Fue un imprevisto

Después de acabar la carrera, todos hicimos oposiciones, pero a mi novia y a Juan los destinaron a ciudades bastante alejadas. Aún así nos reuníamos cada vez que podíamos, de hecho casi todos los fines de semana, para pasarlo bien en grupo como llevábamos haciendo desde la facultad, bien en el piso que Susana y yo tenemos en nuestra ciudad, bien en algún apartotel o casa rural de las que están de moda en España. Y fue al terminar uno de esos fines de semana comunitarios un mes de septiembre cuando pasó algo que nunca me había esperado. Juan se fue en su coche hacia su trabajo más temprano que de costumbre porque tenía que terminar unos informes que había dejado sin acabar antes de venir, así que me tocó a mí llevar a las chicas a la estación de autobuses. Susana cogería uno directo y Carmen uno de enlace entre varias capitales, siendo la nuestra una de las intermedias, así que después del café cogimos mi coche y las llevé a la estación. Ya con las maletas en el andén, las dos insistieron en que me fuera a casa antes de que fuese más tarde.

– ¿Estáis seguras de que no queréis que os acompañe hasta que se vayan los buses?

– No, pesado – me repitió Susana por tercera vez – Ya sabes que en este barrio por la tarde el tráfico es infernal para volver al piso, así que cuanto más tarde te vayas más tráfico pillarás y más gordo será el cabreo que  pilles en el camino.

– Sí, ya sabes la mala leche que te entra cuando te metes en un atasco – apoyó Carmen, que me conoce tan bien como mi novia, medio en serio medio en broma.

– Está bien, pero mandadme un mensaje al móvil en cuanto lleguéis, ¿vale?

– ¡Vaaaaleee…! – me cantaron a coro con algo de sorna.

Así que me despedí de las dos, Susana me dio un piquito en los labios y Carmen dos besos en la cara, pero casi rozándome la comisura de los labios de tan rápidos.

Tuve suerte y pillé menos tráfico del habitual, con lo que en diez minutos ya estaba en casa. En cuanto llegué al piso me quité toda la ropa menos los calzoncillos, cuando, de improviso sonó el timbre. Me sorprendió, porque es raro que alguien venga a visitarme el domingo por la tarde. Le quité voz a la tele para asegurarme de que había sido mi puerta. Efectivamente, el timbre volvió a sonar y me fui a abrir sin acordarme de que iba en paños menores. Me asomé a la mirilla y pegué un bote cuando vi a Carmen en el rellano de la escalera. Rápidamente abrí la puerta. Carmen estaba allí, en medio del pasillo, acalorada y calada hasta los huesos. El pelo se le había pegado a la cabeza y la camiseta empapada dejaba transparentarse sus pechos, pues es raro que Carmen use sujetador, y maldita la falta que le hace, con los pezones de color cereza que volvían loco a Juan, y también a mí, porqué voy a negarlo, marcados como a fuego a través de la tela. Mientras, ella trataba de quitarse algo del agua del pelo con el jersey que había llevado puesto esa tarde, y que parecía estar todavía más mojado que el resto.

– ¿Qué ha pasado?

– Nada, que el bus venía lleno y he tenido que volverme.

– Pero mujer, haberme llamado y hubiese ido a por ti.

– ¿Con el atasco de las siete? No me parece lo más inteligente.

– Haber cogido un taxi.

– Hubiese tardado dos horas como tú con el coche y andando he llegado en veinte minutos.

-Pues te has pegado una buena carrera.

– Eso sí. Por cierto, ¿me dejas pasar?, ¿o seguimos aquí en la calle discutiendo, yo empapada y tú en calzoncillos?

El caso es que ya con Carmen dentro, me disculpé por mi torpeza varias veces, muy avergonzado de mi error.

– Sí, sí, vale. ¿Pero te importa si antes de seguir con las disculpas me meto en el cuarto de baño y me doy una ducha? Estoy helada.

-O h, claro pasa.

Carmen se fue hacia el baño quitándose la chorreante camiseta por el pasillo dándome un bellísimo plano de su espalda mientras yo me llevaba la igual de chorreante maleta, en realidad una bolsa de viaje, al balconcillo de la cocina. Tal y como sospechaba, todo el contenido estaba empapado, así que fui sacando las prendas hechas una pena por lo mojadas y lo metí todo en el tambor de la lavadora.

– ¡Paco! – Carmen me llamaba desde el baño.

– ¡Voy! – contesté inmediatamente y me dirigí al baño.

– Mira, hazme el favor y tráeme una muda de la maleta, y de paso me lavas la que me he quitado si no te importa.

– Sí, te lo lavo, pero la muda es imposible porque tu bolsa ha calado y está todo hecho un asco. ¿Quieres que te deje algo de Susana?

– ¿De Susana? Pero si quepo yo entera en una de las copas de su sujetador, no déjalo, me apañaré con la toalla.

– ¿Dónde has dejado la ropa?

– Perdona está aquí dentro en el suelo. Pasa y la recoges, hay confianza ¿no?

Entré a por las empapadas prendas y de paso le eché un rápido vistazo al cuerpo de Carmen que se reflejaba en el espejo por el hueco de la cortina de la ducha. Siempre me ha gustado ella, aunque estuviese enamorado de mi novia, porque tiene un cuerpo precioso a pesar de lo delgada que está, ya que compensa con una figura muy armoniosa en conjunto. Vamos una delicia desnuda y mojadita. Ella se pasaba la esponja por los brazos y el pecho sin atender a mi presencia, enjabonándose de forma metódica y eficaz. El chorro de agua a veces le caía en la cara y ella resoplaba un poco. Justo entonces volvió un poco la cabeza, sin llegar a volverse del todo y su voz me sacó de mi ensimismamiento.

– Gracias Paco, eres un cielo.

– De nada – contesté.

Poniéndome colorado salí de allí disparado con su ropa en la mano y una terrible erección, que sin darme cuenta se me había levantado en la entrepierna. Fui a ponerme unas bermudas y a tomar un refresco.

Cuando salió Carmen del baño. Con el pelo todavía húmedo y una toalla verde claro que apenas le tapaba el comienzo de los muslos, era una preciosidad.

– ¿Me traes uno a mí? – me preguntó con una sonrisa.

Me fui hacia la cocina, volví al salón y le di la lata de refresco. Ella entretanto se había sentado en el sofá con las piernas dobladas y había puesto la tele en otro canal en el que empezaba una película.

– ¿Cuál es? – le pregunté.

– No sé, ya la he pillado con los créditos empezados.

Me senté como pude, pero antes de quince minutos mi erección iba a reventar con las miradas furtivas que se me escapaban al canalillo y los muslos de Carmen. Lo peor de todo es que se notaba que Carmen también se estaba excitando por como abría y cerraba los muslos, levemente, como sin querer. Imágenes de ella y yo se me pasaron fugazmente por la cabeza endureciendo todavía más lo que no debía. Entonces me di cuenta de que se le había puesto la piel de gallina.

– ¿Tienes frío? –  le pregunté.

– Un poco, ¿me dejas una camiseta o algo?

– Sí, claro.

Salí disparado hacia el dormitorio para traerle una camiseta de las mías. Volví al salón y le di la camiseta. Carmen se puso de pie dándome la espalda y se la puso a la vez que bajaba la toalla, lo que no impidió que durante un milisegundo le viese las nalgas prietas y deliciosas. Pero lo peor es que estaba entre el televisor y yo, así que a través de la prenda se transparentó todo lo que yo no debía ver, con lo que mi polla se puso aún más dura si cabe.

– Gracias – me dijo mientras se sentaba – ¿No te sientas?

Me dejé caer en el sillón tratando de taparme y seguimos viendo la película, yo cada vez más caliente y ella cada vez más sensual, al menos a mis ojos. Mi polla ya no cabía en el bañador, pero entonces, de pronto, di un salto cuando noté su mano encima de mi verga. Mis ojos pasaron de la tele a esa mano y de esta a sus ojos. Ella me sonreía, con los ojos brillantes y esa deliciosa boquita suya entreabierta.

– Parece que nos está gustando la peli a los dos, ¿no?

– No,… esto… yo…

– Vamos, no te preocupes, es normal. Además yo también me estoy poniendo, ¿ves?

Cogió mi mano derecha llevándola a la entrada de su coño. Allí el calor era como el de un volcán, y noté como sus jugos comenzaban a resbalar entre los labios mayores. Yo estaba alucinando y la miré de nuevo a la cara. Se pasó la lengua por los labios, y eso fue como si me hubiese dado la señal de salida. Me lancé sobre ella y le mordí los labios con pasión, con furia, queriendo soltar todo el ardor que llevaba dos semanas conteniendo y ella me respondía con besos húmedos, deliciosos, al tiempo que se arqueaba para que mis dedos penetraran en la entrada de su coño, ya chorreante. Mientras, mi otra mano le agarraba los pequeños senos notando a través de la camiseta como el pezón se erguía con el roce. Ella entonces se separó un momento.

– Espera. Hay algo que nos estorba a los dos.

Cogiendo los faldones de la camiseta, tiró de ella hacia arriba, dejando al descubierto su cuerpo de hada. Se arrodilló a mis pies y suavemente, pero con firmeza, agarró los elásticos del pantalón y los calzoncillos y tiró de ellos hasta quitármelos. Mi rabo saltó como si un muelle lo impulsara. El glande se había salido del prepucio y le daba la apariencia de una seta de grueso y largo cuerpo y sombrero solo algo más grueso e intensamente rojo, casi morado. Carmen lo asió con la derecha, acariciándolo arriba y abajo, mientras con la izquierda masajeaba mis testículos, para a continuación besarme el glande, dolorido de lo hinchado que estaba y lamer el tronco a lo largo. Finalmente se detuvo un segundo lamiendo el glande en redondo justo antes de introducir toda mi polla en su boca de un solo golpe.

Yo creía que me corría en ese momento. La sensación era brutal. Sus labios se ajustaban en torno a la base de mi miembro, la lengua se movía lateralmente a lo largo del tronco y el calor y la humedad de su garganta parecían ir a derretir mi glande. Lo más sorprendente es que en ningún momento hizo gesto alguno de que le molestase, o sea que no era la primera vez que la chupaba de aquel modo. Sentí una mezcla de admiración por su técnica y envidia hacia Juan que la debía de disfrutar a menudo. Estuvo así unos tres o cuatro segundos que a mi me parecieron de eterno placer antes de comenzar a chupar metiéndolo y sacándolo, a un ritmo cada vez más rápido, parando cada pocos segundos por un momento para lamer el glande y seguir a continuación con más velocidad. Así no tardé ni cinco minutos en notar como mis testículos enviaban hacia arriba su carga de deseo contenido.

– ¡No puedo más… voy a…! – traté de avisarle.

Pero ella, lejos de sacárselo de la boca, se lo metió más adentro, chupando aún más fuerte, hasta que estalle en su garganta. Cinco o seis potentes chorros de lefa salieron disparados de mi miembro a su garganta, y ella se los tragaba como podía, aunque al final era tanta la fuerza y la cantidad del material que yo soltaba, que unas gotas se le escurrieron por las comisuras de los labios, resbalando por su barbilla hasta caerle sobre el pecho.

Yo tiré de ella y la subí conmigo al sofá, besándole la boca con ganas, sin que me importara lo más mínimo que sus labios aún tuvieran restos de mi leche. Pero no me paré ahí, si no que la tumbé en el sofá. Ahora era mi turno de darle placer. Mi boca atrapó el lóbulo de su oreja, mientras una de mis manos acariciaba sus pechos y la otra bajaba por su cintura, las nalgas y la parte trasera de la pierna hasta sus pequeños y delicados pies. Luego fui bajando con mis besos por su cuello hacia los pechos. Mordisqueé los pezones y lamí los pechos que me cabían enteros en la boca. La luz del televisor me dejaba ver como su piel se volvía rosada por la excitación, mientras los pezones se volvían encarnados. Seguí bajando hacia el ombligo, el vientre y, evitando conscientemente su entrepierna me lancé por sus muslos. Mis besos dejaban un reguero ardiente de saliva sobre su piel mientras yo podía notar como sus dedos se enredaban en mi pelo al compás de su placer. Continué hasta llegar a sus pies, y retrocedí, esta vez por el lado interior de los muslos con besitos suaves y lentos.

Carmen tenía los muslos totalmente abiertos y esto me daba una visión perfecta de su entrepierna. Tenía el vello depilado perfectamente, excepto un fino resto en forma de flecha que señalaba su coño. Este se abría como una orquídea de mucosa encarnada que destilaba un delicioso néctar que chorreaba hacia la hendidura de sus nalgas.

Los labios mayores, carnosos y más rosados, se habían separado algo dejando ver a través los labios internos de intenso rojo carmín y el clítoris, que parecía una deliciosa y minúscula fruta del bosque. Casi borracho por el olor maravilloso que surgía de aquella grieta, me lancé por fin a lamer y besar ese coño que se derretía al paso de mis labios y lengua.

Mordisqueaba los labios mayores, lamía los menores, succionaba con cuidado el clítoris, y penetraba con mi lengua la vagina de Carmen, mientras mis manos volaban sobre la piel de sus pechos, muslos y nalgas. Así pasaron unos deliciosos minutos y, al fin, me agarró fuertemente el pelo, empujando mi cabeza contra su raja, a la vez que tensaba todos sus músculos.

Yo comprendí la señal y aceleré el ritmo de mi lengua sobre su clítoris, logrando que ella estallara en un orgasmo largo y violento que bañó casi toda mi cara con sus jugos.

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