Gladiadora

Me llamo Mavia, muy poca gente me conoce, soy una de las muy pocas gladiadoras de Roma. Lo mio son las luchas con las fieras, soy la dueña y señora de la arena, y me conocen por ello. Alguna que otra vez me dejan luchar con hombres.

A los romanos les gusta mucho la sensualidad y sexualidad que desprendemos en la arena, con las protecciones metálicas y llenas de sangre. La mañana de hoy empezó como cualquier otro día de luchas en el coliseo, desde el gran ludus, nos llevaron por la gran galería al coliseo, cuando nos subieron por la rampa a la arena, cual fue mi sorpresa, no había fieras, solo un gladiador. Nunca había luchado con un hombre, esta iba a ser mi primera vez, deseaba ganar, porque así podría hacer lo que quisiera con el vencido, la lucha comenzó, fue dura, los nubios tienen fama de buenos guerreros y buenos amantes y si es igual de buen amante, como lo es de Guerrero, lo quiero para mí. Finalmente lo conseguí, lo vencí, ha sido una mañana triunfante, ha sido mio en la arena y ahora lo quiero en mi cama.

Después de la lucha lo he invitado a mi habitación en el Ludus, donde se de sobras se avecina otro combate y pienso volver a ganarlo. Estoy como una fiera deseando poseer a ese nubio, tiene un cuerpo realmente fuerte y tostado por el sol del desierto, al llegar a mi habitación, lo primero fue ponerme contra esa pared tan fría, pero no lo he notado apenas porque mi calentura era tal, que mi cuerpo ardía en deseo por él.Me arranco las vestimentas con sus fuertes manos, a la vez que apretaba su cuerpo caliente contra el mio. Empezó besándome y comiéndome desde el cuello para ir bajando, mi cuerpo se erizaba de placer, cuando llego a mis glúteos y deslizó su lengua húmeda y dura, empezaba a desvariar de placer, sentí como me los separaba y metía su lengua dentro de mi coño húmedo, y solté un gran gemido que se prolongó un gran rato como un eco dentro de esas cuatro paredes.

Cuando creía desfallecer paró y con un golpe seco me giró, acerco sus labios carnosos a los míos y empezamos a comernos como dos fieras salvajes, me subió a sus caderas llevándome hasta la cama, allí me abrió las piernas, y yo le quité su taparrabo.

Y allí estaba su arma afilada, tenía una polla realmente enorme, la gruesa y descapullada.

Mi coño empezó a humedecerse al ver aquella maravillosa erección, la acerco a mí coñito y sin más dilación la fue introduciendo muy despacio, parecía morir de gusto, y a cada movimiento de entrada y salida más caliente me ponía, hasta que ese nubio me ahogo internamente en ríos de leche, salidos de su polla, permaneciendo así hasta el amanecer y con los primero rayos del sol los guardias pretorianos se lo llevaron.

Este fue el mejor obsequio que tuve por una victoria en la arena.





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