Dulce merienda



Eran las seis de la tarde cuando mi chico me preguntó si quería hacer unos crepes con él. Yo nunca había comido crepes caseros y me pareció una genial idea probarlas. Nos levantamos los dos del sofá de un salto y nos fuimos a la cocina. Como siempre hago cuando la cosa puede ponerse sucia recogí mi larga melena en una cola de caballo lo más alta que pude mientras él se ponía el delantal. Empezó a sacar harina, huevos, leche y yo saqué un bol grande donde echar todos los productos.

Por alguna extraña razón que no alcanzo a comprender todavía comenzó a explicarme su teoría de dónde procedían las tortitas mientras echaba la harina en el bol y a mí me daba la risa de ver cómo le había quedado un poco de harina en la cara. Hablaba y hablaba todo emocionado sintiéndose el centro de toda mi atención mientras yo le miraba muy atenta preguntándome qué sería tan importante para tener que tragarme toda la explicación de las tortitas. Pero sé que él es así. Y a estas alturas no voy a quejarme de que se así porque, a pesar de todo, está adorable explicándolo.

Parece que decirme de donde venían las tortitas era su razón de ser del día y claro cada vez que levantaba la vista yo decía que sí con la cabeza como si lo entendiera o si siguiera lo que me estaba diciendo. Claro que él tampoco puede quejarse porque sabe que me distraigo con cualquier cosa cuando me sueltan un rollo largo como este. Cuando bajé la vista al bol había un líquido espeso y se suponía que eso estaba listo para hacer tortitas. Como siempre fue costumbre en mi casa y solía hacérselo a mi madre metí el dedo para probar ese líquido de los crepes y, cuando iba a llevármelo a la boca mi chico muy enfadado me dijo:

—¿Pero qué haces? ¡¡¡No seas guarra!!! — me dijo cogiéndome la mano.

—¡Probarla! ¿es que tú nunca la pruebas? —respondí indignada.

—Si sé que está buena ¿para que quiero probarla? — dijo él riéndose de mí.

—¿Si no lo pruebas cómo sabes que está buena?— repetía yo.

—¿Y tú necesitas probar mis besos para saber si son buenos? — dijo él acercándose a mí.

—¿Tus besos? ¡Ya no me acuerdo de cómo son tus besos!— le dije sabiendo que le haría rabiar.

—¡Serás bandida! ¿No te acuerdas de cómo son mis besos?— dijo él y con esto último posó sus labios sobre los míos y con un dulce beso me recordó eso que yo nunca olvido: su sabor, su calor y su olor. Se apartó y me miró a los ojos —¿Sabías que estaba bueno o qué?

—No sé, no sé yo si están buenos de verdad— y para endulzarlos metí el dedo en las futuras tortitas y luego en su boca— A ver ahora.

Y me besó con ese dulce sabor a tortita. Sin duda mejoró mucho el beso. Cuando se separó de mí sus ojos brillaban y una sonrisa picarona lucía en su rostro. Se separó de mí y fue directo a la nevera cogió el sirope de caramelo y volvió con él.

—¡Eso es muy dulce!— dije yo temiéndome un empacho a caramelo.

—Cállate que hablas mucho—y puso un poco de sirope en el dedo índice y lo acercó a mi cuello. Lo manchó suavemente todo lo que pudo dando pequeños golpecitos y dejó el sirope sobre la bancada de la cocina.

Con una sonrisa que reflejaba sus más perversas intenciones llevó su dedo a la boca y lo chupó. El caramelo era su sabor favorito y fingió que estaba buenísimo poniendo los ojos en blanco.

Con la otra mano agarró mi cola y echó mi cuello hacia atrás. Comenzó a lamer y a chupar mi cuello suavemente. Sentí la humedad de su lengua y el calor de su boca. Iba haciendo que me derritiera por dentro. Sabía que me encantaba que lo hiciera y la verdad yo prefería que me encontrara aún más dulce con el sirope. Poco a poco la cosa entre nosotros se fue encendiendo así que con la mano izquierda aparté el bowl de la pasta para las tortitas ya que íbamos a tardar un rato en poder hacerlas y corrían el riesgo de caer en suelo de la cocina y mancharlo todo. Está bien dejarse llevar por la pasión pero seamos realistas ¿quién quiere limpiar luego todo el estropicio?

Le quite la camiseta para poder sentir mejor su pecho que me encanta, tan suave y tan caliente. Lo besé de un extremo a otro y de arriba abajo bajándole los pantaloncitos de estar por casa. Claro estaba que a estas alturas su pene ya estaría más que contento por los besos que nos habíamos dado. Es algo que siempre me ha gustado de los hombres esa facilidad con que pueden tener una erección y, desde luego, el mío era de lo más  sensible. Un mordisco en el cuello me sacó de mis pensamientos y me devolvió a la cocina. Ahí estaba mi chico mirándome fijamente y pidiéndome más.

Me agarró el culo y me sentó en bancada de la cocina así como hacen en las películas. Me quitó la camiseta y muy a mi pesar cogió el bowl de las tortitas y con un dedo empezó a mojar y a mancharme todo el pecho como haciendo un caminito hacia mi entrepierna. Cuando consideró que había terminado su obra de arte volvió para besar todos y cada uno de los puntos que formaban parte del camino mientras metía mis dedos entre su pelo rizado.

Me sentía en una burbuja donde solo hay cabida para las sensaciones. Se que sus intenciones eran las mejores, que le encanta darme placer pero ¿qué puedo decir? hay veces que cuando nos tocan las teclas adecuadas somos​ nosotras las que buscamos los atajos. Así que agarré esos rizos que estaban dispuestos a devorarme enterita y los atraje en mi boca.

—Eso otro día cari, hoy tengo prisa— y mientras decía eso bajé sus calzoncillos como pude con los dedos de mis pies. Ahí los dejé solitos en sus tobillos.

Me urgía tenerle y ya habría tiempo para más juegos en el siguiente. Me moví hasta el borde de la cocina y el se acercó con su pene en la mano. Tan solo con lo caliente que estaba él y lo empapada que estaba yo. Entró suave y firme, como si conquistara su tesoro más preciado.

Yo me sentí llena, me encantaba el contraste de temperatura, casi quemaba. Su pelvis a un ritmo lento para que yo pudiera tocar mi clítoris. Centrándose en la entrada. Me encantaba notarle entrar y siempre se lo decía. Es donde más siento y él lo sabe. Mis gemidos se lo confirman, mi respiración entrecortada le indica que va por buen camino. Él se concentra, yo siento. Ajusto el ritmo de mi mano, la presión perfecta y dejo que todo surta su efecto. Mi temperatura asciende y noto como ardo. Se me hace más difícil mantener el ritmo de mi respiración y no se como él lo sabe, pero me conoce tan bien que sabe que es ahora cuando todo debe acelerarse. Su ritmo aumenta y yo estoy apunto. Se riza mi piel, mis pezones me duelen de tan erizados que están. Él entra y sale, yo muevo de izquierda a derecha. Y al fin un grito es arrancado de mi interior. Un grito que me recorre como un escalofrío por toda la columna. Me siento flotar, desvanecer entre sus brazos. Pierdo las fuerzas mientras él me sujeta y sigue. No para hasta que llega su orgasmo.

Me encanta que lo haga así porque alarga el mío. Es como si después de mi orgasmo existiera la opción de continuarlo y solo estuviera en su poder. Como si él fuera dueño de eso. Y mientras vuelvo a la vida envuelta en tanto placer noto como llega el suyo. Un gemido silencioso es lo único que se escapa de su garganta. Me aprieta hacia él mientras recibe las últimas coletadas de placer.

Cuando levanta su mirada hacia mi sus labios están rojos y sus ojos perdidos. Se apoya en mí intentando reponerse. Es un momento tierno que compartimos los dos. Le beso los rizos y le abrazo fuerte.

—Venga campeón reponte ¡que me prometiste unas crepes de Nutella!

Va a ser una tarde de lo más dulce.

¡Espero que os haya gustado el relato erótico de hoy! ¿has tenido tú algo parecido? ¡Compártelo conmigo! y si eres de l@s tímid@s por lo menos compártelo en tus redes para que tus amig@s también lo disfruten.



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