Pasión sin límites

Era un día lluvioso, como en el día de hoy, quizá esto me lo haya recordado, y vagaba sin destino fijo en la ciudad donde vivía, quería comprar unas cosas que me hacían falta, y al fin me decidí a entrar en una tienda en la que me pareció ver una dependienta que estaba para matrícula “cum laude”, y así aguantar el aguacero que caía. Me acerqué como sin querer a verla de más cerca, y no veáis la sorpresa, era un maniquí, perfecto de formas, pintado y vestido, la verdad, como para hacer el amor allí mismo. Me quedé absorto viéndolo, y en ese momento una voz de mujer dulcemente me preguntó:

– ¿Ahora no te gustan las mujeres?

Su voz melodiosa me recordó viejos tiempos pasados, y al girar mi cabeza y preparar una contestación acorde a las circunstancias, me la encontré. Era ella, Amanda, mujer que tiempo atrás me ayudó a iniciarme en los amores y desamores de esta vida. Al verla me quedé absorto, sin saber que contestar, estaba guapísima, vestida con un suéter que le marcaba esas formas que yo ya conocía tan bien. La recorrí con la mirada desde la cabeza a los pies, y luego hasta la cabeza de nuevo, sin hablar, solo mirando su figura, recordando mi “segunda cabeza” que ya quería salir para saludarla y a duras penas la podía mantener en su sitio. Al fin pude articular palabra, y no repare en halagos. Le dije que estaba más guapa que nunca, que era como un buen vino, con solera, que con la madurez de los años cogía cuerpo, se afrutaba, etc., ella reía, me miraba, volvía a reír, y al fin nos abrazamos y nos besamos.

Empezamos a hablar de nuestras vidas, de como nos iba y empezó a contarme que se había casado, que tenía dos hijos y que ahora, aunque acomodada, ya no disfrutaba lo mismo que antes de soltera.

La conversación giraba hacia nuestras relaciones sexuales, mientras tanto buscábamos la ropa que habíamos ido a comprar. La acompañé a la zona de señoras y ella me acompañó a la de caballeros, buscamos un probador, y sin hablar entramos los dos en el mismo.

Se desvistió, me desvestí, apenas cabían nuestros cuerpos en el pequeño espacio, nos rozamos en un momento en el que ella me presentaba su culo, ese maravilloso y prieto, antaño mío y ahora de otro, y no pude contenerme, la abracé y ella, notando mi verga, se dejó hacer y yo sin hacer nada estaba a punto de reventar. Ella estaba mojada ya hasta las rodillas, le bajé las bragas y se la metí, dos empujones y la tenía hasta los huevos metida en el agujero de su culo. Empezamos a movernos y realmente fue al polvo más corto de mi vida, pues nos corrimos sin poder chillar de placer ya que afuera había madres con sus hijos probándose los uniformes del colegio.

Luego nos probamos la ropa y la compramos, en la puerta me despedí de ella, sabiendo que no la volvería a ver.

Una vez recogido el coche del parking cercano y lloviendo torrencialmente me fui a casa, solo, con el recuerdo de ese momento vivido pero al pasar por delante de la parada del autobús que hay en la puerta del establecimiento, vi entre la gente a Amanda, mojada, tiritando de frío, paré en el centro de la calle, no me preocupó la lluvia, ni el atasco que estaba formando, me acerqué a ella, le abrigue con mi gabardina y la metí en mi coche, la acerqué a su casa y me invitó a tomar un café. Acepté, aunque ahora todavía no sé por qué acepté, pero doy gracias por haberlo hecho, todos los  días.

Se cambió y se puso cómoda, recién duchada con agua caliente, con la toalla alrededor de su corta cabellera, me preparó el café, yo solo miraba sentado en la silla de la cocina, hablaba, yo miraba, decía no sé qué de su marido que estaba fuera de viaje y no volvería hasta el fin de semana. Yo miraba, dijo que sus hijos todavía estaban en el apartamento de la playa con su hermana y que volverían también para el fin de semana, yo miraba, miraba cada movimiento suyo, adivinando, entreviendo su sexo cada vez que cambiaba de posición sus piernas.  Al final le dije:

– Amanda, me estás poniendo a cien, no puedo aguantar más y te lo voy a hacer aquí mismo.

 Ella se levantó, se quedó de pié delante de mí y soltándose el albornoz lo dejó caer en el suelo de la cocina y me dijo:

– ¡Si tienes lo que hay que tener, párteme en dos!

Allí mismo y sin quitarme la ropa lo hicimos. Después del primer orgasmo y sin quitársela, me fue desvistiendo, y al final los dos desnudos fuimos a su cuarto de matrimonio. La foto de su marido estaba sobre la mesita, la verdad es que estaba bien, se quedó mirándolo y lo dejó encima del comodín, con el retrato hacia la cama, diciéndole:

– ¡Capullo, mira lo que te pierdes!

Desde ese momento, fue salvaje, en la vida la había visto así, me comió hasta que otra vez estuvo en su máximo poder mi verga y la volví a follar, cambiábamos de postura, sin parar, y al final entre gritos de placer me dijo:

 ¡Cabrón, no aguantas nada, quiero más!

Empecé a moverme sin descanso, ya no me preocupaba si yo iba a tener o no un orgasmo, la quería partir en dos, y tal fue mi ímpetu que se corrió chillando, digo chillando, dando alaridos de placer, diciéndome que era el polvo más maravilloso que había pegado en su vida, que era mejor que los que habíamos pegado juntos, que…, no sé cuantas cosas más dijo, y de repente se quedó mirando como mi polla todavía estaba como el palo mayor de un barco, recta, gorda y roja, pues no me había corrido.

Mirándome y todavía sin poder respirar bien sonrió, y me dijo que me iba a hacer lo que nadie me había hecho todavía, y que después de ese día, solo pensaría en ese momento. Conociéndola me asusté un poco, pero mi excitación y su promesa hacían que mi mente se nublara. Vino hacia mí con varios pañuelos de seda y atándome manos y pies, según ella, porque ahora me tocaba tener placer a mí, me dejé hacer. Una vez atado me puso boca a bajo en un taburete que tenía, y yo me temí que iba a tener mi primera experiencia sadomasoquista, pero no me importaba, quería tener mi orgasmo.

Lo primero que noté fueron sus besos que recorrían mi espalda, mi cuello, mis orejas, la oía reírse, me decía que iba a disfrutar, más besos, mi polla era suya, estaba debajo de mí comiéndosela, luego el olor de su aceite corporal inundó mis sentidos y miré de reojo y la vi con un consolador de estos que son dos cabezas unidas y que sirven para que una mujer se de a la vez por ambos agujeros, le dije que ni lo pensara, que no, ella riendo, dijo, escápate si puedes, eres mío, y colocándose delante de mí empezó a introducirse el consolador en su vagina, cosa que me tranquilizó, y empezó a dar vueltas alrededor de mí, con el consolador que se le salía de entre las piernas cuál verga de concurso, me miraba y me preguntaba:

– ¿Te excita… mira que verga tengo para mí? – y cosas de ese estilo.

Luego se sentó delante de mí. Yo ya no sabia que iba a pasar, las emociones iban y venían, sabía que lo que pasara sería inolvidable, la conocía, conocía esa risa de niña perversa, y ocurrió. Ocurrió lo que me temía, empezó a jugar con el consolador mintiéndolo y sacándolo de su vagina, delante de mí, y yo sin poder hacer nada, me miraba, la miraba y vi su excitación en los ojos, pero también vi su sonrisa, diciendo:

– Míralo, que mojado está, cómetelo si quieres que te coma la tuya.

Era de goma pero no me importaba, lo único que quería era tener un orgasmo, y lo hice, me comí el consolador lleno de flujo vaginal, y en ese momento ella empezó a comerme el culo, mi agujero, sus dedos, el aceite corporal, todo era uno, un dedo, dentro, fuera, circulo, dos dedos, dentro fuera circulo, tres dedos, el dolor era insoportable, dentro fuera, circulo, así poco a poco iba aguantando el dolor mordiendo su consolador, hasta que al final me relajé y empecé a notar como el agujero de mi culo la aceptaba. Ella disfrutaba diciéndome cosas agradables a mis oídos y al final dijo:

– ¡Te voy a encular!

Cogiéndome el consolador me lo introdujo en el culo, chille de dolor, ella me besó y estuvo conmigo haciéndome el momento lo más agradable posible.  Todavía recuerdo ese cambio de dolor ha gozo, gradualmente, y sin darme cuenta, tuve mi primer orgasmo. Entonces me desató y me tumbó suavemente en el suelo, se acostó a mi lado, me mimo, me miró y sonrió, y en ese momento recordé.

Yo era ella, ella era yo, recordé esa primera vez, entre sollozos, cómo aceptó que la enculara, como mordiéndose los labios, dijo que siguiera y como tuvo su primer orgasmo de esa forma.

La besé, la besé como nunca he besado a nadie, amor, gratitud, emoción, todo uno, un beso que le decía que ella era mi vida, que no podría vivir sin ella el resto de mis días, ella me besé en los ojos y dijo:

– Ciérralos.

Entonces la note encima de mí, pues me montó y tuve el orgasmo más maravilloso que pudiese soñar.

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