Mi cumpleaños con Sandra

Sandra me llevó a Barcelona. Llegamos a un edificio de viviendas normal y corriente y ella, sin dudarlo un solo momento, se metió en la entrada del parking, abrió la ventanilla y tecleó un código. Tras unos segundos de espera, la puerta se abrió y entramos. Ella fue buscando algo muy concreto.

- ¿A donde me llevas? Pregunté.

- Shhhhhhh, fue la única respuesta que obtuve.

Sandra aparcó en una plaza en la que había una raya azul en la pared. Bajó del coche y se fue al maletero del cual sacó una maleta pequeña, la que usaba para coger el avión.

- ¿Y eso? Pregunté.

- Shhhhhh.

Y siguió hacía el ascensor.

Subimos a la cuarta planta, y fuimos hacía la puerta que llevaba el número 4. Ella tocó el timbre. Al instante salió una mujer de edad media que nos saludo.

- Buenas tardes, soy Verónica.

- Buenas tardes, soy Sandra, hablamos por teléfono el otro día.

- ¿Qué tal estáis? ¿Fue fácil encontrar el aparcamiento?

- Sí, sí, no hay ningún problema, contestó Sandra.

Verónica nos hizo entrar y nos enseño el piso. Estaba amueblado con gusto, aunque un poco cargado para mi gusto. Había una entrada que daba a una pequeñísima cocina, un baño pequeño y después se pasaba a la habitación principal del piso. No era el comedor o el salón, era un dormitorio con una cama enorme en el centro. Quedaba claro que era un piso que se podía alquilar por horas para las parejas que necesitaban un sitio discreto para pasar un rato a solas. Después pasamos al baño principal con una bañera con hidromasaje lo suficientemente grande como para que cupiesen dos personas y una ducha también con hidromasaje de tamaño doble.

Estaba amueblado y equipado de forma perfecta para lo que servía…

Verónica empezó:

- Bueno para lo demás…

Sandra la cortó de inmediato y se la llevó para la cocina, dejándome solo. Me senté en la cama. Pude ver como Sandra sacaba dinero y se lo entregaba a Verónica. Se saludaron y esta última se fue.

- ¡Qué pillína eres! Le dije.

- Shhhhhhhhh, fue, otra vez la respuesta que obtuve.

- No te muevas de aquí, vuelvo en un momento, prosiguió ella.

Sandra pasó al baño con su maletita y cerró la puerta.

Mientras Sandra hacía lo que fuese que estuviese haciendo, miré la decoración del dormitorio. Lo único que me llamó la atención fue una silla de madera en un rincón. Había unos sillones, una cama, un par de sillas forradas con tela y lo único que no parecía cómodo era esa silla…

No tuve tiempo para pensarlo más detenidamente porque Sandra volvió a entrar.

Me la quedé mirando, impresionado por su apariencia. Llevaba una minifalda negra muy ajustada y muy corta. Parecía como de cuero o de látex, no podía ver lo que era exactamente. También llevaba una blusa blanca muy fina y transparente que dejaba ver el sujetador negro que llevaba debajo. Los primeros botones de la blusa no estaban abrochados lo que le hacía un escote vertiginoso. En los pies, llevaba unos tacones altos, finos y plateados. Iba un poco más maquillada que de costumbre, lo que le daba un aspecto muy sexy y provocativo.

Me quedé boquiabierto y de inmediato me acerqué a ella para abrazarla. Me rechazó:

- Desnúdate, me dijo en tono autoritario.

- Ok, contesté, quitándome la ropa.

Cuando estuve totalmente desnudo, ella cogió la silla de madera y la puso en diagonal, frente a la cama.

- Siéntate, prosiguió ella, mirando mi erección.

- Parece que te gusta que te de órdenes…

- Sabes que sí, le contesté.

- Pues, sentadito y sin moverte…

Sandra volvió al baño y regresó con una cuerda.

- Las manos detrás de la silla, ordenó.

Obedecí y ella me las ató bien fuerte. No sabía hacer nudos, pero la cuerda era tan larga que pudo darme varias vueltas a las muñecas y al cuerpo, dejándome atado al respaldo de la silla.

- Y ahora quiero que abras las rodillas y que pongas tus pies detrás de los pies de la silla.

Tras una pequeña duda, pasé sus pies detrás de los pies delanteros de la silla dejando mis genitales descubiertos. Sandra los acaricio un poco diciendo:

- Así me gusta…

Se agachó y me ató, con lo que quedaba de cuerda los tobillos a los pies de la silla. Una vez más, fueron las vueltas de cuerda que me dejaron totalmente atado. No podía mover las piernas ni las manos, y solo podía mover el torso y la cabeza. Me sentía muy expuesto con las piernas abiertas y sin poder moverme. No estaba tranquilo…

- Muy bien, Antonio, así me gusta, siguió ella, acariciándome el pecho.

Bajó la mano y acaricio mi polla que estaba remolona: es lo que tiene no estar tranquilo. Mi erección volvió de seguida pero ella dejó entonces de tocarme.

Volvió a entrar en el baño. Cuando regresó, llevaba la maleta en la mano.

La puso sobre la cama y la abrió. Sacó su consolador preferido: el más gordo y largo que tenía, un frasco de lubricante y un juguetito que se ponía en la punta del dedo para hacer vibrar su clítoris. También sacó otra cosa: un látigo pequeño, con varias puntas y un mango en forma de pene. Sabes que no me gusta este cacharro, pero hoy he decidido que lo usaré contigo, en recuerdo de lo que me hiciste con él, el otro día…

Se acercó de mi y empezó a acariciarme la cara con el mango. No se la veía muy convencida hasta que empezó esta caricia. Tal vez fuese el hecho de tener a su querido atado con una polla, aunque sea de plástico, acariciándole la cara. Se lo pasó por los labios y, a modo de desafío, lo besé, desafiándola con la mirada.

Sin pensarlo, ella cogió el látigo por el mango y me atizó en el pecho.

- HEY, (grité), duele!

- Pues, ya sabes lo que hace este chisme, me contestó, volviendo a darme un latigazo.

- Sabemos los dos que te gusta lo que te estoy haciendo, así que no te hagas la nenaza

Ella volvió a usar su látigo, pero esta vez salto del pecho a los cojones y me dio varios golpes que recibí también en la polla

Gruñía, mientras ella seguía dándome.

- A ver si te gusta tanto usarlo conmigo después de esto.

De repente, lo soltó.

Dio un paso atrás y empezó a bailar. Era un baile muy sugerente, durante el cual Sandra se acariciaba, subía un poco su vestido, movía las caderas como para invitarme a cogerla…

Se giraba y agitaba sus nalgas ante mi cara.

Paró un poco el baile y se acercó de mí, se arrodilló y empezó a hacerme una mamada. Duro unos pequeñísimos instantes, solo el tiempo de ponerme a cien y se paró.

Volvió a bailar un rato.

Se paró de nuevo.

Me miró a los ojos y puso su pie sobre mis cojones, empujando un poco. Hice una mueca y entonces ella aumentó la presión. Levantó un poco más el pie y me puso el tacón de aguja sobre los cojones, fue muy ligero pero suficiente como para que notara el dolor que me podría infligir. Estuvo jugando así un rato más mirando como Antonio oscilaba entre el placer y el dolor, entre la gana de que ella apretase más fuerte y el miedo que se fuera a pasar…

Volvió a bailar un rato y, de nuevo, se paró.

Se subió la minifalda y se sentó en el sofá. Podía ver el triangulito negro de unas braguitas que no conocía.

Ella las apartó un poco, dejando su vulva expuesta y se acarició un rato.

No podía más, quería cogerla y follarla sin esperar y así se lo dije. Ella se río y se levantó, puso un pie en la silla donde estaba sentado y se alzó en equilibrio para que su coño quedara al nivel de mi boca. Me moví un poco e intenté meter mi lengua en este coñito húmedo. Conseguí tocarlo un poco pero ella bajó de ahí.

Se giró y, todavía con la minifalda levantada, se apoyó sobre mi polla.

Metió la mano y la guio hacía su coño. Dejó solo entrar la cabeza, se movió un poco y se retiró, dejándome medio loco.

Se tumbó frente a mí. Cogió el consolador, le hecho mucho de lubricante, porque era muy gordo, y empezó a jugar con él sobre su coñito. Empezó a hundirlo en ella y con su mano libre, puso en marcha el dedito mágico, como lo llamaba ella, y empezó a acariciarse el clítoris.

Ya tenía el consolador bien a fondo en ella y gemía.

- Mmmmmmmm, Aaaaaaaaaaaah

Se corrió brutalmente, sacándose el consolador y dejando el dedito mágico. Se enroscó  para dejar pasar la onda expansiva de placer. Cuando pasó lo que me pareció una eternidad, le dije:

- Desátame y te haré correrte como a ti te gusta.

- Hoy esto no es para ti, dijo ella, abriendo las piernas enseñándome su coño hinchado de placer.

Se puso de nuevo su tanga, se reajustó la ropa.

- No me puedes dejar así, le dijo él, no te puedes quedar sin recibir tu merecido…

- ¿Quién ha dicho que no recibiría mi merecido?, le contestó.

Me quedé parado. Sonó el timbre de la puerta

Sandra me sonrió y se fue a la puerta. Abrió e hizo una señal a alguien. Tuve que girar mucho la cabeza para poder ver un poco que pasaba.

Paco entró.

Me sentí indefenso.

Paco me saludó mirándome de arriba abajo. Era un compañero de trabajo con el qué hablaba mucho de sexo y de lo que hacíamos con nuestras mujeres. Me sentí muy molesto y mi erección desapareció al instante.

- Oiiii, pobre, le da corte, dijo Sandra, pero siempre has querido que yo me exhibiera a otros y eso no te generaba ningún problema…

Ella cogió a Paco y lo sentó en la cama. Empezó a bailar de nuevo, pero esta vez no era para mí. Fue desabrochando su camisa poco a poco, girando, tanto como para que Paco pudiera verla bien como para que yo no me perdiera nada de lo que hacía.

Estaba loco de no poder moverme. Mi mujer se estaba ofreciendo descaradamente a otro y esto me volvía loco. ¿Tendría celos? Era algo que no podía entender. Yo que le había pedido varias veces a Sandra que lo hiciese, que se dejase follar por otros hombres, y ahora estaba celoso…

Ella seguía con Paco. Se estaba quitando la blusa. Se sentó a caballo sobre las rodillas de Paco, y dejó que este le acariciara la espalda mientras le besaba los pechos por encima del sujetador. Se abrazaban y acariciaban sin preocuparse de mí.

A pesar de mis celos tenía una erección enorme que contradecía un poco lo que sentía.

Sandra se volvió a levantar y le dio la espalda a Paco. Empezó a subirse la faldita muy lentamente. Esto encantó Paco que se arrodillo detrás de Sandra y empezó a besarle el culo.

Sandra se apoyó de lado en la cama para que yo pudiera viera bien lo que pasaba y arqueó la espalda para dejar el culo bien disponible para Paco. Este metió su cabeza contra el culo de Sandra y empezó a buscar su coño con la punta de la lengua. Podía ver como Paco buscaba y como Sandra lo dejaba hacer. Conmigo no le gustaba esta postura…

Ella abrió más las piernas y Paco llegó a su coño aún tapado por el tanga que llevaba. Con las manos le abría las nalgas para poder llegar a lo que quería y ella solo movía ligeramente el culo, gimiendo un poco.

Pasaron unos minutos y ella se levantó. Se giró frente a Paco y se quito el tanga. Este acercó la cara de su coño, pero por delante y comenzó a lamerla. La cogió por las caderas y la hizo moverse hasta que estuviese de espaldas a la cama. La empujó con delicadeza y ella se sentó, abriéndose de piernas totalmente. Paco se aseguró que yo podía ver las piernas abiertas de Sandra y su coñito bien abierto.

En alguna ocasión le había contado a Paco que me gustaba tumbar Sandra de espalda y que se abriese de piernas y de coño para que yo pudiera mirarlo bien, era muy morboso ver su intimidad así expuesta, pero esta vez no era para mí que lo hacía… Pasó sus dedos por él, abriéndolo aún más y después se tiró sobre él para comérselo.

- Ooooooooooh, empezó Sandra.

Paco no se paró, empezó a meterle un dedo.

- Siiiiiiiiiii, mmmmmmm!!!!

Iba moviendo los dedos en el coño de Sandra mientras le chupaba el clítoris.Ella se corrió a los pocos minutos.

Dejó pasar unos segundos y se levanto. Paco también estaba de pie. Ella se quitó la minifalda y se quedó desnuda. Se pegó a Paco y empezó a acariciarlo con su cuerpo, como una perra en celos busca el macho. Lo sentó en el sofá y empezó a girar sobre ella misma, como para enseñar la calidad de la mercancía a Paco. Este se quedó mirando.

Ella seguía girando, y, cuando dio una vuelta y media; volvía a estar de espaldas a Paco; se dobló hacía adelante, abriendo las piernas para enseñarle a Paco su culo y su coño.

Yo no podía aguantar más, mi mujer estaba exhibiéndose a otro hombre de una manera totalmente descarada. Muy pocas veces lo había hecho conmigo. Le estaba enseñando sus partes más intimas.



Al poco rato, se giró y se sentó sobre la cama, y llamó Paco a su lado, abrió las piernas aún más que antes y ella misma abrió sus labios con los dedos para que Paco pudiese ver a la perfección su coño. Ella se estaba acariciando, metiendo sus dedos en su coño y jugando con su clítoris.

Paco puso la mano sobre su polla que le debía doler por lo dura que parecía. De inmediato Sandra se acercó diciendo:

- Es mía.

Le abrió el pantalón y se lo bajó, cogiendo el slip al mismo tiempo. La polla de Paco saltó de su escondite como un diablo sale de la caja. Sandra la cogió, me miró un momento y empezó a besarla.

La estaba acariciando, dándole golpecitos de lengua por todas partes. Empezó a lamerle el glande como si fuese un helado, a lamerle los cojones o a recorrerla de arriba abajo cubriéndola enteramente con su lengua. No paraba, se la metía en la boca, volvía a lamerla, la acariciaba, apretándola fuerte. A Paco le gustaba…

Estuvo un buen rato cuidando del monstruo (era una polla muy grande, más que la mía) hasta que se levantó. Se giró y me miró a los ojos. Con una mano buscó la polla de Paco, que fue fácil de localizar, y la guío hasta su coño. Lentamente, se sentó sobre ella, sin dejar de mirarme a los ojos, dándole la espalda a Paco. Se la clavó lo más profundo que pudo e empezó a moverse, gimiendo de placer.

El placer iba subiendo muy rápidamente y ya se estaba corriendo en esta posición. Siguió un rato así, pero se tuvo que parar para descansar. Se tumbó de espaldas y Paco se puso sobre ella. Se la clavó y empezó a follarla con fuerza, entrando y sacando su enorme polla del coño de Sandra. Yo notaba que me iba a correr de un momento a otro: ver y oír mi mujer correrse de tal manera en manos, o en polla, de otro me estaba poniendo mucho…

Sandra se corrió unas cuantas veces en esta posición y finalmente, con un “ya no puedo más” se puso a cuatro patas en posición de perrita y Paco la cogió por detrás.

Sandra se corrió también en esta posición: la polla de Paco era tan grande que la hacía gozar en cualquier postura.

Paco tuvo contracciones de placer y descargó en Sandra con grandes golpes, llenándola con su leche ya que ella se había negado a poner un preservativo a una polla tan grande.

Se quedaron quietos un momento sin moverse, Paco aún plantado en Sandra.

Cuando ella recupero un poco su aliento, me miró y vio que yo también me había corrido sin ni siquiera tocarme.

Se levantó y se fue hacía mi. Se agachó y me desató las piernas y las manos. Después, se sentó sobre mis rodillas, frente a mí y me abrazó con mucho cariño:

- Feliz cumple años, cariño.

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