Lujuria italiana

Pese a que llovía fuera, Elena quiso salir de casa. Debía entregar el escrito en una semana, y todavía no había pasado de la primera página. No era lo que había querido en su juventud, pero debía sentirse afortunada de ganar dinero escribiendo, aunque fuesen técnicas para evitar los ataques de ansiedad. Se sentó en un lugar apartado de su bistró favorito, y se puso a escribir acompañada de una copa de vino. En un martes había poca gente y era un lugar ideal para redactar.

De pronto, una canción envolvió al local. A Elena, nada más escucharla, se le heló la sangre. No podía ser.

"I found my love in Portofino / Perché nei sogni credo ancor / Lo strano gioco del destino / A Portofino m' ha preso il cuor"

La sensual Dalida inundó todo el bistró. Elena hacía mucho tiempo que no escuchaba esa canción. Quizás fue por la copa de vino, pero la mujer empezó a recordar ese momento que vivió en esa bella ciudad costera italiana.

Por aquel entonces, Elena estaba a punto de casarse con Santiago. Tras tres años de relación, era el momento de pasar por el altar pero Elena no estaba segura de esa decisión. Sus dudas se ampliaron cuando, en las vacaciones de verano, Santiago canceló en el último minuto su viaje a Portofino, el que iba a ser el preludio a la boda y futura luna de miel. Elena, enfadada, quiso ir.

   

Y fue en un pub, mientras sonaba la canción de Dalida, cerca de la bahía, donde conoció a Paolo. Ella estaba sentada en un rincón cerca de la ventana mirando con melancolía las bellas casas de varios colores y las luces de la noche, que daban un aspecto realmente romántico a ese paisaje. ¡Cómo un lugar tan hermoso podía provocar semejante tristeza! Él se acercó y le invitó a una copa. Curiosa por cómo el italiano le cortejaba, ella le dio pista libre. Ya con unas copas de más, Elena le contó su vida y sus dudas sobre la boda. Él, moreno, de porte viril, mirada profunda y modales galantes, le escuchaba. Sin embargo, ambos querían más. Tomaron una copa más y se besaron, un deseo que sabían desde el inicio que querían que sucediese.

Paolo le arrancó la blusa a ElenaPaolo le arrancó la blusa a Elena

Paolo le invitó a su ático con hermosas vistas a la bahía de Portofino. Allí, Paolo, volvió a poner de música de la sensual Dalida. Y como si no hubiera mañana... empezaron a besarse. Apasionados y cegados por el placer, Paolo le arrancó la blusa a Elena, que estaba hipnotizada por el cuerpo masculino y bien trabajado de Paolo. El italiano le acariciaba con una mano los senos con delicada rudeza, mientras que con la otra iba bajando hasta sus piernas, para después llegar a su clítoris y comprobar satisfecho lo mucho que lubricaba.

Tras quedarse los dos desnudos, rodaron por el parqué, entrelazando las lenguas mientras retozaban. Era Paolo el que manejaba la situación, sentía como el roce de su piel provocaba un placer inmediato en ella y eso le provocaba una fuerte erección. Fue hasta esa abertura a la lujuria y empezó a lamer esa delicia que Elena desprendía. Una mano le acariciaba el clítoris, que provocaba que lubricase más, dejándole a Paolo con deseo de más, y con la otra le acariciaba uno de sus pechos. Ella nunca había tenido tanto placer de manos de Santiago, el italiano era más pasional, más rudo, más hombre. Los lengüetazos de Paolo le provocaron un orgasmo, que el joven lo interpretó como una invitación hacia algo más fuerte.

Levantó a Elena y la llevó hasta la cama. Allí, Paolo se puso de rodillas, mostrándole a Elena su pene bien erecto. Ella captó la idea, sonrió de manera lasciva y llevó su cabeza hacia el pene, de piel morena y sin circuncidar. Ella se lo introdujo rápido, lamiendo cada parte de ese miembro venoso, sentía el sabor salado del líquido, no podía dejar de saborearlo, como si fuera agua en medio del desierto. Elena le miró y vio sus ojos dominantes que deseaban sólo una cosa: Penetrarle hasta lo más profundo. Ella accedió.

Sin perder más tiempo, Elena se abrió camino al placer que Paolo estaba dispuesto a darle. El amante italiano le penetró cuidadosamente. Cuando entró totalmente y al ver que ella lubricaba más y gemía pidiendo más, empezó a ir más rápido, disfrutando del placer que daba. Elena se sentía plena, recibiendo a ese italiano que le adulaba en su idioma.

Vio sus ojos dominantes que deseaban sólo una cosa[imgVio sus ojos dominantes que deseaban sólo una cosa

De pronto, Paolo levantó a Elena a horcajadas mientras ésta se agarraba fuertemente a la espalda de ese macho mediterráneo. Besándose apasionadamente, Elena empezó a entrar y salir del pene de Paolo y, sin dudarlo, éste la empujó contra la pared, para empezar a embestirla salvajemente. Los dos estaban entregados completamente a la lujuria y pasión del momento. Después de que ella llegase a su segundo orgasmo, Paolo no podía aguantar más el placer. Y como si se descorchara una botella de champán, el italiano eyaculó profiriendo un grito de placer mientras ella seguía gimiendo.

Llenos de sudor y aún desnudos, los dos se echaron en la cama, sólo con Dalida rompiendo ese delicioso silencio que hay después del sexo.

"Mais après cette nuit divine / On l'entendit sonner un jour / Même jusqu'aux villes voisines / De Portofino / Pour notre amour"

Él la acariciaba y ella le miraba sonriendo, mientras la música seguía sonando. Elena volvía a sentir la pasión, aunque sólo fuese por una noche. Al día siguiente, la mujer se despertó en los brazos de aquel galán traído de otro mundo. Él dormía y sonreía plácidamente. Ella sabía que debía marcharse. Se vistió rápido y volvió a su hotel.

Ese recuerdo aún lo guardaba de manera intensa. Elena dejó de escribir y volvió a su piso de soltera, ya había dejado de llover. Quizás era el momento de volver a Portofino.

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