La viuda negra

Anaïs se prepara para salir esta noche.  Está deseosa de encontrar un amante que le haga perder la razón en unas sabanas cualesquiera de un motel oculto y decadente.

Ella es una mujer con clase y de una posición adinerada, pero sus juegos perversos se debaten en tugurios de mala muerte con hombres sudorosos, camioneros pestilentes y moteros tatuados. Al fin y al cabo son escoria de la sociedad, desechos que a ella la transportan a su fantasía desmedida.
Se debate entre sus dos últimas adquisiciones, Chanel o Dior cualquier vestido de los que elija será una buena elección.

Anaïs tiene un ritual antes de salir de caza cada noche y siempre es el mismo. Pone música en el reproductor de la habitación y se escucha “Requiem for a Dream” con el volumen al máximo dejando que la música sea lo único que se pueda percibir, ni un leve sonido del exterior la aleja de su ritual. La canción se repite una y otra vez mientras ella coloca velas aromáticas por todo el baño con olor dulzón, casi pestilente, que se apodera de toda la estancia.
Llena la enorme bañera con agua tibia y sus sales de baño preferidas con aroma a coco, una esencia que se apodera de su piel, embriagando a cualquier saco de pulgas que se acerque a ella.
Camina grácil por la estancia insinuando su cuerpo decadente que se deja vislumbrar a través de la bata negra transparente que lleva puesta.
Deja caer la bata a sus pies en un movimiento donde la tela roza cada porción exquisita de su cuerpo, mete primero una pierna y luego otra y deja caer su cuerpo hasta que el agua cubre por completo la suavidad de su piel y es abrazada por la esencia que desprende las sales de baño. Suavemente con la esponjosa toalla se va aseando su sedoso cuerpo, nadie lo diría pero parece un ángel.
Cuando sale del baño no seca su piel tersa. Se coloca su preciada bata de seda encima y se acerca a su preciado tocador. Se sienta enfrente de él y se admira al espejo mientras cepilla su sedoso pelo del color del trigo brillante como el sol, una caballera que le roza casi el final de su espalda tatuada con una araña negra, algo extraño en una mujer de su gusto y exquisitez.
Deja secar su melena al aire, dando un aspecto de lo más salvaje a su dulce rostro, maquilla su piel con un leve rubor, sus ojos añiles gélidos poseen una frialdad digna de un glacial.

Se coloca su vestido negro sobre su piel desnuda. No lleva ropa interior que cubra sus encantos. El vestido se pega a su piel aún húmeda y esa sensación le excita. Las medias de seda son lo único que cubren sus largas piernas y sus tacones le otorgan una sensación de poder irrefutable.

Anaïs se dirige en busca del que será esa noche el afortunado que la acompañara en su lujuria sexual desmedida, sale al crepúsculo y embriaga a la luna poseída por un esplendor que deja entrever quien puede ser ella en realidad detrás de esa belleza cándida y angelical.

Un local de carretera cualquiera sirve para su propósito. Aparca el coche y se baja de él con una seguridad que no cualquier mujer tendría en un lugar repleto del mayor desecho de la sociedad, pero ella tiene el don con su frialdad de dejar sin palabras hasta el más incauto residuo maltrecho de ser humano que se encuentre de frente.

Las miradas de los crédulos patanes que se encuentran en el bar la observan babeando, una bella mujer que ha entrado cándida en el local.

Se acomoda en un taburete de la barra observando al ganado blasfemando en su lengua inverosímil de camionero corrompido, pide una copa de vino blanco al camarero que la mira pasmado e incrédulo.

Le sirve cualquier brebaje de un color amarillento al que se podría llamar vino en un vaso sucio y maltrecho. Anaïs le sonríe maquiavélica, esa sonrisa deja al camarero con una sensación de pavor. Esa mujer le produce espanto y ni su belleza eclipsa esa sonrisa socarrona.

Un hombre de talante impetuoso se acerca a ella con una sonrisa que le llega a los ojos-  Piensa Anaïs-  mientras le devuelve las mejores de sus sonrisas para la conquista.

El hombre que se sienta a su lado es el típico motero tatuado por todos lados, bastante atractivo y con ese aire chulesco que tanto excita a Anaïs. En la mente de ella suena la canción Réquiem…, se repite una y otra vez la melodía, mientras el petulante le dice cosas a las que ella no hace ni caso.
Se baja del taburete con aires de grandeza y le indica para que la siga al baño, ese será su primer contacto, sucio, perverso.
Entra detrás, ella se gira y le mantiene la mirada. No se deja amilanar por su fornido cuerpo, ella tiene otras armas mucho más poderosas. Se apoya en el lavamanos del mugriento bar y levanta su falda dejando ver su sexo depilado ya húmedo a su deseo desmedido, levanta la pierna y la apoya contra la puerta cerrando así el pequeño habitáculo y dejando a su merced al patán que la mira tocándose su abultado miembro mientras ella se muestra completamente expuesta.

El tipo empieza a desabotonarse los pantalones a toda prisa, Anaïs chasquea la lengua y niega con su cabeza.

– No tengas tanta prisa grandullón, primero quiero saber si vales la pena- El tipo la observa confundido y desdeñoso. Ella le indica lo que tiene que hacer.

– Son mis normas grandullón.  Si consigues que me corra con la lengua pasarás la mejor noche de tu vida en el motel conmigo-

Vuelve a sonar en su cabeza la tortuosa melodía mientras el tipo abre su sexo para llevar a Anaïs al placer que ella tanto anhela, los compases del violín llenan su mente mientras la lengua de él invade su sexo húmedo produciendo que ella arquee su espalda. Mete uno de sus dedos para dar más placer a la mujer que se está devorando en ese pequeño baño y Anaïs gime complacida a la devastación que el tipo le produce. Otro dedo más se une al que ya tenía dentro con movimientos raudos y acompasados mientras su lengua sigue jugando con su hinchado y llamativo clítoris. Está a punto de alcanzar el apogeo esperado que ella ansía, cuando la melodía en su cabeza llega al punto álgido de los violines, ella se deja llevar alcanzando un orgasmo atronador que invade todos sus sentidos.

El grandullón la mira sonriente y complaciente a la espera de la noche prometida por Anaïs.

Anaïs se viste a paso tranquilo sin dejar de mirar al hombre que en breve le acompañara a su lecho de muerte, mientras le sonríe lascivamente y aproxima sus labios a los de él sin que él tan siquiera sepa que de sus labios destila el veneno por el cual hallará una muerte dulce y placentera en los besos de una amante mortal.

Anaïs se retuerce de su dulce letargo estimulando sus articulaciones aún adormecidas y  se sienta en la cama extraña del motel insólito que escogió esta vez.

A su lado postrado con la tez blanca como una visión está el cuerpo inerte de su último amante, el pobre no sabía donde se metía esa noche, solo supo discernir un augurio de placer a ver como se acercaba a él aquella misteriosa y bella mujer.

Anaïs ferviente de deseo sale a cazar cada noche, pero no una presa común, quien sea el elegido vivirá con ella placeres sin medida para acabar después yaciendo a su lado sin vida.





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2 Comentarios on "La viuda negra"

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Lorenzo
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Uffffff.me entraron ganas

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