Tormenta de invierno

En una fría noche de invierno, ella comenzó a recordarle. Quizá fuese porque él era lo más parecido a un abrigo que había tenido en el último tiempo, o tal vez era porque el vacío que en ella había dejado, cada vez se iba haciendo menos llevadero. Fuera por lo que fuese, aquella noche, tras una larga tormenta en la que su rostro tan solo se iluminaba por las fugaces luces de los rayos, ella no pudo dejar pensar en él.

Acurrucada en su cama, tan solo sus mejillas asomaban vergonzosas tras las sábanas. Sus ojos bien abiertos, guiaban su mirada hacia la ventana, la cual seguía con detalle cada gota de lluvia que se deslizaba por la ventana de su habitación. Tenía algo de frío, aún sí, adoraba esa sensación de cobijo, mientras observaba a salvo, el contraste que yacía tras las paredes de su casa.

Y esa sensación le hizo recordarle. Recordó que también le encantaba esa sensación, el sentirse a salvo de todo, tras unas sábanas que te mantenían a salvo de la tormentosa lluvia. Y por un momento, le imaginó a él, a su lado, bajo sus mismas sábanas; y en ese instante, un rayo ilumino la habitación, y con ello su rostro, haciéndole perder dicho pensamiento de un fogonazo.

Finalmente, terminó la tormenta, y un poco más calmada, reorganizó sus pensamientos, y volvió a colocarlos intentando que cobraran un poco de sentido. Pero siempre al repasarlos uno a uno, y por mucho tiempo que pensara en ello, nunca jamás conseguía encontrarle sentido a nada.

Ella volvió a pensar en él, y se preguntaba a menudo si él alguna vez pensaría en ella, pero eso no es lo que más dolor de cabeza le daba, sino el por qué no podía dejar de hacerlo una y otra vez.

Catherine era una joven de veintisiete años. Formaba parte de la Universidad de California, en donde cursaba bellas artes. Era una fanática de lo bello, o al menos así se denominaba a sí misma. Podía pasar horas delante de un cuadro o de un buen libro, y soñaba entre otras cosas, en poder ser una de esas artistas que algún día, otros admirarían, igual que hoy hacia ella.

Tenía muchos amigos, y una vida bastante estructurada, planificada y perfecta. O al menos eso parecía a aquellos que creían conocerla de verdad.

Catherine era muy controladora, le gustaba tenerlo todo bajo su mando, y aquello que no podía gobernar, lo que podía escapar a su control, la desestabilizada por completo. Por eso siempre intentaba ceñirse a unos planes determinados, que básicamente regían su vida, de forma bastante aburrida para su edad.

Él, sin embargo, era cantante de hip-hop, no vivía en ningún sitio fijo, aunque había pasado la mayor parte de su vida en la ciudad de New York. Respondía al nombre de Jefferson, pero casi todos sus amigos le llamaban Jeff.

Jeff era un vividor nato.  Absorbía los días con gran intensidad, disfrutaba de cada minuto, de cada experiencia, y se deleitaba con la compañía de cada persona que pasaba por su vida, ya fuese por un largo o corto periodo de tiempo.

Él creía, que toda persona que pasa por nuestra vida lo hace por algo, y sobretodo, deja una huella. Huella que podía borrarse con el paso de los días, o que por el contrario, podía ser profunda y ahondar un poco más con cada primavera.

Así bien, aunque ambos eran planetas pertenecientes a diferentes galaxias, y aunque parecía casi imposible que ellos compartieran un solo minuto de sus vidas, aun así, un plan divino se dispuso para cruzar sus caminos.

Catherine, era casi una adicta a internet. Le gustaba pasar horas delante de la pantalla fisgoneando aquí y allá. Aquella noche, ambos se encontraron en un chat sobre música, y comenzaron una conversación, que rápidamente se desvió del tema inicial.

Se trasladaron a un lugar más íntimo, y aunque estaban a miles de kilómetros, y tan solo les unía una pantalla, parecía como si se hubiesen mudado a otro planeta, en donde solo se encontraban ellos dos.

Tan solo hablaron de cosas banales, las típicas cosas que dos jóvenes pueden contarse cuando se conocen, y ni siquiera ellos mismos fueron conscientes de lo que aquella noche supondría para su futuro.

Al día siguiente, a ambos les pico el gusanillo por saber más, y por arte de magia, o por obra del destino (para aquellos que crean en él), ellos volvieron a encontrarse, y así una vez y otra vez, y muchas veces más, hasta que estos encuentros dejaron de ser casuales u obras del destino, puesto que ellos mismos, deseaban conocer más sobre el otro.

Él y ella, pasaban horas y horas, hablando y hablando sobre sus vidas, sus planes de futuro, sus familias, su pasado, sus amigos, se contaban hasta sus cosas más íntimas. Se convirtieron en amigos, en confidentes. Y lo que empezó como una simple, banal y casual charla de más o menos unos cinco minutos, acabó por convertirse en una rutina diaria, y sobretodo completamente necesaria para ambos.

En esta, añadieron sus propias imágenes, ya que cuando se comunicaban por el ordenador, ya no escribían. Ahora hablaban, se miraban y se escuchaban, y así aún era más fácil trasladarse a otro plano cuando conversaban.

Ninguno de los dos había sido muy afortunado en los temas amorosos, y ambos los sabían, pues también era una de las cosas que habían hablado, y ella siempre ocultaba lo que estaba empezando a sentir por él, pues se sentía una tonta y una loca por el simple hecho de pensarlo. Lo que no sabía es que a él le pasaba exactamente lo mismo, y así pasaban los días.

Hablaban, se miraban, se callaban, y sus miradas, el brillo de sus ojos decía todo lo que ellos mismos por cobardía no eran capaces de decir.  Se mandaban canciones, e incluso las ponían de fondo durante las horas que pasaban juntos. Ambos las seleccionaban, y estas siempre decían cosas que ellos mismos no se atrevían a decir al otro, así pues se hablaban sin tapujos, y la música les daba esa valentía que a ambos les faltaba en muchas ocasiones.

Hasta que finalmente él un día le dijo a ella que tenía que contarle una cosa, y ella le dijo que también. Ella empezó a argumentarle qué pensaría que estaba loca, pero no acababa de atreverse a confesarle sus sentimientos.

Así pues, él, siempre más lanzado que ella, se lo dijo:

-Sé que vas a pensar que estoy loco, y de hecho, yo he sido el primero en pensarlo, pero… (Se detuvo unos instantes pensando como continuar). Catherine, creo que me estoy enamorando de ti.

Ella, tras la pantalla, le miraba atónita, inspeccionando cada pequeño gesto de su rostro, y escuchando con atención cada palabra que escapaba de sus labios.

Al oírle, una sonrisa se dibujó en su rostro, como si de un acto reflejo se tratase. Subió la mirada, y la fijo en la cámara, que no había dejado de apuntarle durante toda la conversación. Y dijo de forma contundente, y sin dejar de sonreír:

-Entonces, quizás los dos seamos unos locos sin remedio Jeff.

Ambos se quedaron en silencio unos segundos, mirándose, sonrientes, mientras que sus pensamientos se quedaron colapsados por unos instantes, como si el  mundo entero se hubiese parado en ese mismo momento, como ella había deseado en más de una ocasión.

Él, adoraba el mundo de la música, y aunque era un chico valiente, también habían ciertas cosas que le costaba mucho decir, así pues, había conseguido la forma de comunicarse con ella, de un modo algo más fácil para él, y esa forma era la música.

Entre muchas de las canciones que él le puso a ella, hubo una en especial, que de algún modo u otro, quedo en su recuerdo como su canción, pues él siempre la cantaba, mirándola (a la cámara), y remarcando aquellas palabras que quería dedicarle.

Ella siempre le decía que algún día la escucharían tumbados sobre la cama, viendo la lluvia caer, tapados hasta arriba. Esa canción fue lo más parecido a un te quiero que él y ella se dijeron nunca.

Pasaron muchos meses, desde que ambos se confesaron sus sentimientos. Siguieron hablando, sonriendo, viviendo juntos a través de una pantalla, que ya se había convertido en un suplicio para ellos. Deseaban conocerse. Imaginaban divertidos cosas sobre el otro, cosas que no habían podido conocer ya que no se habían visto nunca en persona.

Ella soñaba con su olor, se imaginaba entre sus brazos, esbozaba sus enormes ojos verdes frente a ella, y por toda su piel recorría un escalofrío. Volvía a la realidad.

Él, podía casi sentirla apoyada sobre su pecho, y cubriéndola delicadamente con uno de sus brazos, la estrechaba contra su cuerpo. Volvía a la realidad.

En la actualidad, Jeff mantenía una relación algo desgastada con una chica de la ciudad donde residía. Con ella todo era mucho más fácil, pero aun así no era suficiente para él. Catherine conocía toda la historia, de hecho, en sus primeras charlas había estado aconsejándole como salvar su relación. Pero poco a poco, y viendo las muchas horas que ambos se dedicaban tras la pantalla, decidió dejarlo a un lado, omitirlo.

Era el momento de asumir la verdad, de abrir los ojos de una vez, y dejar de soñar despiertos. Ellos habían fingido ser amigos, necesitarse únicamente por sus problemas o sus tretas amorosas. Habían aparentado olvidar aquello que un día se confesaron mutuamente. Pero no fue así.

Esta historia les vino grande a los dos, y sin darse cuenta, y aun intentando evitarlo por todos los medios, ambos empezaron a sentir algo, que aunque intentaban esconder, había sucedido.

Así que, una vez los dos, asumieron que estaban empezando a sentir algo que ni ellos mismos sabían (o no querían definir),  decidieron que lo mejor era conocerse en persona, ya que tenían la esperanza o se aferraban a la idea de que cuando se viesen no se gustarían, dado a que eran muy diferentes, y siempre decían que no era lo mismo estar tras una pantalla que tocar, oler y besar. Pero se equivocaban.

Esa noche hablaron largo y tendido sobre el viaje, ella finalmente le convenció y le hizo ver, que esa era la única forma de arreglar aquel entuerto, convencida, que cuando se viesen todo aquello quedaría en un simple malentendido.

De este modo, finalmente, Jeff viajó desde Nueva York hasta California para verla. Catherine fue a esperarle al aeropuerto. Aquella noche apenas pudo dormir, pensando, imaginando como sería el momento, como se comportaría.

Una vez allí, comenzó a buscarle en cada rostro de cada persona que se acercaba a ella por la salida de los pasajeros. Se dio cuenta que desde que le conoció, todo aquello estaba fuera de sus manos, y que por mucho que había intentado planearlo todo, todo cuanto planeaba se iba al garete. Le temblaba el cuerpo, estaba muy nerviosa, la voz le titubeaba y empezó pasear de forma sistemática de lado a lado, pues los nervios se la comían por dentro.

Su mirada seguía atenta a la salida, y de pronto un chico alto, con una gorra y poco equipaje cruzó la salida, debe ser él, pensó ella, y sonriente se fue acercando lentamente, mientras en la lejanía, veía como su fija mirada(la de él) ya se iba clavando en sus ojos. Si, era Jeff, ahí estaba por fin.

Aunque la noche anterior había estado pensando si darle un abrazo sería demasiado brusco o no, si le daría vergüenza y muchas otras cosas, al tenerle delante, le nació. Nada más verle, le sonrió, le dio un abrazo, y sintió que él no lo esperaba. Luego le dio dos besos, e inicio una absurda conversación para cortar el hielo. Parecía que era la primera vez que hablaba con él, aunque esa sensación a penas duro unos minutos.

Luego le invitó a subir en su coche, guardó su equipaje en su maletero, y lo llevo al hotel, que ella misma le había reservado.

Nada más subir al coche puso un cd con algunas de las muchas canciones que ambos habían escuchado juntos, él sonrió, y Catherine aún muy nerviosa, suspiro sin creer que le tuviese tan cerca.

Al llegar al hotel, el botones le pregunto a Catherine si también iba a quedarse a dormir, se sonrojo, y Jeff rió y negó con la cabeza. Fue una escena bastante incómoda para ella, pues hasta ese mismo instante tan siquiera se había planteado el hecho, de que a ojos ajenos pareciesen una pareja, y en el fondo eso le gusto.

Después de dejar el equipaje en el hotel, fueron a cenar algo, charlaron largo y tendido durante toda la noche, y mantuvieron las distancias en todo momento.

Sentados en un banco, Catherine cogió su mano (la de él) para ver uno de sus anillos, en ese momento, al tener su mano sobre la suya, la soltó de inmediato.

Al rato, hablando de una de las cicatrices que él tenía en la cara, Catherine se acercó a su mejilla considerablemente, y la toco suavemente arrimándose para ver la marca en ella. Fue entonces cuando vio sus labios tan cerca, que volvió alejarse de él, manteniendo la distancia de “seguridad” que les separaba todo el rato, cada uno a un extremo del banco.

Ella hacia esto para evitar cualquier tipo de tentación, pues Jeff tenía pareja, y pasase lo que pasase no iba a serle infiel aquella noche, y ambos tenían que poner de su parte para evitarlo.

Las horas pasaron mucho más deprisa que cualquier otra noche, aunque cuando estaban juntos la noción del tiempo perdía el significado, pues siempre amanecían todavía hablando. Pero aquel día era diferente.

A Catherine la esperaban sus padres a dormir a casa, así que fueron a por su coche, y le acercó al hotel, y en la puerta de este, dentro del automóvil, reclinaron los asientos, ya bastante agotados, y siguieron exprimiendo la noche un poco más.

Ella comenzó a enseñarle algunas fotografías que llevaba en su teléfono móvil, y él la miraba fijamente y sonriente, mientras se acercaba para poder verlas, pues con la oscuridad apenas podía diferenciarlas. Entre foto y foto ella le miró, sus rostros estaban muy cerca y entonces lo supo, pero en ese momento no le dijo nada.

En ese mismo instante (quizá por obra del destino o quizá no) un guardia se acercó al coche y le dijo que no podía estar parada más tiempo allí, así que ambos se despidieron, y Jeff volvió al hotel y ella se marchó a su casa.

Aquella noche fue muchas cosas para ambos.

En esas horas, los dos pudieron comprobar, que todo aquello que pensaban se esfumaría por completo, no hizo más que hacerse latente durante cada segundo, de todos los que pasaron juntos.

Al verse, todo aquello, que sin olores, sin abrazos, y sin caricias no era real (o eso pensaban), esa noche, con todas aquellas palabras, sensaciones, y esa distancia exprimida entre ambos, acababa de verter realidad sobre lo que hasta entonces, solo habían sido sueños.

Por fin, habían parado el tiempo. El reloj se había detenido justo cuando Jeff puso el primer pie en California. Se habían dado el lujo de hacer aquello que deseaban desde el primer instante en que se conocieron, pero aun así, sabían que todo eso, sería un problema. El reloj había vuelto a funcionar.

Esa noche, ambos volvieron a su cama, pensando más que nunca en el otro, queriendo oír los pensamientos del contrario, marcando así, un antes y un después en su relación.

Tras ese día, ambos estuvieron una temporada sin hablar, y para cuando volvieron a hacerlo los dos estaban ya demasiado cansados de imaginar y soñar algo que parecía tan perfecto, que por solo eso, no podía ser real.

Pero Catherine, tenía su espinita clavada, así que en una de las conversaciones que tuvieron aprovecho para saciar su curiosidad. Quería saberlo todo sobre las horas que pasaron juntos. Saber si él la había vivido igual que ella, si lo había pasado bien, qué impresión le había causado, etc. Necesitaba saberlo todo, antes de decirle, lo que aún no había tenido oportunidad desde aquel día.

De este modo, Jeff, comenzó a explicarle, que como ya le había augurado, ella le había gustado tal y como esperaba, y que le había costado mucho retener sus impulsos:

-Cath, si ese guardia no hubiese aparecido, no creo que pudiera haber pasado un segundo más, tan cerca de ti, sin besar tus labios…

Sus palabras la hicieron estremecerse, y quizá en ese momento maldijo a ese guardia, pues supo que si ese beso hubiese existido, solo habría sido esa noche. Aun así, gravo a fuego todo lo que le dijo, y entonces, comenzó a explicarle todo lo que también le había preguntado:

-Estaba equivocada Jeff. Pensé que si nos veíamos las cosas se aclararían entre nosotros, y podríamos ser amigos, pero… -Suspiró profundamente y continuó hablando-  cuando te vi allí, con esos preciosos ojos mirándome tan cerca, tan brillantes, y tus labios a tan solo unos centímetros de los míos, lo supe. Supe que estaba equivocada al pensar que todo esto no era real, porque si lo era, porque ahora lo sé      -Su voz titubeaba por momentos- Y lo sé, porque mi cuerpo, por propia inercia se abalanzó sobre ti en un fugaz y casi robado abrazo nada más verte. Y lo supe cuando toque tu mano por primera vez, y aun lo tuve más claro cuando acaricie tu mejilla y sentí como si una fuerza magnética imantase mis labios con los tuyos…

Ella le explico que esa noche le hubiese encantado besarle y abrazarle, “pero quizá igual como el destino nos unió una vez, nos separa ahora”, le dijo ella, y continuo diciéndole que aunque siempre le había dicho que lo último que quería era perder su amistad, había comprendido que quizá, ellos no estaban destinados a ser tan solo eso, y si no podían ser más, entonces era mejor que no fuesen nada.

Jeff volvió a explicarle la dificultad de su situación, aunque Catherine había dejado de comprenderla hacia mucho.

-Ahora sé que esto es real, pero ¿Cuánto iba a durar? Vivimos muy lejos, tú sabes que yo aquí tengo una vida, mi novia me necesita, y aunque no estamos en el mejor momento, ella no se merece esto.

Continúo argumentando el porqué de no romper su relación durante un rato.

Catherine, le escuchaba atenta, aunque parecía no importarle mucho lo que decía. No lograba comprender como no podía arriesgarse a vivir algo tan maravilloso como lo que les estaba pasando. Aun así, intentaba ponerse en su piel. Era consciente que una relación entre ambos no sería fácil. Vivian muy lejos, y no tenían recursos económicos para financiarse los viajes. Trasladarse a la ciudad del otro tampoco era una opción, tenían unas vidas que no estaban dispuestos a abandonar.

Así pues, llegaron a la conclusión que quizá nada de lo que sentían era tan grande, puesto que ninguno de los dos estaba dispuesto a apostar por el otro.

Pasaron varios meses, y lo que había nacido como charlas diarias y casi constantes, con el tiempo, y como consecuencia de esa noche, se habían convertido, en encuentros casuales, en los que destacaban preguntas banales tipo “¿Cómo estás?” y “¿Cómo te va?”.

 Una madrugada, ella, como de costumbre pensando en él, se apresuró en levantarse de la cama en busca de papel y lápiz. Comenzó a escribir de forma mecánica, y luego, volvió a dejar el papel arrugado junto a su mesilla. En él podía leerse:

Te vas. En mi cabeza no dejan de agolparse todas esas palabras que mi boca no es capaz de decirte. Rétame a quererte, a no separarme nunca de tu lado, de ir detrás de ti allá donde vayas. Pídeme que te diga aquello que siempre callé. No puedo sonreír si no estoy junto a ti, tú eres mi felicidad, mi tranquilidad, todo lo que hace que quiera ser mejor, tú eres la mejor mitad de mí. Sólo quiero abrazarte, sentirme protegida entre tus brazos, mirarte a los ojos y ver que estás ahí. Sé que siempre te querré, que nunca podré olvidar todo lo que me has dado, lo que me has hecho sentir. La confianza que depositaste en mí, el valor que me diste para seguir adelante. Pero ahora todo acaba, tú te vas y yo no sabré hacia dónde ir, qué hacer, qué decir, quién ser. Ya no seré yo, sólo la sombra que quedó sin ti.

 

Algunos meses después, una mañana, cuando ella se encontraba en la universidad, sonó su teléfono. Miró la pantalla, y vio que era Jeff. Los nervios se agolparon de golpe en su estomagó de forma apresurada contesto:

-¿Cómo es que me llamas a estas horas?, ¿Pasa algo?

-No te asustes Cath, solo quería decirte que estoy en California. He venido por trabajo, pero me voy en unas horas. ¿Te apetece que nos veamos?

Y entonces los nervios aún se apoderaron más de ella, que se apresuró en decirle que sí, y salir corriendo en su encuentro. Al salir de la Universidad, miró al cielo, y vio como se encontraba bajo una frazada de nubes negras, que pronto dejarían salir la tormenta que auguraban.

Condujo a gran velocidad, a penas las piernas podían mantenérsele erguidas, pues no dejaban de temblarle. Entendió entonces aquella sensación que dicen de tener “mariposas en el estómago”, y en su cabeza se agolpaban pensamientos y sentimientos que no dejaban de fluir sin control. No sabía que hacia allí, sentada tras el volante. A penas había sido capaz de racionalizar todo lo que estaba pasando. Había soñado con volver a verle desde el momento en el que le dejo en el hotel, pero nunca ese pensamiento había sido tan real como lo era ahora.

Sacó su barra de labios, y desplego el espejito que tenía el parasol. Aprovecho un semáforo en rojo, y comenzó a acicalarse para su encuentro con Jeff. El parabrisas limpiaba con fuerza las gotas que caían sobre el cristal.

Después de eso, un pitido intermitente que por fin dejo de sonar, dejando paso al silencio absoluto.

Jeff paso dos horas esperándola sentado una replaceta. Impaciente, comenzó a llamarla al móvil una y otra vez, pero este no obtuvo respuesta alguna. Se tomó una cerveza, y volvió a llamarla una última vez, antes de marcharse para coger su vuelo de vuelta a New York.

-Es usted familiar de… Catherine Waldorf?

-No, soy solo un amigo. ¿Ha perdido el móvil?

El guardia tomo aire antes de contestarle nuevamente.

-Perdone pero… su amiga… ha tenido un accidente de tráfico. Su móvil estaba dentro del coche, y como no dejaba de sonar, pensé que podríamos localizar a su familia…

Jeff se quedó atónito. Su corazón bombeaba cada vez más deprisa, y sus ojos de forma instantánea se humedecían, dejando brotan una serie de lágrimas, que dejaban paso a otra serie más.

-¿En qué hospital esta?, iré ahora mismo, y me encargaré de localizar su familia. Usted solo dígame donde se encuentra -Se notaba que estaba al borde del ataque de nervios, aun así intentaba mantener la compostura-

El guardia, al escucharle, no supo decirle la verdad, así que simplemente le dio una dirección, y le aconsejo que se diese prisa.

Jeff  llego diez minutos después. El accidente había sido muy cerca de donde él la esperaba. Al llegar, le hicieron varias preguntas para cerciorarse que la conocía realmente. Él muy nervioso requería verla inmediatamente. El guardia con el que había hablado apareció nuevamente, acompañado ahora por un médico con bata blanca.

-Acompáñanos.

Jeff, les siguió en silencio, y al abrir la puerta de aquella sala, comprobó que no era una habitación de hospital normal y corriente.

-¿Va a decirme donde esta ella? ¿DÓNDE ESTA?-Alzo la voz muy nervioso-

-Antes no he querido decirle nada porque debía asegurarme que le conocía. Su amiga, Catherine Waldorf, no ha superado el accidente. Lo siento. Un coche la embistió por detrás, y salió despedida del vehículo, sufrió un traumatismo craneoencefálico…-Jeff dejo de escuchar-

Salió rápidamente de allí. Comenzó a correr y a correr, hasta que sus piernas agotadas lo precipitaron al suelo. Arrodillado en este, comenzó a llorar, sollozando casi sin respiración. Maldiciendo cada segundo que había pasado sin ella. Arrepintiéndose por haber dejado marchar, la oportunidad de vivir una vida a su lado. Y ahora, ya nunca más podría decirle, todo lo que había callado en estos años.

Ella, aún acurrucada en su cama, cada vez que hay tormenta le recuerda, e imagina lo bonito que habría sido compartir cobijo junto a él en esas noches en las que la necesitase. Y todavía se pregunta, si él, la recuerda a ella.



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