El monte de Venus

El tiempo que dura el primer novio está, como su nombre indica, repleto de primeras veces. La primera vez en la cama, en el sofá, en el coche y, en definitiva, la primera vez en todos los interiores posibles. Sin embargo y dado que nuestro picadero habitual era un paradero alejado de la ciudad y casi en plena naturaleza en el que aparcábamos el coche, decidimos probar, aunque fuera sólo una vez, hacer el amor en exteriores.

Sin hablarlo abiertamente pero los dos intuyendo los planes del otro, aparcamos donde solíamos tener nuestros encuentros más íntimos y decidimos seguir el camino a pie, a ver hasta dónde nos conducía.

No parecía un lugar muy transitado, pues apenas nos encontramos a un par de personas mientras ascendíamos ese pequeño monte. Cada vez la cuesta se hacía más empinada, como probablemente estaba el sexo de Fede, quien, cada pocos pasos, se ponía detrás de mí, me cogía por la cintura y me empezaba a dar besos en el cuello mientras sus manos, traviesas, toqueteaban mis pechos. Medio en broma y medio en serio, acercaba su paquete a mi trasero y se restregaba con él. Podía notarlo duro y firme. Sé que, por él, hubiéramos tenido sexo allí mismo, en medio del camino.

Acalorados, y no sólo por la intensa marcha, llegamos a lo que sería nuestra cima. Se trataba de un insignificante monte que nos recibió con hierba fresca sobre la que tumbarnos y así sentir el aire y el silencio, sólo eso, en nuestra cara.

Estuvimos echados, uno junto al otro, sin decir nada durante unos minutos y, entonces, Fede se tumbó de costado y me giró hacia él, de modo que pudiésemos estar frente a frente. Comenzamos a besarnos y poco a poco nos fuimos encendiendo. Nuestros besos no eran nada inocentes y sabíamos que eso no iba a quedar ahí, aunque ignorábamos dónde seríamos capaces de parar. Le puse una pierna por encima de las suyas para que pudiésemos estar mucho más pegados y así sentir mejor nuestros cuerpos.

Fede aprovechó un momento para meter su mano por mi espalda y desabrocharme hábilmente el sujetador. Mis senos quedaron libres y él se lanzó hacia ellos para pellizcar mis pezones. Deseaba que los chupara y mordiera y así se lo hice saber. Levantó un poco mi camiseta y se sumergió en ellos, deslizando su lengua por todo su contorno. Me estremecí sintiéndola en las areolas y cómo ascendía hacia su cúspide.

Le atraje aún más a mí y advertí de nuevo su pene que se endurecía cada vez más. Lo palpé por encima y él soltó un suspiro. Entonces, se incorporó y tiró de mis pantalones hacia abajo hasta que me quedé en braguitas. Tocó mi vulva y la notó húmeda. No podía creer lo que iba a hacer. También le sobraba, así que me dejó desnuda de cintura para abajo. Se colocó entre mis piernas y buceó hasta lo más profundo de mi ser. Al principio, nerviosa, miraba alrededor, en busca de algún voyeur, pero conseguí relajarme y centrarme sólo en cómo mi clítoris iba expandiéndose en contacto con su lengua juguetona.

Si algo tenía de bueno estar en medio del campo, aparte de tener mucho morbo, era que podía gemir sin tapujos. Y, finalmente, me corrí y él se levantó lentamente con sus labios aún empapados de mis fluidos. Se bajó los pantalones y exhibió su falo, tieso y listo para penetrarme. Con cautela, Fede me la introdujo y comenzó a moverse lentamente sobre mí, con embestidas suaves pero profundas.

Supongo que por lo erótico de la situación o por temor a ser descubiertos, llegó al orgasmo enseguida. Nos vestimos y continuamos tumbados un rato más en ese monte, en nuestro Monte de Venus particular.

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