espejo veía mi rostro. Estaba fuera de sí y reconozco que en pocas ocasiones pierdo el control. Suele ser en estos casos cuando más disfruto. Hoy era uno de esos días. Me dejé llevar y el resultado no pudo ser mejor. Nuestros jadeos se transformaron en unos gemidos escandalosos. De repente sentí la necesidad de dedicarte mis primeras palabras: “no puedo más, me voy a correr”. Tu respuesta fue inmediata: “hazlo, córrete dentro de mi”. No sé quién de los dos lo hizo primero, pero el intercambio de fluidos fue absoluto. Jamás olvidaré semejante polvo. Tu rostro lo decía todo. Estabas saciada de sexo y sin embargo parecías no haber tenido suficiente. Cuando por fin comenzaba a recuperar la respiración, bajaste del lavabo y volviste a susurrarme en el oído: “quiero más…”.

De no haber sido porque, un instante después, alguien comenzó a aporrear la puerta y a gritar desde fuera, te puedo jurar que hubiese correspondido a tus deseos. Tardamos tres minutos en vestirnos y salimos agarrados de la mano con el inequívoco rostro que sólo tienen los bien follados. Desde entonces siempre que puedo, elijo viajar en tren



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