Historia de una multa de tráfico

-¿Cariño? Sí, hola, soy yo... Acabo de salir del gimnasio. Voy para allá. ...Claro, por eso no te lo he cogido. -¿Qué tal el viaje? -¿Qué cómo estoy? Ufff... deseando verte. ...Vale, en 10 minutos estoy allí. Hasta ahora, amor. ...Yo también.

Eso fue lo último que hablé con mi marido antes de la detención, así que es normal que se inquietara y se preocupara cuando al cabo de media hora no había llegado, y al cabo de hora y media no había dado señales de vida.

Era verdad. Acababa de salir del gimnasio. Tenía tantas ganas de llegar a casa que ni siquiera me sequé el pelo después de una ducha rápida. Me puse el chándal, metí toda la ropa sucia en la bolsa y salí corriendo. Era noche cerrada y sin embargo la temperatura era muy agradable. Caminé con paso rápido dos manzanas hasta llegar al lugar donde había aparcado. Metí la bolsa de deporte en el maletero y las llaves en el contacto. Entre las prisas por verle, la distracción del móvil y la confianza de quien hace el mismo recorrido cada día, me salté el semáforo de la primera esquina. Lo peor es que ni me enteré hasta que me deslumbraron las luces azuladas de una moto de policía que apareció como de la nada por una de las calles transversales a la que yo ocupaba.

Buah!. No me lo puedo creer, me dije a mí misma.

Miré por el espejo retrovisor y comprobé muy a mi pesar que al otro lado de la calle que acababa de cruzar esperaba una fila de coches a pie de semáforo. Una fila que mi vehículo y yo debíamos estar encabezando y que por pura distracción había dejado a mis espaldas.

La sola presencia de ese resplandor azul tuvo efecto sobre mi pie derecho, que instintivamente dejó que el acelerador se sintiera menos presionado, lo que contribuyó a su vez a que la luz que emitía aquella moto y la figura humana que la conducía estuvieran cada segundo mas cerca, hasta ponerse a mi altura y hacerme una señal con el brazo para que me detuviera. Y así lo hice, situándome en doble fila a un lado de la calzada, limitándome a esperar. Sin parar el motor, sin apagar las luces. Se me pasó de todo por la cabeza. Si le dijera que no me he dado cuenta, que iba despistada, que no vi el semáforo... estaré dándole más motivos de los que ya tiene este poli para ponerme una pedazo de multa. Si le digo que el semáforo aún estaba verde, pensará que encima de mala conductora debo creer que es idiota. ¿Y si le digo que voy con mucha prisa porque me dirijo a un hospital a ver a un familiar que acaba de tener un accidente? Vete a saber... lo mismo cuela pero luego tengo que presentar un parte médico. Ya está: le diré que tiene toda la razón del mundo, que sí, que me multe, que me lo merezco. ¿Quién sabe si poniéndome de su parte le daré pena y me dejará impune?

Detuvo su moto luminosa delante de mi coche. Bajó de ella con una parsimonia desesperante y se acercó a mi ventanilla. Nunca antes había estado en esa situación así que no sabía si bastaba con bajar la ventanilla o debía apearme del coche. Me decanté por la primera opción.

-Joder. Cómo impone el tío este. ¿No piensa quitarse el casco? ¿Estos que van en moto no van siempre de dos en dos? Bueno, mejor así. Con dos sería mucho peor. Qué nerviosa me estaba poniendo. Bueno, a ver por dónde sale...

-Buenas noches.

-Buenas noches.

-Permítame la documentación del vehículo y su carnet de conducir, por favor.

-Documentación... Si, claro. Un momento.

Mientras sacaba una carpeta de la guantera y le daba las gracias a mi sentido del orden, reparé en que su voz debía estar distorsionada por el casco y sonaba algo mas grave y hueca de lo que en realidad debiera ser. Los polis estos, hay que fastidiarse... qué oportunos. Anda que no habrá delincuencia en Barcelona como para tener que pararme a mí por una distracción. Seguro que no se quita el casco porque sabe que así impone más. Será chulito... Chulito y maleducado, porque menuda falta de respeto. Que bien, aquí está todo. Anda que si después de todo es esto lo que quiere... Ojalá..

Aquí tiene, y le presté tres documentos.

-Mmmm...

Guantes de piel. Mientras examinaba los papeles que acababa de largarle, me miraba para reconocerme en la foto, y se separaba de la ventanilla para comprobar la matrícula, me dio tiempo de jactarme de detalles sobre la indumentaria policial. El tío no se quitaba el casco ni de coña, así que me centré en su estampa de cuello para abajo. Siempre me han dado mucho morbo los uniformes. Además, al tipo este le sentaba extraordinariamente bien. Aparentaba tener unas piernas bien firmes y moldeadas debajo de ese pantalón estrechito. Y esas botas... Ya se podía dar la vuelta. Seguro que tiene el culo tan bien puesto como las piernas. Eso de que lleven pistola lo llevo peor. Pensar que van todo el día cargando con un arma. Claro, por eso me gustan mas los bomberos, será por eso...

Cuando volví a elevar la vista hasta su casco pude observar al otro lado de su visera levantada unos ojos jóvenes, oscuros y fruncidos que apuntaban directamente a mis pechos. Me sentí tremendamente intimidada. ¿Será posible? ¿Qué mira el tío este? En un acto reflejo, carraspeando la garganta para sacarle de su distracción, le pregunté esperanzada en una respuesta afirmativa, si eso era todo. Mejor no decirle que tenía prisa, no fuera a ser que le molestara.

Aquí tiene, dijo devolviéndome la documentación; y como quien cambia de tema dijo mientras sacaba un bolígrafo y una libreta: Se ha saltado usted un semáforo; tengo que sancionarla, señorita.

-¿Señorita? No le pega nada lo de señorita. Si tiene pinta de duro... ¿Qué diablos miraba tan atentamente? Presa de la curiosidad que había despertado con su mirada, bajé el parasol para mirarme en el pequeño espejo que hay en su dorso y salí de dudas en cuanto llegué más abajo del cuello. Cerré el parasol y me miré en directo para apreciarme mejor. Mi pelo había escurrido sobre mi camiseta clara, que ahora estaba bastante mojada y se había convertido en un velo transparente que mostraba buena parte del hemisferio norte de mis pechos sin el más mínimo recato mientras la chaqueta de mi chándal permaneciese abierta. Estoy segura de que me ruboricé hasta alcanzar un tono de colorete exagerado en mis mejillas; ese tono que se consigue cuando te maquillas con poca luz, que todo el colorete te parece poco hasta que sales a la calle. O ese otro tono de las mañanas de resaca, ese que utilizas con brocha ancha para paliar los efectos de no haber dormido. Seguro que se está partiendo de risa detrás de ese estúpido casco, y más ahora que se ha dado cuenta de que sé que me miraba descaradamente, y yo sin enterarme.

El poli seguía a lo suyo. Cuando me quise dar cuenta había rellenado un impreso con mis datos y esperaba que yo lo firmase. Qué profesional. Me ofreció su bolígrafo mientras me indicaba con un dedo envuelto en cuero donde debía firmar. ¡Ja! Que te lo has creído... ¡Para chulita yo!

-Si no le importa, me gustaría leer los detalles antes de firmar.

Asintió con la cabeza y se dispuso a esperar impacientemente apoyándose con una mano en el marco superior de la ventanilla.

¡Para leer estaba yo! Pero como fórmula para ganar tiempo funcionaba bien. Estaba segura de que el macizo seguía mirando mi busto con total frescura, ahora desde mejor posición. Evalué la situación tan rápido como pude mientras disimulaba estar concentrada en la lectura de la letra pequeña. Si ahora cerraba la chaqueta de mi chándal ganaba él; eso sería admitir claramente que me había dado cuenta y me había intimidado: un punto para su ego de tipo duro. Si optaba por retarle a mantener su insolente mirada, la partida continuaría hasta que la retirara, en cuyo caso ganaba yo. Juguemos... Hagan apuestas. Volví la cabeza en un movimiento rápido que me garantizara volver a pillarle con sus ojos clavados en mi camiseta mojada. Efectivamente. Sólo que ahora, en lugar de disimular, me miraba alternativamente a los ojos y a las tetas. Era él quien me estaba retando.

Esto me sacó de mis casillas. Me pareció una provocación tan directa y tan difícil de manejar, que mi mirada no supo en que punto concentrarse y estuvo unos segundos dibujando trazos inacabados alrededor de una complexión amplia, atractiva y tremendamente sugerente. El caso es que me sentía alabada y avergonzada a la vez. No sabía muy bien si el tipo este se estaba haciendo el gracioso o estaba abusando del uso de su uniforme consciente de que le escudaba de cualquier queja por mi parte. Además, me quedaba una pequeña duda sobre su actitud. Al fin y al cabo el tipo no había hecho comentarios obscenos ni había intentado sobrepasarse; se limitaba a mirar. No era culpa suya si un descuido por mi parte atraía toda su atención.

Agente, lo siento, no voy a firmar la sanción que quiere interponerme, le dije mirándole a los ojos dentro del casco.

Aún no sé de dónde salió aquel formalismo tan oportuno, pero lógicamente sonó a reto a la autoridad, que era exactamente lo que debió pretender mi subconsciente, y lo que mi mirada desafiante se encargó de ratificar.

-¿Cómo dices, bonita?

-"Bonita", qué confianzas, ¿no?

-Digo que no voy a firmar... ¿qué le parece, agente?, le contesté con cierto rin tintín haciendo hincapié con tono sarcástico al pronunciar la palabra "agente" sílaba a sílaba.

Por su tono de voz hubiera asegurado que entonces su casco ocultaba una sonrisa bien picarona. Perdí buena dosis de vergüenza y en un intento de demostrar que le estaba desafiando pegue al asiento la parte de mi espalda que se corresponde con los riñones, sacando pecho. Pude notar como mis pezones se endurecían por segundos. La brisa que se colaba por la ventanilla y la humedad de mi camiseta tenían buena culpa de aquella reacción, pero también aquellos guantes apoyados en mi ventanilla, como queriendo invadir mi terreno.

Sin que me diera tiempo a reaccionar una de sus manos disfrazadas de negro se coló por la ventanilla y me agarró el pecho más cercano a la puerta con tal decisión y firmeza que no tuve tiempo de reaccionar antes de que la otra mano hiciera el mismo recorrido en dirección al otro pecho. Esperaba que mis brazos se agitaran impidiendo la aproximación del policía. Lejos de eso, mi espalda se estiró para que mis pechos sobresalieran aún más de mi torso agradecidos por la visita de aquellas manos descaradas.

No daba crédito a lo que el tipo aquel me estaba haciendo, y sin embargo sentía tanto morbo y tanta curiosidad por saber hasta dónde estaba dispuesto a llegar que me dejé hacer mientras recorría con mi vista todo cuanto alcanzaba a ver desde dentro del coche. Me preocupaba que alguien pudiera estar viéndonos, no tanto por vergüenza como por temor a que eso hubiera roto el ritmo con que se estaban precipitando mis deseos. A estas alturas cualquier viandante no hubiera sido la salvación, sino una burla del azar. Cómo me ha puesto el cabrón este.

Qué morro el tío... pero joder, ¡cómo me ha puesto! Vaya polvo tiene. En fin, al menos me libraré de la multa... Se tirará el rollo, digo yo. Lástima que se conforme con esto y que la situación no dé para más porque le chuparía hasta las pestañas.

No me reconocía a mí misma. Allí estaba yo, dentro de mi coche, a un lado de la calzada, con una camiseta mojada bajo la cual se exaltaban mis pechos puntiagudos de sorpresa y placer. Tras la ventanilla quedaba enmarcada parte de aquel uniforme. Recapacité sobre el hecho de que mientras ni siquiera le había visto la cara, ya me podía hacer una idea del tamaño de su polla que se me insinuaba desde dentro del pantalón más sutilmente que su dueño.

-Pues voy a tener que detenerla..., dijo sin apartar de mi pechera sus atrevidas manos que me magreaban a través de una buena capa de piel bovina.

-¿No será por resistencia a la autoridad?, ironicé.

Ignoró mi pregunta, abandonó mis pechos no sin antes pellizcar mis pezones que para entonces estaban perfectamente señalizados, y se dirigió a su moto, mostrándome su espalda y su trasero. Este se intuía duro como una piedra. El uniforme le sentaba como un tercer guante. Me parecía el tío más deseable, no solo por su uniforme, también por sus formas descaradas, por su manejo de la situación que no me daba opción más que a seguirle el juego.

Paralizada, sentada en mi asiento, vi como hablaba brevemente por radio mientras se giraba hacia la acera de enfrente, gesticulando con discreción. Por pura curiosidad volví la vista en la misma dirección y encontré un clon de mi uniformado; misma moto, misma vestimenta, corpulencia similar. La vista no me daba para más comparaciones, pero estas fueron suficientes para darme cuenta de que mi sugerente provocador no estaba solo. Si ya me extrañaba a mí. Siempre van de dos en dos.

Inmovilizó su moto y se dirigió de nuevo al coche; esta vez al asiento del acompañante. Abrió la puerta y pasaron unos segundos antes de que se colara dentro y sintiera más agresiva su invasión a mi espacio. Cuando al fin me atreví a mirarle descubrí que se había quitado el casco y lo sujetaba entre sus manos, apoyándolo en sus rodillas. Se giró hacia atrás y lo dejó en el asiento posterior. Es bastante más joven de lo que parece por la voz. Su rostro me resultó atractivo, pero sin duda eran sus palabras y su seguridad en su poder para excitarme sin que hiciera oposición lo que me estaba poniendo a mil.

-Nos vamos, preciosa.

-¿Preciosa? ¿Lo siguiente será "princesa"? Mmmm... su voz cuadra perfectamente con su físico.

-Nos vamos..., ¿a dónde?, dije tratando de hacerme la dura, la nada asustada, la autoconfiada... La chulita si me apuras.

-Tú conduce, me dijo con total naturalidad.

Y no había terminado de incorporarme a la vía cuando ya tenía su mano entre mis muslos; me manoseaba a toda prisa, como quien busca un mapa en la guantera.

Las cosas se me iban de las manos. Mis hormonas daban brincos mientras mis neuronas atontadas trataban de reprimirlas inútilmente del disfrute de aquella situación tan morbosa como inesperada.

Conduje como pude, poseída por sus manos ya desvestidas. Entre la oscuridad de la noche, la escasez de viandantes y la discreción de sus movimientos, desde fuera del vehículo no podía apreciarse nada de lo que estaba sucediendo dentro.

Sus dedos se colaban bajo mi camiseta, ahuecaban mi pantalón de deporte de cinturilla elástica estimulándome para realizar movimientos ajenos a mi voluntad que siempre iban encaminados a facilitarle la ruta.

Nos habíamos alejado bastante de la cuidad. Durante el trayecto sentí miedo porque circulábamos por una carretera secundaria nada iluminada, que además, no conocía. No podía concentrarme en sus tocamientos, pero tampoco en el camino, y sin embargo estaba excitadísima. No podía pedirle que parara, aún sabiendo que hubiera sido lo más acertado para por lo menos llegar sanos y salvos donde quiera que estuviéramos yendo.

Para aquí, me indicó.

-¿Dónde coño estamos? Si tuviera que venir de nuevo no sabría cómo llegar. Nos detuvimos delante de una barrera levadiza que remataba el perímetro vallado de un extenso terreno nada iluminado al que pretendía que accediéramos. La entrada estaba controlada por un guardia que se encontraba dentro de una garita a un lado de la barrera, sentado en una silla giratoria, escuchando una emisora de radio a todo volumen que anunciaba las noticias de las 23.00.

Espera un momento, no te vayas, eh? me dijo en tono jocoso, mordisqueándome el cuello mientras su mano me sujetaba por la nuca.

¿Irme? Sería bien fácil irme, pero no, no pienso irme. De perdidos al río. Si he llegado hasta aquí tengo que saber qué viene ahora. Estaba bien concentrada en sus mordiscos, en su culo, y sobretodo en su polla, que había estado suspirando bajo su pantalón con cada una de sus sorpresivas caricias. Bajó del coche y se dirigió a la garita. Tardó menos de un minuto en volver a su asiento.

Sigue un poco mas, ya casi estamos, me dijo mientras se desabrochaba el cinturón.

Atravesamos un descampado bastante abrupto. Había coches medio colocados en filas a ambos lados de un camino que seguí intuitivamente porque no volvió a hacerme ninguna indicación. Tras recorrer unos metros quedaron atrás los coches y tan solo se adivinaban árboles deslumbrados por las luces del coche tambaleándose por los continuos baches. Detuve la marcha y él tiró del freno de mano. Quité el contacto sin retirar las llaves y tiré de la palanca que hay bajo mi asiento para echarlo para atrás. El hizo lo mismo. Bien, y ahora, ¿qué?

Mi móvil rompió el silencio.

-Cógelo. Será tu marido.

Le miré extrañada porque no llevo alianza.

Lo pone en tu documentación. Me encantan las casadas, sois las más calentitas, dijo abalanzándose de nuevo sobre mis pechos, esta vez con la boca y las manos bien abiertas.

Me di cuenta de que se me había olvidado por completo que me dirigía a casa, que hacía una semana que no veía a mi marido y que estaría esperándome desde hacía rato. Pero no era el momento de contestar ahora, así que dejé que siguiera sonando mientras me escabullía de entre sus tenazas para sacarme la camiseta mojada. Estaba deseando sentir esas manos y esa boca caliente en mis pezones, sin tela por medio. No tardó en cumplir mis deseos. Me resultaba sumamente excitante entregarme a un desconocido en una situación tan morbosa. Mi amiga Laura va a tener razón. Va a resultar verdad que los polvos rápidos con desconocidos son los mejores, pero nunca se me hubiera pasado por la imaginación que esto ocurriera en sitios distintos de una discoteca. Si follar se le da tan bien como tocarme las tetas, me muero de gusto de aquí a un rato.

Sentí necesidad de tener su polla entre mis manos para sopesar su tamaño, así que liberé uno de mis brazos de los suyos, y extendí mi mano hasta su entrepierna. Fue tocarla y desear que me la encajara, sin importarme la postura, me valía cualquiera que le permitiera acoplárseme.

Salió del coche y pasó por delante. Las luces le iluminaron unos segundos y apareció como al principio de la noche, junto a mi ventanilla. Abrió la puerta para que también yo saliera y cuando me disponía a ello cambié de opinión.

Espere agente, ahora quiero examinar yo su ficha, no vaya a ser que se esté haciendo pasar por poli y no lo sea.

Se bajó los pantalones hasta dejar su polla fuera, apuntando al techo del coche. Me giré en el asiento sacando mis piernas del vehículo y le cogí por el cinturón adicional del que estaban prendidas su arma, sus esposas y su porra. Apoyó sus brazos cruzados en el techo del coche y se dejó hacer.

Lamí su generoso miembro con cierto egoísmo, pensando en el placer que me proporciona hacerlo a mi ritmo, disfrutando de cada lametazo, sin orden, a mi antojo. Tan pronto chupaba su glande redondeado como si fuera un chupachups gigante como mordisqueaba su tronco cual mazorca de maíz. Manoseaba sus huevos y apretaba su culo con avaricia, mientras gemía y le dedicaba admiraciones a sus respuestas inmediatas en forma de movimientos reflejos. Lengüetear tanta polla como me cupiera en la boca y pajear el resto con la mano me proporcionaba tanta excitación que no veía el momento de parar, hasta que se retiró.

-Nena me estas poniendo a mil. Si sigues voy a correrme.

-Pues si no quiere correrse, agente, va a tener que sujetarme las manos, le dije muy seriamente, con cara de circunstancias, sobreactuando.

-Muy bien, pues está usted detenida, dijo sujetándome las muñecas con fuerza. Usted lo ha querido...

Desenganchó sus esposas del cinturón y me las colocó uniendo mis manos a la altura de mis pechos, con los brazos flexionados. Reconozco que no me pareció una buena idea porque siempre prefiero disponer de mis propias manos para acariciarme simultáneamente, pero quejarme hubiera parecido parte del juego, así que omití cualquier comentario y durante unos minutos mas continué buscando su polla a golpe de lengua, serpenteando por su tronco revestido de ríos de sangre canalizados en dirección a un glande cada vez mas resaltado.

Mi móvil volvió a sonar repetidamente, pero tampoco ahora era buen momento.

-¿Alguien te espera, eh? Terminamos enseguida...

Para nada es esa mi intención, pero bueno. Me cogió por la cintura y me sentó en el capó, por encima del área cónica que iluminaban directamente los faros. Puso una mano en mi espalda y su boca chupeteó mis pezones hasta que me dejó tumbada. Sentí un contraste tremendo entre el calor de sus manos y el frío del capó en mi espalda desnuda. Levantó mis piernas hasta sus hombros y tiró de mi pantalón arrastrando mi ropa interior.

Ahora voy a cachearte, es lo que hacemos con cualquier detenido, no pienses que vas a librarte, me dijo mientras introducía sus dedos en mi vagina de una sola vez.

Levanté los brazos unidos por las muñecas y comencé a mover las caderas apoyándome en el capó con los talones y los omoplatos. Hundió mas su mano entre mis piernas cubriendo toda la humedad que había generado y empezó a morderme y chuparme los muslos mientras su otra mano agarraba con fuerza uno de mis pechos. Tardé segundos en expresar con gemidos todo el placer que estaba sintiendo. Me sentía poseída por un desconocido que me estaba llevando al más sofocante de los placeres. No eran sus dedos, ni sus manos, ni su boca, ni el uniforme, ni... ¡era todo! Hasta mis propios gimoteos me estaban excitando. Las esposas que recibí con tan poca gracia contribuían a hacerme sentir mas disfrutada, mas abandonada a lo que solo él quisiera hacerme, y cabe decir que la situación envuelta en ese "todo" fue mas que suficiente para llevarme un orgasmo brutal coronado por mi respiración agitada y mis súplicas para que no parase.

Pisé suelo, momento en el cual sus manos apretaron mis nalgas hasta el punto de casi hacerme daño.

Este culito, quiero ver este culito. Date la vuelta, también tengo que cachearte por detrás.

Se estaba poniendo cada vez más agresivo; lo percibía en la presión de sus dientes y de sus manos, y también en la virulencia de sus movimientos. Me tumbo de nuevo, esta vez sobre mi pecho con mis brazos entre ellos y la chapa ya templada, dándole la espalda. Sentí como apoyaba su mano en mi cóccix y restregaba su polla entre mis nalgas. Otra especie de polla comenzó a recorrer mi espalda. Aquello me sorprendió y no pude remediar mi impulso de volver la cabeza haciendo trizas las maquinaciones que mi imaginación se había encargado de forjar al encontrarle con su polla en una mano mientras con la otra sujetaba su porra y la pasaba por mi espalda presionando levemente. Su rostro estaba descompuesto y he de reconocer que volví a sentir miedo.

-Nena, voy a partirte en dos.

-Te follaría toda la noche, dijo pausadamente con voz ronca mientras retiraba su polla de mi culo y apoyaba la porra.

La untó en mi humedad y volvió a recorrer mi espalda y mis costados dejando un rastro estrecho que iba persiguiendo con su lengua. De nuevo me acopló la porra entre las nalgas, y también sentí la presencia de su polla merodeando mi entrada. Movió la porra arriba y abajo sobre mi ano, adelante y atrás por toda mi raja; entretanto, también él se restregaba con ella, pegado a mi cuerpo aplastado contra la carrocería.

Ahora mas que nunca deseaba su hermoso falo dentro. Me icé de puntillas en señal de súplica y enseguida entendió que no podía esperar más.

Me penetró con tanta decisión que apenas la sentí entrar; cuando quise darme cuenta mis músculos la abrazaban desde dentro para que no se escapara. Su pubis me presionaba contra el capó mientras sus manos me sujetaban los pechos y los botones de su camisa se clavaban en mi espalda. Sus embestidas fueron cada vez más fuertes, más seguidas y más profundas, como si me estuviera cavando hondo.

Me flaqueaban las piernas. Volví a tener otro orgasmo que llegó poco antes de que me la sacara para correrse entre mis nalgas.

-¿Has tenido suficiente, muñeca?

-Cabrón, deja de llamarme muñeca, no te pega. ¿Me quitas las esposas o es que suelta te doy miedo?

-¿Y qué me pega?, inquirió dándome la vuelta. ¿Ponerte una multa y dejarte escapar? Se rió descaradamente, como todo lo que hacía.

-Vámonos.

Me quitó las esposas, recogió la porra del suelo y comenzó a caminar hacia la garita de la entrada abrochándose el pantalón. Vi su silueta hacerse más pequeña al final del halo de luz, y sentí algo de frío. Recogí mi ropa del suelo y me vestí indecisa, extrañada por su marcha a pie. Me metí en el coche y arranqué. Al llegar a la garita encontré la barrera elevada y ningún rastro de mi poli ni del guardia de la entrada, así que no lo pensé dos veces y conduje por la carretera en dirección contraria a la que me había llevado hasta allí. Eso sí, mas atenta, en busca de alguna indicación.

Sonó de nuevo mi móvil.

-¿Cariño? Sí, hola, sí, sí, estoy bien. Que síiiiii. Y tan bien, no sabes cuánto. Bueno, sí, es que he tenido un contratiempo de camino para casa, pero en un rato estoy allí. Todo bien, sí. Tranquilo. Ya, amor, ya... No, no he podido llamar, no. Lo siento. Claro, sí. En cuanto llegue te lo cuento. Tengo un rato para pensar qué te cuento... ¿Me esperas despierto? Vale. Hasta ahora, amor. ...Yo también.

Sé que no fue un sueño en la sauna del gimnasio porque tengo un casco de poli en el maletero y la semana pasada me llegó una multa.

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