Hay que decir: Soy dueña de mi sexualidad

La sexualidad humana, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, se define como, un aspecto central de toda persona, a lo largo de su vida.

Abarca el sexo, las identidades y los roles de género, el erotismo, el placer, la intimidad, la reproducción y la orientación sexual.

“Se vive y se expresa a través de pensamientos, fantasías, deseos, creencias, actitudes, valores, conductas, prácticas, papeles y relaciones interpersonales, la sexualidad está influida por la interacción de factores: biológicos, psicológicos, sociales, económicos, políticos, culturales, éticos, legales, históricos, religiosos y espirituales”.

Hoy me enfocaré en el tema de la sexualidad femenina, independientemente de la orientación sexual, afectiva y/o erótica que tengamos como mujeres.

Aún en nuestros días son pocas las mujeres que experimentan su sexualidad como propia y placentera, es decir, sintiendo que se apropian de su cuerpo, de su placer y de su sexualidad.

Gracias a mi labor de escritora, amiga, confidente, a veces terapeuta, he tenido el privilegio de escuchar todo tipo de experiencias en las voces de diferentes mujeres, experiencias muchas de ellas que rompen con algunos de los mitos sobre la sexualidad femenina.

Cuando las mujeres hablamos sobre sexualidad, hablamos así, sobre sexualidad, y poco acerca de nuestra sexualidad.

Muy pocas mujeres la relacionan con momentos y sensaciones agradables y placenteras, la mayoría, la relacionan con sentimientos de frustración e insatisfacción, y más allá, en ocasiones está vinculada a momentos violentos y de abuso, que vivieron.

Son voces de mujeres que “apropiadas” o “desapropiadas” de su sexualidad, las he escuchado, a aquellas que se ubican a sí mismas como mujeres de distintas generaciones, desde las más jóvenes hasta las de mayor edad.

Algunas viven su sexualidad en el matrimonio o con su pareja, otras la viven sin tener una pareja fija, unas más apegadas a sus creencias religiosas, otras obligadas a vender sus cuerpos, aquellas que son heterosexuales, lésbicas o bisexuales, transexuales y transgénero.

En un encuentro sincero, de confianza, respeto y confidencialidad, he analizado y reflexionado con muchas mujeres, sobre las diferentes formas en que socializamos la sexualidad femenina, profundizamos juntas en los modelos de educación que hemos tenido, desde los más conservadores y tradicionales, hasta los más modernos y progresistas.

Cuando las mujeres revisamos la manera en que conocimos nuestra sexualidad, en cómo nos fue presentada por la vida, tenemos la oportunidad de reflexionar sobre las repercusiones derivadas de la forma en que vivimos ese primer encuentro con nuestra sexualidad.

Como: los embarazos tanto deseados como no deseados, las interrupciones de esos embarazos si las hubo, los partos, los dolorosos y los que fueron gozosos, nuestras infecciones de transmisión sexual, nuestras menstruaciones con dolor o sin dolor, con conocimiento de la etapa o no.

Al compartir sentimientos y reflexiones de nuestras vivencias sexuales, es decir, si hubieron o no: caricias, abrazos, sueños eróticos, fantasías sexuales, orgasmos vaginales y clitorianos.

Al igual que las profundas heridas que han dejado en muchas mujeres: las relaciones sexuales impuestas, los abusos sexuales, la prostitución, la pornografía, la trata; los acosos, las culpas, los dolores, las represiones, las insatisfacciones, y las negaciones internalizadas del placer.

Tantos mundos, tanta diversidad, tantas experiencias, que nos llevan a reconocer finalmente un común denominador de las diferentes vivencias de nuestra sexualidad como mujeres, que es el hecho de que hemos sido no solo educadas sino convocadas, para ser para los otros o las otras, y la sexualidad no es la excepción.

Es por ello importante como mujeres reflexionar sobre uno de los grandes temas tabú de la humanidad, para liberar todo tipo de emociones, y darnos cuenta de nuestra existencia a través de la importancia que demos a nuestra sexualidad.

Yo soy la dueña de mi cuerpo, aunque a veces lo comparta. Y todo lo que faltaba era, que en realidad me apoderara de él. Y lo disfruto, porque no será mío por siempre. Por ahora estamos juntos, y no me permito desperdiciar ni despreciarlo. Cada centímetro de su piel es un tesoro invaluable. Y me fascina sentirlo así.

Porque más allá de los hombres que lo han conocido, bien o mal, lo aprendido y desaprendido, los movimientos y "que para ovarios los míos", lo que en realidad hace la diferencia entre las mismas sábanas, es que lo hice mío.

Este es mi cuerpo, te lo presento. No me importa lo que digan las revistas, es un regalo de dioses, hermoso en toda su expresión. Si eres mujer, lo conoces, en esencia es parecido, exceptuando todo aquello que lo hace único. Sus cicatrices, sus lunares, ese seno que es ligeramente más pequeño y más levantado que su hermano.

Si eres hombre, podrías tener un día la suerte de conocer sus relieves y valles. Debes saberlo, es un honor, porque nunca ha sido mejor de lo que es ahora. Y no porque haya cambiado, sino porque ahora me pertenece por completo.

Porque nuestra sexualidad somos nosotras mismas, la llevamos con nosotras, la portamos a diario y al vivirla solo así, podremos convertimos en dueñas únicas de nuestra sexualidad.

 

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