Miradas incendiarias

Los ojos de él estaban posados sobre ella desde la primera vez que sucedió, en la mirada se puede ver el mundo sin remordimientos, sin vergüenza y sin complejos. Mientras más miraba sus ojos más se perdía en ese café oscuro, más oscuro que su piel a la luz de una vela; el calor de la playa hacía que fuera más cómodo usar ropa casual. El hecho era simple y sencillo, esa noche estaba hecha para amar...

Mientras saboreaban alimentos varios, sus labios se posaban en sus ojos y viceversa, sus pupilas se encontraban llamándose entre el fuego que alumbraba su velada; mientras más se acercaba el postre, la lengua supuraba deseo y sus entrepiernas emitían un calor singular, ese que solo sucede cuando tu cuerpo te indica el siguiente paso.

Las fresas con chocolate llegaron un poco después. Entonces empezó el jugueteo suave de la boca con esa sensual dulzura del chocolate frío acariciando cada terminal nerviosa del rostro. Una parte de fresa cayendo en el escote de ella y el calor sofocando sus ganas de más. Así que corrieron hacia su hotel, unas cuadras antes de llegar el ardor de sus bocas se interpuso en su destino y el callejón a la luz de la luna les pareció un mejor lugar.

Sus lenguas jugando en lo que parecían latigazos, sus ojos cerrados y apretados viendo solo con los demás sentidos, las manos volviéndose locas tocando, rozando y experimentando con cada nuevo lugar. Él encontró las bragas y, mientras se agachaba para quitarlas, ella se mordía su labio en una señal de pasión; él miraba fijamente el color rosa de la ropa interior y la seguía con los ojos mientras bajaba lentamente, al sacarlas las tomo entre su boca y después las aventó. La excitación provocada por ese gesto hizo que ella tomara su entrepierna y, al sentir con fuerza su miembro, comenzó a masajear; sus bocas eran cada vez más salvajes, los dedos de él llegaban a la entrepierna de ella, el calor de sus cuerpos hizo que empezaran a transpirar, ella le llevó su boca hasta sus muslos y él comenzó a besar, subiendo lentamente hasta llegar a sentir ese calor más profundo que el de cincuenta soles, el olor inequívoco de la excitación,el sabor de un dulce momento y los gemidos de placer mientras sus manos comenzaban a despeinar su cabello.

 Una vez que ella estaba completamente empapada, él la tomó de la muñeca y, ya con el pantalón desabrochado, le puso la mano encima de su miembro. Ella casi sacaba sangre de su labio, por la presión de no gritar, su cuerpo parecía explotar, cruzó un poco las piernas porque la sensación era brutal, lo necesitaba dentro y eso la estaba poniendo mal, el orgasmo estaba llegando y apenas estaban empezando. Mientras él disfrutaba del masaje, notó un destello de pasión en los ojos de esa mujer, así que la tomó en sus brazos y le arrancó el vestido, la cargó y suavemente se introdujo en ella, al sentirlo ella gimió tan fuerte que seguramente la gente alrededor escuchó, pero eso no le importaba, de hecho, eso la excitaba aún más.

Ella puso los brazos en su cuello y comenzó a disfrutar sin pensar en más; subía y bajaba con fuerza, su miembro se deslizaba con una pulcritud total, la humedad de ella era incontenible, su excitación era perversa, los besos transformados en mordidas que llegaban hasta su cuello acababan en gemidos de deseo, gemidos de dolor, gemidos de placer.

Él aceleró el ritmo, ella sudaba y su cuerpo comenzaba a temblar, sus gritos eran más constantes y él sólo se dejaba llevar; ella se quitó el brassiere y lo aventó hacia un lado, el se hundió en sus pechos lamiendo y mordiendo suavemente los pezones, besando absolutamente cada parte de ellos, mientras acompañaban los saltos de placer. Ella sucumbía rápidamente, él estaba a punto de llegar, sus cuerpos entrelazados hacían uno y el gemido final llegó con el temblor característico de un orgasmo perfecto, sus pupilas dilatadas, su cuerpo relajado al extremo. Habían llegado al mismo tiempo, con un temblor y sin dejar de moverse. Su cuerpo débil y una mirada al cielo, una noche perfecta, una sonrisa y un beso sellando el momento.

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