“In fraganti” en el coche

Hace varios años, por estas fechas también comenzaba el buen tiempo. Para inaugurar la incipiente primavera, lo mejor que se nos ocurrió a Fer y a mí fue irnos de picnic. Teníamos todo preparado: sándwiches, patatas y refrescos; y, por supuesto, muchas ganas de estar juntos.

Conocíamos la existencia de un lugar frondoso no alejado de la ciudad que, a simple vista, no parecía muy frecuentado. No obstante, lo más adecuado sería adentrarse un poco para poder gozar de mayor intimidad. No es que tuviéramos pensado entregarnos a la pasión ahí a plena luz del día, pero no estaba de más ser prevenidos.

El trayecto en coche duró apenas 15 minutos y yo estaba entusiasmada de tener un ratito íntimo con Fer por fin, si la molestia de jerseys de lana y abrigos. Es necesario mencionar que por aquella época tenía unos 20 años, lo que significaba que continuaba viviendo con mis padres y su coche era lo más parecido a nuestro nidito de amor.

Dejamos atrás el camino trazado y Fer decidió continuar hasta un rincón bastante tranquilo. Aparcamos junto a unos árboles que sutilmente filtraban los rayos de sol. Apagó el motor y yo me desabroché el cinturón de seguridad. Crucé las piernas, aún en el asiento, y me giré hacia él. Había tenido tentaciones de besarle durante todo el viaje. Cogí su cara entre las manos y aproximé mis labios a los suyos. Él se quitó su cinturón para tener más movilidad y me abrazó por la cintura. Casi me senté encima de la palanca de cambios para poder sentirle más cerca. Nuestras lenguas continuaban entrelazadas, sin ganas de despegarse. Hacía cada vez más calor, así que bajamos las ventanillas.

Fer, entonces, se coló por debajo de mi camiseta y comenzó a acariciarme los pechos. En un segundo me desabrochó el sujetador y mis senos se encontraron con sus manos suaves y ávidas de tocarme. Mis pezones se endurecieron y él los pellizcó, excitándome mucho. Tiró de mi camiseta hacia arriba y mis pechos quedaron al descubierto. Él los contempló por un instante y siguió besándome sin dejar de magrearlos.

Yo estaba muy cachonda y quería saber si él también. Bajé una mano hacia su cremallera y sentí algo bastante abultado. Masajee su erección mientras, con discreción, miraba por la ventanilla para asegurarme de que estábamos solos. Nadie, ni un alma.

Desabroché el botón de su pantalón y él aprovechó para echar su asiento hacia atrás. Enseguida su pene apareció ante mi excitado rostro. Me puse de rodillas en el asiento y empecé a masturbarle. Su cara cambió por completo. Desde esa posición me agaché y empecé a chupar. Le escuchaba jadear y eso me puso a mil. Mi lengua recorría de arriba a abajo toda la longitud de su reluciente miembro. Él me daba azotes en el trasero mientras sus gemidos cada vez se hacían más intensos. Noté cómo me bajaba los leggins y, sin parar de comérsela, me movía para facilitarle la tarea. Totalmente desnuda e inmersa en el sexo oral, Fer buscó mi clítoris y lo acarició suavemente. Me sentía ya muy mojada y deseaba tener su pene en mi interior.

Él continuaba sentado en el asiento del conductor y me senté sobre él. Nos gustaba hacerlo más ahí que en los sillones de la parte de atrás. Se puso un condón y lentamente me la metí hasta acomodarme a ella. Habíamos follado mil veces en el coche, aunque nunca a plena luz del día y con las ventanillas bajadas. Empecé a moverme sobre Fer, primero despacio y luego más rápido. Mis pechos botaban mientras me agitaba encima de él. Estábamos follando con un frenesí apenas visto antes. Él me agarró del trasero para acelerar mis movimientos. Gotas de sudor caían sobre mi frente y sobre la suya.

En ese trajín ni nos dimos cuenta de que dos bicicletas pasaron a no muchos metros del coche. Aunque no detuvieron la marcha, se debieron de quedar petrificados ante tal escena. Al verlos, me detuve en seco, totalmente avergonzada.

Fer, en ese momento, emitió un gemido ahogado. Le miré. “¿Te has corrido?”, le pregunté, desconcertada. Él me lanzó una sonrisilla de afirmación.

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