Esperándote

Acabo de llegar a casa del trabajo y tú no estás, siento que llevas demasiados días de viaje y sí, son sólo seis, pero mi cuerpo ya te echa de menos y me siento aburrida, no me gusta la soledad y lo sabes bien, así que prepararé algo especial para tu llegada, esta noche.

Preparo un baño caliente y me sirvo una copa de vino blanco, ligeramente espumoso, afrutado y muy, muy frío. Enciendo unas velas aromáticas en el baño, pruebo el vino y me desnudo lentamente frente al espejo, algo empañado por el calor y la humedad, pero no tanto para no dejar ver la silueta de mi cuerpo, curvilíneo como un reloj de arena, de cintura estrecha, abundante pecho y caderas redondeadas que te espera, ansioso de tí...

Cojo de nuevo la copa de vino y una gota fría se escapa para posarse en mi clavícula y deslizarse por mi pecho izquierdo, que se eriza casi al instante y no puedo evitar un leve suspiro, a la vez que me vienen a la cabeza recuerdos que me inspira esa gota de frío líquido que sigue desplazándose hacia abajo, recorriendo mi cuerpo y llegando a la pelvis, donde finalmente desaparece, haciéndome volver a la realidad.

Entro en la bañera y me acomodo, dejando la copa a un lado y cerrando los ojos para relajarme, el agua está caliente y una gruesa capa de espuma flota encima, provocando en mí un cosquilleo a su contacto. En mi remanso de paz pienso en ti, en tu cuerpo desnudo junto al mío y mi mano recorriendo suavemente, sin prisa, mientras me cuentas cuánto me has extrañado y nos fundimos en un beso largo, húmedo, apasionado, como si fuera el primero.

Espero tu llegada en menos de dos horas así que termino mi baño y me dirijo al dormitorio, donde cojo del armario una pequeña bolsa que contiene parte de tu sorpresa, un corsé de encaje negro y detalles en rojo, con liguero incorporado, un tanga a juego y unas medias; un conjunto de los que se pueden dejar puestos, como a ti te gusta. Elijo unos zapatos acordes con el resto, negros, con tacón de aguja y suela roja; el pelo suelto, ligeramente enmarañado , el maquillaje suave, salvo por los labios rojos, y coloco estratégicamente en mi cuerpo unas gotas de ese perfume que te vuelve loco.

Una vez vestida para la ocasión, preparo un poco de fruta y la cubitera con el vino ya abierto; me sirvo otra copa y me siento en el sofá, esperándote.....

Fantaseo mientras miro por la ventana, recostada en el sofá; los vecinos acaban de llegar y, deseosos el uno del otro, se desnudan rápidamente besándose de forma apasionada. Otra gota se resbala de mi copa y la recojo con el dedo, rozando mi pecho y notando como me humedezco. Casi sin darme cuenta, sigo mirando la actividad de los vecinos y he cogido un hielo de la cubitera, que deslizo desde el cuello lentamente hacia abajo a la vez que esbozo un pequeño gemido; el hielo se derrite rápidamente, pasando por mi pecho y deshaciéndose del todo en la zona del ombligo.

Mi mano derecha lo acaricia, ahora mojado, y serpentea hacia abajo hasta que encuentra el punto en el que siento un escalofrío; me excito y no puedo dejar de mirar a mis vecinos, haciendo el amor de forma más que salvaje en la cocina, a la vez que yo me estimulo más y más....

De pronto, algo me aparta la mano delicadamente; eres tú, has llegado y no me he dado cuenta:

  • Hola cariño, deja que yo continúe...

Dicho esto, me separas las piernas y, de rodillas, apartas el tanga con la mano, acercas tu boca y me besas, haciendo círculos con la lengua y lamiéndome con fuerza a continuación; en tanto que dos de tus dedos se introducen lentamente en mí. Una ola de placer me invade, tu lengua se mueve ahora más rápido y tus dedos entran más fácilmente; mis gemidos se intensifican de forma exponencial y mi respiración se acelera, para dejar paso finalmente al esperado orgasmo.

Sofocada, me incorporo, te beso y te sonrío, desnudándote para tumbarte en el sofá. Tu excitación es más que evidente y aumenta al notar como mi boca se abre para dejarte entrar, una y otra vez... a continuación, me siento a horcajadas y me encajo contigo, cabalgándote de nuevo hacia el placer mutuo, sin prisas, mirándonos con ojos hambrientos y jadeando como bestias en celo.

Tus manos me agarran las caderas, guiándome arriba y abajo cada vez más intensamente; la respiración se hace más fuerte, más ahogada, y de nuevo nos mojamos ambos, estremeciendo nuestros cuerpos acompasadamente y unidos en un abrazo, exhaustos pero ávidos de más, sabiendo que la noche acaba de empezar....

Bienvenido a casa...

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