No fue una noche mas



El sábado se presentaba como uno más. Es cierto que las noches de los últimos fines de semana habían sido especialmente fructíferas en mis cacerías nocturnas y ninguna se había saldado sin cobrarme alguna pieza de las que a mí más me gustan.

La música desde el salón, al máximo volumen posible, llegaba a mi habitación de forma atronadora mientras, frente a mi armario, elegía la ropa más atrevida que tenía; que no es poca. Bailaba como lo hacía sobre los altavoces de los clubs que frecuentaba cuando el alcohol extinguía en mí cualquier rastro de inhibición. El espejo me reflejaba en ropa interior, con un conjunto negro casi transparente que trajo a mi mente recuerdos de noches locas de cueros y fustas, de esposas y cadenas, de sudor y gritos de placer… estaba claro que estaba cachonda y esas imágenes acrecentaban esa sensación.

Aún tenía el pelo mojado y eso me transmitía una frescura limpia y clara que intensificaba un bienestar que pretendía salir de mi interior como una gran explosión de felicidad. Ya en la ducha, mientras me terminaba de rasurar, había tenido la tentación de disfrutar yo sola, como había hecho cada día de la semana, recordando la última fiestecita y anhelando la llegada de la próxima; no quería que terminase esa temporada de pasión desenfrenada. Me contuve.

Me maquillaba ya enfundada en mi minifalda negra. El pelo recogido en un “moño perfecto”, como solían decirme mis amigas: “no sé como consigues hacértelo tan bien tú sola” repetían habitualmente; “me hago yo sola cosas más perfectas que esa”, pensé en ese momento y solté una gran carcajada. Si alguien me hubiese visto pensaría que estaba loca riéndome sola. Sentí cierta lastima al ponerme la blusa de seda clara que había elegido, es una pena que no pueda lucir mi conjunto por la calle, parecía diseñado especialmente para mis pechos, incluso los pezones estaban milimétricamente situados en la posición exacta, y el canalillo resultaba fascinante entre el tul y los pequeños aros que los sostenía.

Estaba casi lista. Sólo quedaba enfundarme mis zapatos de tacón en la ceremonia que tenía lugar siempre antes de salir. Me situé delante del espejo analizando cada detalle: pendientes, maquillaje, pulseras, reloj, mi pelo recogido, el tercer botón de la blusa descuidadamente desabrochado para crear un escote magnifico, que dejaba intuir, más que ver, mi precioso sujetador. Una vez confirmado todo, me subí lentamente en los tacones que tenía preparados: crecía diez centímetros en un instante, pero más crecía aún mi sensación de plenitud, de recuperar los poderes que el trabajo en la oficina me había constreñido y casi anulado. Ahora si era yo y estaba dispuesto a demostrarlo.

Apenas pude oír el sonido del teléfono por la música que seguía tan alta como al principio de mi ducha; un día los vecinos me van a matar. Salí casi del trance frente al espejo. Era Montse. Ya estaba abajo esperándome. Todo estaba listo, empezaba otra noche de cacería.

Entramos en el club en el que tan bien se nos había dado las últimas semanas. Montse y yo nos contábamos todo al día siguiente de cada salida. Disfrutábamos con los detalles más nimios de las sesiones de sexo que nos relatábamos en tardes de domingo y café en mi casa. Ella no dudaba de las cosas que le contaba, pues habíamos tenido muchas experiencias juntas que le permitían conocer hasta donde era yo capaz de llegar.

La música ensordecedora me obligaba a alzar los brazos y bailar de camino a la barra. Siempre he pensado que sólo el alcohol no me permitía dejar complejos, tabúes y años de moralina religiosa; necesitaba la mezcla de esa música estridente y aturdidora para obrar en mí la transformación en la cazadora perfecta. Montse me seguía imitándome y lanzándome miradas de complicidad, al percatarnos de que todos los tíos del local nos miraban más o menos descaradamente, incluso los ya “emparejados”. Creo que nos habíamos labrado una muy buena mala fama en los últimos fines de semana.

Siempre, en la barra, había alguno que se ofrecía a pagarnos las copas que nos pedíamos, con la esperanza de incrementar sus posibilidades de ser “el elegido”. Ese día no fue una excepción. Miré al rubio que tuvo ese privilegio aquella noche: tienes posibilidades, pero sólo eres caza menor – pensé – hoy busco algo más potente. Montse le recompensó con un breve pero sensual beso en los labios que apenas llegaron a rozarse, mientras que con la mano le acarició la cara al tiempo que se alejaba tras de mí, camino de lo que se había convertido en una improvisada pista de baile, abarrotada de gente joven, casi toda más joven, diría yo, que nosotras. Las chicas estaban espectaculares. La belleza de las veinteañeras es difícil de batir, pero nosotras lo conseguíamos con relativa facilidad mediante descaro y sensualidad en cada movimiento y cada mirada. Era mi primer gin tónic, pero no serían necesarios muchos más esa noche para encenderme; supongo que mi predisposición ayudó al alcohol a cumplir su misión química; quizás tomaría otro, pero no más, no me gustaría terminar como aquella noche en la playa.

Llevaba ya casi una hora bailando y tonteando con todos los que se me acercaban bailando e intentaban hablarme, seguramente el calentón no les permitía percatarse de que el volumen de la música en esa zona impedía mantener conversación alguna: o cambiaban de estrategia… o lo tenían claro. Pasaba de mano en mano entre parejas que bailaban y grupos de chicos que formaban corro a mi alrededor. Montse ya estaba en los sillones con un mulato, me pareció ver, metiéndose mano más de lo que el mínimo decoro exigía en esa situación. Estaba claro que ya no contaba con ella esa noche.

Estaba un poco mareada, pero no tanto como para no darme cuenta que no veía entre los que allí estaban, la pieza que buscaba esa noche. Estaba a punto de descartar dicha búsqueda y centrarme en la mejor posibilidad de entre las que me quedaban, cuando por la puerta entraron dos morenos altos y bastante guapos. Uno de ellos con el pelo recogido en una coleta, lo que hizo que me decantara por el otro de inmediato; éste parecía que trabajara en la playa como socorrista o en una obra como encofrador, al sol durante diez horas al día, pues lucía un moreno perfecto. Estaba claro que ninguna de las dos cosas, pues la camisa, que es lo que logré ver de su vestimenta hasta el momento, parecía de marca cara y exclusiva. No parecía pasar de los veinticinco, era guapo, fuerte pero no en exceso, moreno de pelo y de piel: cumplía con los requisitos mínimos para convertirse en mi objetivo.

Ambos llegaron a la barra y enseguida se separaron, quedando mi victima sola mientras su amigo de la coleta se fue tras darle un fuerte golpe en la espalda con la mano abierta y guiñarle un ojo. Por un momento pensé que podrían ser una pareja de gays… bueno, el tiempo me lo diría.

Era el momento de atacar. Dejé al pobre chaval que hacía como que bailaba conmigo pero al que yo no hacía ni caso, tirado en medio del local, mientras sus amigos comenzaban a reírse de él por el plantón, y me dirigí a la barra a pedir una copa junto al moreno, alto y bronceado en que había fijado la mira de mi rifle, sin darme cuenta que en la mano llevaba mi tercer gin tónic casi intacto. Por supuesto ni le miré y a voces pedí al camarero la copa. De espaldas a la barra y mirando el ambiente parecía muy resulto para lo jovencíto que era. Con cierto desparpajo se giró y me dijo – se te acumula el trabajo o es para alguien esa nueva copa – señalado con un gesto la copa que mantenía en mi mano. Durante un instante dudé: si decía que la copa era para alguien podría pensar que no estaba disponible y si decía que también era para mí … pues simplemente parecería tonta. La salida que tuve fue propia de mi carácter habitual – y a ti que te importa – solté con cara de pocos amigos. se sonrió levemente y siguió mirando al resto del local mientras se movía ligeramente al ritmo de la música. Ese tío me estaba gustando cada vez. Quizás lo había estropeado todo. La gran cazadora que era apenas unas horas atrás, estaba ahora confundida y dudando de sus facultades.Al no dejaba de mirar a las guapísimas chicas que bailaban con sus piernas tornadas y sus duros culos y que seguramente le serían más apetecibles que una treinteañera con mal carácter. Debía reaccionar y rápido. El camarero apareció con lo que le había pedido; pero ¿quién me pagaría esa copa ahora? Como siempre era invitada, no solía ir con dinero, y el que llevaba lo tenía Montse al otro lado del local, donde seguiría dándose el lote con el mulato. La mirada del camarero con gesto de impaciencia por las constantes solicitudes de atención de los demás clientes me puso más nerviosa mientras hacía el gesto de buscar dinero en una minifalda a la que le era, sin lugar a dudas, imposible albergar nada. El moreno con aire de superioridad vuelve a girarse y le indica al camarero - la invito yo -. Nuevamente, mi mal carácter volvió a salir y con cara de desprecio le espeté – no necesito que nadie me invite -. No me hizo caso y le dio un billete a un camarero ya con cara de pocos amigos y volvió a su posición inicial.

Esa imagen de superioridad me estaba poniendo más cachonda por momento. Un niñato me estaba chuleando, pero lo estaba haciendo muy bien. Me tenía desarmada. No tuve más opciones – gracias – le dije con tono sincero y una leve sonrisa. - Me llamo Alberto – soltó con gesto conciliador mientras me ofrecía la mano como saludo. – Alejandra – contesté mientras cogía su mano y la zarandeaba arriba y abajo como hacen los hombres del campo cuando cierran el trato de la venta de una vaca. Alberto, sin embargo, agarro mi mano con fuerza y se la llevo a los labios suavemente, aunque intenté zafarme, no lo conseguí, pues me tenía presa, sin apretar pero con firmeza. Me estaba derritiendo. Tenía ahora dudas si estaba cazando era cazada.

Una breve conversación nos dejó claro a ambos que habíamos congeniado. Los derroteros de la misma habían pasado por convenir que ambos buscábamos pasarlo bien sin compromisos de pareja; incluso dio tiempo que señalar nuestra común afición por el sexo esporádico en fines de semana.

En ese intervalo de tiempo se incorporó el amigo de Alberto que tras una larga charla con unos conocidos suyos volvía para constatar que éste no había perdido el tiempo y que estaba acompañada por una mujer mucho mayor que él pero que estaba muy bien, es decir, yo. – Abel, te presento a Alejandra; Alejandra este es mi inseparable amigo Abel -. Dos besos. No me apetecía mas charla con Abel ni con nadie, así que acercándome al oído de Alberto, le susurré con la máxima sensualidad que pude – ¿te apetece que nos vayamos a pasar una buen rato los dos?. Alberto no mostró sorpresa alguna y ya en voz alta, para que Abel pudiera oírlo también, señaló – me gustaría, pero he venido con Abel y no voy a dejarlo solo ¿no? -. Sin poder creer yo misma lo que salía de mis labios y con una naturalidad pasmosa dije – pues que se venga también … . Ahora sí que Alberto mostró una cara de sorpresa, de perplejidad incluso y en mitad de la conmoción de ambos señaló a su amigo - ¿tú qué dices? – Abel me miró de arriba abajo descaradamente y contestó simplemente ¡ vale ¡ -

Ya en el ascensor del hotel, donde Alberto había alquilado una habitación a un recepcionista extrañado por la situación de dos jovencitos con una mujer subiendo a una habitación, sin equipaje alguno y con claras muestras de tener prisa, comencé a morrearme alternativamente con Alberto y con Abel, mientras el otro no paraba de magrearme por encima de la blusa y por debajo de la falda. Al salir guiñé un ojo a las cámaras de los pasillos pues estaba seguro que el recepcionista nos seguía alucinado.

La habitación era amplia y completamente nueva. Ya la conocía de otras aventuras sexuales anteriores, era ideal.

Apenas cerraron la puerta ambos me situaron entre ellos y mientras Alberto me besaba apasionadamente, Abel empezó a subirme la falda y a frotar mi sexo por encima de mis finas y casi transparentes bragas, por lo que podía sentir perfectamente la presión de sus dedos en mi clítoris. Alberto comenzó a desabrocharme la blusa e intentaba de forma apresurada quitarme el sujetador. Estaba claro que los dos estaban demasiado cachondos para hacer las cosas como a mí me gustan. Decidí parar un poco aquello, y con la escusa de ir a lavarme en un momento, me zafé de ambos y me dirigí, desarmada en mi vestimenta pero con el pelo recogido gracias a mi “moño perfecto”, al baño que se situaba en otra habitación donde había una cama grande, pues todo había ocurrido en una especie de salón recibidor donde dejé a mis dos yougurines sudando y jadeando.

Sola en el cuarto de baño me había quitado ya la blusa y la falta. Apoyada en el lavabo me miraba a los ojos en el espejo y me decía a mi misma que seguía en forma y que la caza mayor estaba siendo un éxito: pobres infelices… no saben lo que les espera.

Cuando me decidí a salir contoneando mi cuerpo con sólo la ropa interior y sin quitarme los zapatos de tacón, rozando mi cuerpo contra el marco de la puerta al estilo más peliculero que pude improvisar, pude ver que ellos también se habían lanzado y estaban en calzoncillos tumbados en la cama esperándome ansiosos. Lógicamente dirigí mi vista hacía los paquetes de ambos y pude comprobar que todo estaba en marcha correctamente.

Con pasos lentos y medidos, como una modelo en una pasarela de Milán, me dirigí al centro de la cama para, sin llegar a acostarme entre ellos, gatear hasta la entrepierna de Alberto y sin más miramientos agarrar sus slips y bajarlos hasta sus rodillas. Su pene erecto era del tamaño y grosor que a mí me gusta; siempre he deseado que los hombres con los que tengo sexo dispongan de material suficiente para hacerme gozar a tope y no depender de su capacidad de uso. Inmediatamente lo cogí con una mano y acerqué mi boca hasta introducir más de la mitad en una primera embestida. Abel alucinada mientras Alberto comenzó con un gemido largo y casi, diría yo, doloroso. Eso me puso a tope. Sentí como alguien cogía mi mano y la forzaba a agarrar el miembro aún oculto baso su slip. Abel no se había percatado de que la otra mano estaba ocupada en sujetar la polla de su amigo, por lo que mientras con mi izquierda magreaba en paquete su paquete, con la otra mantenía el equilibrio en posición de a cuatro patas y proseguía con la mamada que le proporcionaba a Alberto sin ayuda de mano alguna.

No tardó apenas Abel en deshacerse de su ropa interior, lo que me permitió agarrar su miembro erecto y duro, mucho más duro que el que tenía en la boca pero de un tamaño menor. Instintivamente pensé que era la situación idónea para una doble penetración, pero no quise pensar en acontecimientos futuros y opté por concentrarte en mi primer trío.

Un ritmo lento y constante hacía emerger gemidos a ambos casi de forma acompasada, incluso me permití jugar con ello y alternar los gemidos en una hipotética composición musical que me causo cierta gracia, una pequeña carcajada por mi parte a este respecto, sacó del éxtasis a mis dos amantes, que me miraron como despertando de un suave sueño.

Aproveché para comenzar a lamer el miembro de Abel, y, cambiando de posición acostarme sobre el cuerpo de Alberto, sentándome sobre su polla y comenzando a moverme rozando mi sexo aun cubierto por mis bragas contra su pene empapado aún con mi propia saliva.

No decepcionó la dureza que había detectado con la mano a mi lengua. Nunca había visto un falo tan terso y firme, casi se parecía a mi consolador metalizado, incluso en su tamaño.

Intenté meter mi pierna entre las piernas de Alberto, pero su slip, aún a la altura de sus rodillas, le impedía dejarme el hueco suficiente. Sólo conseguí dar con mi rodilla en sus testículos: emitió un gemido de dolor que me recordó otras sesiones distintas en otro momento y en otro lugar que llegaron a mi memoria de forma inconsciente. Y de forma inconsciente también, decidí seguir con ese rozamiento de mi rodilla contra su polla, pues subió los brazos hacia el cabecero de la cama y entendí esto como un gesto de sumisión que no quise desaprovechar.

Abel seguía gimiendo con la cabeza mirando al techo en un estado de clímax. Mientras Alberto jadeaba con cada embate de mi rodilla, ya no tenía mi mano apoyada sobre la cama, sino que todo mi peso se centraba en el cuello de Alberto, al que tenía agarrado con fuerza.

Mi excitación me llevó a empezar a usar los dientes con el pene de Abel, primero suavemente y luego con más insistencia. No detecté rechazo alguno y me dediqué a dar grandes lamidas a sus testículos. Terminé introduciéndome en la boca a cada uno de ellos de forma alternativa. Seguro que eso causaba dolor, pues se retorcía mientras se lo hacía, aunque no me lo impedía, y podía hacerlo fácilmente pues tenía ambas manos libres.

Decidí por fin que era mi turno.

Me incorporé, y de rodillas comencé a quitar el sujetador y a lanzarlo junto al resto de ropa que se encontraba esparcida por toda la habitación. Rápidamente, ambos acudieron a chuparme los pezones. Agarraba la cabeza de cada uno de ellos con mis manos, marcando el rito que quería. Noté como Abel comenzaba a morderlos con algo más de furia que al principio, quizás quería vengarse del trato recibido en mi mamada. Los agarré del pelo y apreté sus caras sobre mis senos. Me vi jadeando suavemente de forma acompasada con el giro que sus cabezas estaban obligadas a llevar a mi voluntad.

Parecía tener el control. Sólo fue un espejismo, pues a un tiempo, ambos dejaron mis tetas y en un instante se incorporaron,  tumbandome boca arriba entre los dos. Alberto me comía la boca de forma salvaje, mientras Abel me quitaba las bragas con mi colaboración, al levantar primero mi culo y luego las piernas. Noté enseguida como me lamía el clítoris de forma más que correcta. Estaba a punto de correrme y sólo había empezado. Alberto se sentó sobre mí y colocando su pene entre mis pechos comenzó a moverse; no terminaba de agarrarlos bien y tuve que presionar yo mis tetas entre sí para que pudiera realizar la cubana que pretendía. Es algo que me gusta mucho, pero no pude disfrutarla demasiado, pues mi mente y mi pasión se desataba en una cunnilingus magnifico que Abel me estaba ofreciendo.

Intentaba levantar mi trasero para marcar el ritmo de la lengua de mi segundo amante, pero tener a mi primer amante encima no me lo ponía fácil. Mis gemidos ahora se habían convertido en gritos de placer que finalizaron cuando me corrí de una forma explosiva y salvaje. No fue necesario decir nada a Abel para que parase, porque mis gritos habían paralizado a ambos en ese momento. Abrí los ojos para contemplar a un Alberto totalmente sudoroso y jadeante; se había corrido en mis tetas el muy…., seguramente en mi gesto vio mi desagrado y raudo se dirigió al baño – voy por una toalla – señaló atropelladamente.

Tardó algo más de lo necesario, justo lo que necesitó Abel para colocarse un preservativo y empezar a penetrarme en la misma postura en la que estaba. Lo mojada que estaba permitió que su pene entrara sin dificultad alguna; enseguida comencé a recuperarme. El ritmo rápido que desde el principio había tomado, propio del grado de excitación que tenía, se convirtió en fuertes embestidas mientras agarraba mis piernas por los tobillos y las subía y estiraba. Mi cabeza, que hasta ese momento se apoyaba en los pies de la cama, se salió de la misma por los empujones que mi penetrador me daba, quedando al aire. Fue entonces cuando un Alberto recuperado y recién duchado introdujo su pene en mi boca aprovechando mi postura. Las sacudidas de Abel hacían que el pene de Alberto, que no tenía necesidad de moverse, entrara y saliera de mi boca y hasta de mi garganta al mismo compás. Mis gemidos se ahogaban contra la enorme polla que tenía en mi boca, aunque estoy segura que Abel intuía mis gritos silenciosos pues incrementó la velocidad de sus movimientos. Mi segundo orgasmo no tardó en llegar, pero esta vez Abel no paró y siguió follándome de la forma más aguerrida que podía, noté como el tercer orgasmo me venía casi continuo al anterior; me conocía y sabía que la cama estaría ya calada de mis flujos; oía incluso el chasquido que producía el choque de la cadera de Abel contra mis nalgas en medio de un mar de flujos vaginales que, como un torrente, desprendía.

No pude continuar con la follada de boca que me estaba haciendo Alberto, porque necesitaba todo el aire posible para aguantar el ritmo y mis jadeos y gritos. Abel sacó su pene rápidamente y con todos sus músculos en tensión y un rictus de extasis, se quitó el preservativo y comenzó a correrse sobre mí de una forma bestial. Ya estaba empapada de semen, por lo que no me disgustó algo más.

Alberto no tardó en limpiarme mi vientre y mis pechos de semen, mientras me recuperaba de una taquicardia y una falta de aire, muy superior a la que tengo en la cinta de nadar cuando corro varios kilómetros sin salir del gimnasio: estoy segura que me viene bien este tratamiento para mi régimen de adelgazamiento.

Parecía que tendría un buen rato de relajación, pero no fue así. La polla de Alberto había respondido al tratamiento que le había dado mi boca y, de forma firme pero delicada, me estaba colocando a cuatro patas para, casi inmediatamente, penetrarme. No faltaba lubricación, eso estaba claro, pero el tamaño de su pene se notaba de forma considerable. Lentamente comenzó a moverse mientras con su mano derecha me acariciaba el clítoris de forma suave, alternándolo con mi teta derecha de forma no tan suave. Pronto empezó a incrementar su velocidad, estaba claro que no tenía el aguante de Abel. Con su mano sobre la parte trasera de mi cuello, comenzó a darme fuertes embestidas. Empujándome hacia abajo consiguió que mi cara terminara sobre la cama. Aprovechando que mis manos descansaban sobre las sábanas, me cogió por las muñecas y tirando de mis brazo hacia atrás, separó mi torso del colchón y quedó suspendido mientras continuaba con su golpes tras de mí. Mi pechos me dolían pues se bamboleaban al ritmo de sus movimientos y chocaban entre ello, sin que yo pudiera hacer nada al respecto. Estaba disfrutando otra vez.

Entró Abel nuevamente y supongo que la escena le pareció más que estimulante. Se acercó y puso su lengua cerca de mi boca, saqué la mía y amabas de rozaban al compás que Alberto marcaba, que en ese momento era tremendo. Abel saltó al suelo y pidió a Alberto que parara. No me lo podía creer. ¿Qué le pasaba a este ahora?. – Son las 3 y ya teníamos que estar en la estación – gritó a su amigo. La cara de preocupación de Alberto sustituyó a la de relajación que tenía tras la parada. – No me dejareis así ahora ¿no? - espeté a ambos. – Eres insaciable, Alejandra, no podemos contigo – se excusó Abel. Alberto negó con la cabeza y de un salto se tumbó en la cama boca arriba, mientras se colocaba bien el condón que ya tenía puesto, - ven preciosa, súbete rápido que vas a ver si podemos contigo o no – señaló con seguridad. Me senté sobre él, introduciéndome su verga rápidamente y empecé a subir y bajar a buen ritmo. – Dale por el culo a esta zorra que es lo que está pidiendo a gritos – exclamó Alberto a Abel que se encontraba ya vistiéndose. No tardó un momento en volver a desnudarse y colocándose un preservativo que buscó entre la ropa que acababa de tirar se colocó detrás de mí. Cogiéndome de las caderas me levantó hasta conseguir que la polla de su amigo saliera, para introducir la suya. - ¿No te han dicho que me la metas por detrás? – le indiqué con sorna y algo de desprecio. – Pensaba lubricare un poco, pero dado que me lo pides así – y de un golpe la sacó, se puso en pié mientras Alberto volvía a follarme, y sin contemplaciones me agarró por las caderas con una mano y con la otra dirigió su pene hacía mi culo, penetrándome de forma salvaje. El sexo anal no es algo que practique con frecuencia, por lo que el dolor fue intenso y no consiguió ser mitigado por el placer que me daba Alberto hasta pasados unos minutos, y todo gracias a que ambos ralentizaron el ritmo.

Mis nuevos gemidos fueron la señal de salida para una carrera de entradas y salidas de mis amantes en mí, que me provocaron espasmos de placer que no había sentido antes. Mi primera doble penetración estaba saliendo al final como yo pensaba que sería. Alberto paró; seguramente se había corrido sin poder evitarlo; sin embargo, y a pesar de darse cuenta de ello, Abel siguió follándome por el culo con fuerza – ¿No querías que te follara el culo?, pues ahí lo tienes ¡ - gritaba mientras no paraba de arremeter con fuertes embestidas asiéndome por las cintura. Comenzó a gemir de forma descontrolada, mientras la sacaba, se quitaba el condón y cogiéndome por el pelo acercó mi cara a su polla para que me la metiera en mi boca, la sorpresa no me dejó reaccionar y un caliente y potente chorro de semen se introdujo casi hasta la garganta, no me disgustó demasiado. Al final el de la coleta y el pene más pequeño había sido el que más placer me había dado. Supongo que mi comentario sobre las ordenes que le había dado Alberto acerca de mi culo, habían tocado su amor propio y ahora esperaba mi reacción de enfado; en lugar de eso, tragué hasta la última gota, le chupé como quien apura el último sorbo de una copa y luego pasé mi lengua a lo largo de su pene mientras le miraba a los ojos de la forma más sensual que supe.

Alberto ya estaba vestido y Abel hizo lo propio rápidamente también ante la insistencia de su amigo. Por toda despedida tuve un par de piquitos en los labios y un – Eres genial, Alejandra -, se marcharon inmediatamente. No eran de mi ciudad y no volvería a verlos. Mejor así. Una ducha larga y tranquila fue lo único que pude permitirme antes de caer rendida en la cama del hotel. El olor a sexo en esa habitación aún rezumaba por cada rincón.

La cacería había concluido mejor de lo que me planteé en lo que parecía que iba a ser una noche más.



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