El olor del buen sexo

El maravilloso juego de la atracción y de la seducción necesita de la participación de los cinco sentidos. Es necesario ver, oír, gustar, tocar, oler, para que los estímulos nos despierten las sensaciones necesarias que nos conduzcan al placer.

Los síntomas de una fuerte atracción, o lo que la gente suele llamar “el flechazo”, son una suma acelerada de reacciones químicas en el cerebro que comienzan con la percepción del olor corporal de esa persona que nos atrapa, pero… ¿qué desencadena esta reacción?

Casi todos tenemos un comportamiento erótico que manifestamos cuando estamos en contacto social; van desde miradas, poses y actitudes, que en síntesis es todo un lenguaje corporal para atraer; pero cuando nos gusta alguien, nuestro organismo segrega, a través de la piel y los genitales, un olor sutil y característico, que son sustancias llamadas feromonas, éstas se trasmiten en el aire y son percibidas de manera inconsciente por las demás personas, si esa persona especial que nos atrae le gusta nuestro olor corporal y viceversa, la atracción impulsa esos mecanismos cerebrales, produciéndose el enamoramiento.

El organismo de la mujer despide una sustancia llamada copulina, que son las reinas de las feromonas y están presentes en las secreciones vaginales. Se producen en mayor cantidad durante la ovulación, y el hombre, al captar este olor de su pareja, reacciona elevando su nivel de testosterona (hormona sexual masculina) en la sangre, aumentando su deseo y atracción por su pareja.

Las copulinas son las feromonas del deseo sexual puro, es lo que hace decir a los hombres “esa mujer me enloquece”. Éstas y sus efectos fueron descubiertas por Astrid Jutte, una científica vienesa. Las copulinas captadas a través del olor natural del cuerpo funcionan con las personas con las que somos genéticamente compatibles, pero debemos exponernos a percibirlas a través de abrazos, besos, y momentos de cercanía. Aunque los besos sean en la mejilla, podemos captar los olores corporales que envían mensajes al cerebro. Mientras más cerca del cuerpo de la persona amada estemos, más mensajes corporales recibimo

Hay olores que, por mucho tiempo que pase, no soy capaz de olvidar. Uno es el de las natillas de mi padre, que en paz descanse, y el resto, el de los hombres de mi vida.

Los importantes, quiero decir, los que han dejado huella. Aquellos con los que hay historia y solera. El primero fue mi padre que olía siempre a café, como figura paternal me dejo bastante huella olfativa.

El segundo mi ex de piel blanca y pecosa, con un aroma más intenso y penetrante. Formando parte del pasado.

El tercero y actual,mi pareja y compañero de hazañas sexuales y vida es más dulzón, muy suave, su olor me excita por si solo y soy capaz de reconocerlo a bastante distancia.

Todos ellos con sus matices, con sus cambios, dependiendo del cuándo, cómo y dónde.

GTRES

Pero de todos esos entonces y circunstancias me quedo con el del mismo instante repetido: ese que sobrevuela la habitación y te envuelve, te impregna, justo después de un encuentro perfecto, ansioso y recién satisfecho con el hombre (o mujer) que en ese momento te revuelve las entrañas. Ese olor es insuperable. Tanto que, las primeras veces, me quedaba un buen rato en la ducha, sin abrir el grifo, olisqueándome toda la piel que podía antes de que el agua se lo llevara por el desagüe.

He encontrado decenas de artículos sobre las feromonas y la importancia del olor corporal para la seducción entre hombres y mujeres, pero no puedo evitar que me parezcan estúpidos. La estúpida lo seré yo, sin ninguna duda, que seguro que son muy científicos y que tienen mucha razón, pero no hay dios del marketing que logre convencerme de que me van a entrar ganas de irme a la cama con un tipo solo porque se haya echado por encima un frasco de hormonas envasadas con olor a verraco.


Sí que coincido en que el olfato es uno de los sentidos más importantes (¿cuál no lo es?) y constituye un factor fundamental en el deseo sexual y su intensidad. Nada como hundir la cara en el cuello del ser ansiado, en sus rincones, y respirarlo profundamente hasta que te duelan los pulmones. Como si quisiéramos guardárnoslo dentro. Pero de ahí a pensar que es el olor que desprende el otro el factor fundamental que me ha llevado a perder la cabeza por él… Más bien no, me resisto a creer eso por mucho estudio que valga.

Aunque puede que esté equivocada. Al fin y al cabo soy solo una mortal mamífera con un buen sentido del olfato.

Comentar

Se el primero en comentar

Notificación de
avatar
wpDiscuz