La prostituta

Me llamo Malena, soy prostituta y a veces me gusta que los hombres sean amables conmigo.

Me encanta que me miren, sentirme observada por sus caras de lujuria perpleja y vacilante, y me humedezco al verlos descompuestos y libidinosos mientras me toco lentamente, abriéndoles mi sexo carnoso y contundente.
Para complacerles suelo masturbarme ante ellos, acariciar con gusto mi clítoris, mojar mis dedos en el interior de mi vagina y chupármelos pasándolos por mis labios y mi lengua, porque sé que eso los vuelve locos, y así hasta alcanzar un orgasmo y quedar exhausta, entregada a sus fantasías.
Es divertido provocarles con descaro, ser poseída por varios o hacer el amor con mujeres y hombres a la vez. Si algo tengo claro, es que todo vale para ellos, por eso estoy siempre dispuesta a complacerles hasta en sus últimos deseos.
También les doy la bienvenida a las mujeres que buscan sexo conmigo, admiro su perversa curiosidad, sus curvas sensuales, sus pechos firmes, la certeza de sus dilatados orgasmos de intensas y prolongadas contracciones y sacudidas, que les hacen arquearse con fuerza y echar la cabeza atrás, estirando y doblando los dedos de los pies hasta casi romperse.
Me enloquece saborear su sexo, sorber su clítoris, mordisquear sus labios, mientras escucho sus voluptuosos murmullos de placer, ese ronroneo felino y profundo que les invade hasta descargar en mi boca.
Pero debo reconocer que me excitan más los hombres, la torpeza primitiva de sus impulsos y, no me importa que muchos, víctimas de su impaciencia, ni siquiera sean capaces de disfrutar la ceremonia de iniciación al placer que les ofrezco. Me hace gracia la urgencia de sus deseos, y ese paroxismo por abalanzarse sobre mí apenas estamos desnudos.
Siempre me ha divertido su lasciva curiosidad por mis pechos, sentir sus manos apretándolos con ansia, que me besen y coman los pezones, mamando obscenos como si fueran de nuevo niños abrazados a sus madres.
Me alborota sus penes duros y tiesos, las eyaculaciones violentas y precoces, sentir en mi boca esa carne caliente de sus prepucios hinchados y rojos, ensalivarlos generosamente para hacerlos más resbaladizos y suaves entre mis labios. Siempre alucino con esas sacudidas simples y primarias de sus orgasmos, sus inconexos resoplidos, me fascina que griten y jadeen mientras su semen escapa como un tiro, y observar en esos momentos sus caras de machos rendidos y arrogantes.
Aunque debo reconocer que la mayoría son repetitivos, inseguros y frecuentemente algo aburridos. Solo algunos son capaces de entregarse al sexo con lujuria y sin condiciones, pero no me importa, conozco mi trabajo y amo a los hombres tanto por lo que realmente son, como por lo que ellos piensan de sí mismos. No pretendo cambiarles, mi trabajo es aceptarlos y complacerlos. Cuanto menos sepan, mejor para mi, no soy la terapeuta sexual de nadie.

Me siento orgullosa de mis nalgas, redondas y elevadas, que ellos palmean excitados, pero sobre todo me gusta cuando insisten una y otra vez que les ofrezca ese oscuro camino para penetrarme, celebro sentir su verga entrando con fuerza por todos los orificios, adoro que prefieran con frecuencia encularme, pues percibo que les envuelve un placer potente, efímero y morboso, al pensar que me toman de forma más grosera y dominante.
Los adoro por ser así, por decirme palabras soeces e insolentes, por pellizcarme y morderme con ofuscación, por querer conversar cuando no deben, por preguntar si lo hacen bien, si son los mejores… y a mí no me importa mentirles, decirles lo que ellos desean oír, porque sé que en ese momento no les interesa la verdad. Por eso quiero que me hablen, que me recuerden continuamente que soy una puta y, que estoy cobrando por darles placer, que vendo mi cuerpo y que esto les da derecho a elegir su felicidad durante unos minutos.
Los quiero, en resumen, por la brevedad simple y perecedera de su goce, por sus gatillazos, porque a menudo terminan pronto y se conforman con las mismas cosas fáciles y repetidas de siempre, por su falta de memoria sexual y, en definitiva, porque es cómodo trabajar así para ellos, siempre tan predecibles y vanidosos, haciéndoles sentirse los mejores, los preferidos, los más dotados, los del falo más grande y potente, fingiendo lo que sea necesario y, esforzándome solo en que salgan de mi alcoba con esa cara de fanfarrones que se les pone, cuando sienten gratificada su competencia genital.

Es mi privilegio pecar sin límites, no sentirme culpable por estas experiencias, no creerme humillada ni degradada por lo que recibo y, agradecer la oportunidad de dar tanto placer, porque para eso soy Malena, la prostituta más cara y codiciada, la más caprichosa cortesana, la zorra favorita de muchos.

Solo temo que alguna vez aparezca un hombre que me folle como yo me los follo a ellos, cuyas frases soeces y groseras me pongan de verdad caliente, el que me arrastre a ciegas por esa espiral de ternura, placer y deseos que nunca he compartido. El favorito, aquel al que permitiría incluso hacerme preguntas.
Alguien capaz de sorprenderme, de anticipar con humor e imaginación lo que yo hubiera querido hacerle a él, un maestro de la seducción.
El mancillador, el que conoce los secretos, descubre las debilidades, y es capaz de abrir esa ninfa de diosa que reservo para convertirla en la crisálida de mis sueños. Ese ángel azul, mi semejante, el que entiende más allá de todo y puede dar sentido a esta existencia exaltada, delirante e irrespetuosa.
Porque soy una zorra muy especial que solo puede adorar a un dios como yo, un elegido, el único capaz de convertir el ardor obsceno y apasionado que consume mi vida en un puro alarde de erotismo.



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