Sigamos jugando

Disfrutas cuando te persigo y gozas dejándote atrapar
mientras me muestras la entrada al cielo sin dejarme entrar;
yo disfruto enormidades persiguiéndote, atrapándote,
deseándote, cercándote;
saboreo la gloria cada vez que consigo derribar tus resistencias
y, cuando creo que estoy a punto de hacerte completamente mía,
me dejas sentirte, tocarte, disfrutarte con todos mis sentidos;
me haces soñar y luego vuelves a escapar…
para volver a empezar.

Este juego sadomasoquista es interminable,
maravilloso y fascinante como la delicadeza de tu voz,
como la felicidad que me provoca tu risa,
como la dulzura de tu saliva;
maquiavélico y pecaminoso como el placer de la masturbación;
un juego íntimo y perverso que no quiero dejar de jugar,
que da vida a mi vida y no me permite determinar
quién de los dos es el sádico y quién es el masoquista…
o, ¿somos ambos, ambas cosas?

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