Cena con vibrador incluido; morbo asegurado

El morbo residía, especialmente, en tener que disimular. Allí estaban ambos, rodeados de gente en un carísimo y moderno restaurante del centro de Barcelona. Elegante y sexy ella, impecable él. Querían celebrar sus 10 años juntos. Animados por el vino y excitados por lo que solo ellos sabían, no se quitaban los ojos de encima, divertidos. Ella, que bajo el vestido llevaba una exquisita ropa interior negra, ocultaba entre las piernas un pequeño juguetito. Dentro, muy dentro.

Ni lo habría notado si no hubiera sido porque él, cuando consideraba oportuno, apretaba los botones del mando a distancia que guardaba en el bolsillo de la chaqueta. Dar placer a su voluntad… e interrumpirlo, arrebatarlo.

La vibración era suave. Ella miraba a todo el mundo, nerviosa, como si alguien se fuera a enterar. Pero lo cierto es que el motor era bastante silencioso, bajo los 50 decibeles.

“¿Más vino, señora?”, pregunta el camarero. Ella intenta mantener la compostura.

Iba aumentando la velocidad de vibración. El mando funcionaba hasta a 20 metros de distancia. El huevo tenía 8 diferentes posibilidades. Jugaba con mi excitación y mi deseo. No me enteraba de ninguna conversación, ni siquiera podía disfrutar la comida. Mi único pensamiento: correrme.

Me lo cuenta entusiasmada, con la risa nerviosa de una niña pequeña que acaba de cometer una travesura. “Lo mejor fue el polvo de después”, me dice. Y eso que llevan 10 años juntos.

Claro, así cualquier

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