Un regalo espía

Había sido un regalo de fin de curso, el próximo año comenzaría su primer trabajo tras salir de la universidad y aquello le venía de maravilla para practicar su hobbie preferido durante las vacaciones. Quería rodar un corto con sus amigos, el guión estaba preparado y los papeles repartidos.

Aquella noche llegó a casa tras tomar unas copas con sus compañeros de clase, estaba agotada después de toda la celebración y los nervios de la mañana por la fiesta de fin de curso. Dejó caer el bolso sobre una silla y se dirigió a su dormitorio.

El regalo estaba firmemente asido entre sus manos, aún no había tenido tiempo de disfrutar de él, lo haría en cuanto amaneciera, pero primero tenía que dejar la batería cargando. Extrajo la videocámara del interior de la caja y la depositó sobre la cómoda. Conectó el cable de la batería a la corriente y comprobó que el piloto rojo se encendiera. Unas horas más tarde estaría completamente lista para hacerla funcionar, lo estaba deseando.

Se alejó para darse una ducha rápida y ponerse el camisón, apagó la luz y se recostó sobre la cama dejando que el sueño hiciera presa de ella. Estaba apunto de quedarse dormida cuando algo la sobresaltó, no sabía muy bien qué era, pero su corazón le había dado un vuelco en el pecho y latía frenéticamente. Se sentó en la cama y miró a su alrededor con el oído atento a cualquier ruido. Nada. Tan sólo un punto de luz rojizo apuntado hacia ella desde la cámara de video. Se volvió a recostar sin poder apartar la mirada del punto de luz, todo lo demás estaba completamente oscuro. Sentía como si en el mundo que la rodeaba, tan sólo existieran ella y la cámara. Un ojo rojo e intenso que no se apartaba de ella y parecía taladrarle el alma. Se giró hasta quedar boca abajo, tratando de apartar de su mente tan extrañas ensoñaciones. Llegó incluso a cubrirse por completo con la sábana, guareciéndose del luminoso ojo que la observaba, de nada sirvió, seguía sintiéndose observada y cada vez estaba más nerviosa.

-Basta de tonterías – se dijo así misma – sólo es una cámara, duérmete de una vez.

Pero no lo conseguía, la presencia del intruso hacía que su respiración se agitara y su corazón continuara golpeándole el pecho. Por un momento tuvo la intención de encender la luz del dormitorio, levantarse y sacar aquella cosa de su cuarto, pero no se sintió capaz. Cerró los ojos con fuerza, se ocultó aún más bajo la sábana y se obligó a pensar en otra cosa.

Tenía calor, en pleno verano taparse con algo tan liviano como un pedazo de tela, era un suicidio. Notó un cosquilleo entre los muslos, una sensación poco frecuente, aunque conocida. Se frotó ambas piernas con la mano, rápidamente, como si quisiera espantar un molesto bichito que no la dejase dormir. Su mente estaba empezando a evocar momentos del pasado, situaciones en las que había yacido allí mismo con su novio, podía acordarse de cada gesto de sus manos, cada beso, cada roce y caricia; gimió débilmente, tanto por la excitación que comenzaba a adueñarse de ella, como por lo extraño del momento. Estaba agotada, su novio lejos, y ella rara vez se excitaba a solas y aún menos estando tan cansada. ¿Qué le estaba sucediendo?

Comenzaba a sentir la imperiosa necesidad de tocarse, de llevar su mano entre los cálidos y tersos muslos y dejarse arrastrar hacia ... pero no, ¿qué estaba diciendo? Aquella cosa la observaba desde su cómoda, no iba a masturbarse mientras ese rojizo ojo de cíclope siguiera allí, fijo en ella, ni siquiera era capaz de darle ese placer a su novio que ya se lo había sugerido en varias ocasiones. Le daba vergüenza, muchísima vergüenza. No iba a hacerlo de ninguna de las maneras.

Pero el escozor entre sus piernas, el calor, el intenso latido de su corazón, las imágenes que la asaltaban una tras otra ... no podía ignorar que estaba muy caliente, que necesitaba urgentemente sentirse saciada. Quizá si lo hacía, si daba rienda suelta a sus emociones, pudiera dormirse al fin y olvidarse de aquella maldita cámara de video. Al fin y al cabo, pensó, estaba totalmente cubierta por la sábana, nada ni nadie podría verla.

Deslizó la palma de la mano por el colchón y luego la introdujo entre sus piernas, acarició lentamente sus muslos, el borde de la ropa interior y comenzó a frotar un dedo sobre la tela, justo entre los labios vaginales y la entrada del ano. Se acarició con delicadeza, sintiendo como su necesidad de explotar era cada vez mayor, pero algo dentro de su cabeza le exigía que fuera despacio, que no tenía prisa alguna y, sin saber por qué, obedecía a aquella presencia ajena.

-La almohada.

Si, tenía que colocar la almohada bajo su vientre, para elevar las caderas y aumentar la accesibilidad a su centro de placer. Sin salir de debajo de la sábana, arrastró la almohada hacia dentro, la dobló por la mitad y recostó su vientre sobre ella, levantó el trasero y....

-La sábana.

Tenía que retirar la sábana a un lado, hacía calor, si, eso era, hacia demasiado calor para continuar allí abajo. En cuanto lo hizo, la fresca brisa veraniega acarició su cuerpo por encima del camisón que llevaba recogido a la altura de la cintura, mostrando las braguitas blancas y ajustadas que empezaban a estar algo húmedas. Volvió a recostarse sobre la almohada, alzó aún más las caderas, como si quisiera mostrar sus suaves nalgas a aquel intruso rojo que la contemplaba. Su mano volvió a acariciar sobre la ropa interior, notaba en la yema de sus dedos cada protuberancia, cada hueco y cada gota de humedad de su anatomía. El clítoris se había endurecido, y el dolor en el bajo vientre era cada vez más intenso, ni siquiera sabía por que estaba tardando tanto en saciarse, en cualquier otra situación ya lo habría hecho pero...

-Despacio...

Si, debía hacerlo despacio, tenía toda la noche, aunque no sabía si podría soportar tanto tiempo el intenso dolor que crecía en ella, la excitación. Sus dedos seguía acariciando despacio, su cuerpo se balanceaba despacio, levantando y volviendo a bajar sus preciosas nalgas, cuya piel se estremecía con la caricia del viento.

-El camisón....

Tenía que quitarse el camisón, pero no, muy lentamente, así no, debía girarse hacia.... hacia la cámara, quería que la observara mientras se desnudaba, quería hacerlo para la cámara y no entendía por qué, sólo que deseaba hacerlo. Se dio la vuelta, de rodillas, mirando hacia el ojo rojo que no se perdía ni el más mínimo movimiento de su cuerpo y parecía querer abarcarla por completo con su pequeño objetivo. Tomó los bordes del camisón y lo levantó lentamente, descubriendo primero sus piernas, torneadas y suaves, su entrepierna, blanca bajo la tela de las braguitas, su ombligo, el abdomen firme, y finalmente los senos, no muy grandes, pero redondeados y duros, algo más blancos que el resto de la piel, salvo por los pequeños pezones que destacaban en un tono marrón oscuro, de forma muy erótica. Por fin dejó caer la tela al suelo, se llevó las manos a los senos y comenzó a acariciarlos, los apretaba y los movía en círculos sin poder apartar la vista de la cámara.

-Pellízcalos

La orden muda pero intensa, hizo mella nuevamente en ella, con los dedos índice y pulgar apretó los pezones hasta soltar un gemido, tiró de ellos y sintió como se endurecían, no podía dejar de gemir y lanzar pequeños grititos agudos y suaves, y al escucharse a sí misma y hacerse una imagen mental de lo que debía estar viendo el rojo ojo de la cámara, se sentía aún más excitada y el dolor volvía a aumentar, haciendo que temblara de deseo. Quería seguir así, exponerse ante la cámara, mostrarle cada rincón de su ser, cada centímetro de su anatomía, y ya ni siquiera se preguntaba el porqué, sólo sabía que quería hacerlo, quería obedecer sus órdenes, como si de un director de cine se tratara, tenía que obedecer.

-Desnúdate.

La orden era escueta, pero su mente vislumbraba cada detalle de lo que su amo le ordenaba. Descendió de la cama con sensuales movimientos, las piernas le temblaban debido a la excitación y el dolor que sentía en lo más hondo de su ser. Le dio la espalda a la cámara y se inclinó muy despacio, hasta que sus manos tocaron el suelo, luego las alzó acariciando sus piernas hasta tocar el borde de la ropa y empezó a deslizar las braguitas hacia abajo.

Primero aparecieron sus nalgas, totalmente visibles y redondas, y luego un pequeño punto oscuro que era su ano, la tela había quedado incrustada entre los labios mayores y tuvo que tirar un poco más fuerte para terminar de desnudarse, tras retirar la tela a un lado se quedó en aquella postura, mostrando todos sus encantos a su amo y señor, un sibilante ruido la puso en tensión, pero no osó moverse, el objetivo se había movido y ahora centraba aún más de cerca lo que deseaba ver, la oscuridad no era problema para él, el ano estaba prieto, nunca se había usado, oscurecido y rodeado de la piel rosada, casi blanca, los labios inflamados, rojizos y rezumando líquido blanquecino que amenazaba con derramar sobre las piernas y llegar al suelo. La mujer tembló ante el detallado reconocimiento, el escrutinio al que estaba siendo sometida la excitaba sobre manera, tanto que el dolor se incrementó hasta el punto que no creyó poder aguantarlo más.

-Puedes.

Volvió a resonar en su mente, y ella se obligó a creerlo, aunque sus piernas y todo su ser temblaban inconteniblemente.

-Sobre la cama

Se recostó boca arriba, abriéndose de piernas y apoyando los pies sobre la cómoda, mucho más alta que la cama, en aquella postura la sangre se agolpaba peligrosamente en su clítoris y el interior de su vágina, sus gemidos eran cada vez más intensos y prolongados, la cámara seguía observándola y aún negándole el placer de acariciarse hasta lograr el ansiado orgasmo. Aunque nada real se movía en la habitación, ella pudo notar como el mismo aire se enredaba en sus muñecas y tiraba de ellas hacia el cabecero de la cama, para mantener sus brazos estirados e inútiles a sus placeres.

Algo rodeaba sus tobillos, sus pantorrillas y sus muslos y separaba aún más las piernas. Indefensa, cegada por la oscuridad reinante en el dormitorio, sabía que debería estar asustada, que aquello no era normal, que debía ser un sueño o una pesadilla, pero no podía dejar de sentirse cada vez más caliente. Rogó a la presencia de su mente que acabara de una vez con aquella situación, necesitaba satisfacerse de inmediato, no podía aguantarlo más.

Algo mordió sus pezones, endurecidos y tiesos, apuntando hacia el techo por la forzada postura de sus brazos, un fino hilo de humo se coló en su ano, lo atravesó sin hacerle daño, recorriéndola por dentro, la oscuridad se cernió más sobre ella evitando que escapara de las sensaciones que estaba teniendo. Llenó su boca ahogando los gemidos y, finalmente, se introdujo con fuerza entre sus piernas, penetrándola, llenándola por dentro, presionando su clítoris al mismo tiempo. Se agitó en su interior, dentro, fuera, dentro, fuera, hasta volverla loca. La excitación siguió aumentando, estaba a punto de estallar, pero aún no había recibido la orden, aún no podía dejarse ir.

-Córrete.

Y lo hizo, sintió como los músculos se contraían alrededor de la invisible presencia de su señor, los dedos de los pies se contrajeron, apretó los labios, tensó su cuerpo y, al fin, toda ella latió al ritmo de las envestidas, el flujo se derramó sobre el suelo y su sexo quedó palpitante en cuanto la presencia salió de ella y le permitió relajarse.

Aún tardó un rato más en tranquilizar los latidos de su corazón, se sintió flotar un instante, su cabeza se acomodó sobre la almohada que recuperó su posición en la cama, la sábana se deslizó sobre su cuerpo desnudo y perlado de gotitas de sudor y sus ojos se cerraron dejándose caer, así, en un profundo y reparador sueño.

Cuando despertó a la mañana siguiente, todo le parecía una pesadilla, intensa y demasiado real. Sin embargo, cuando se irguió dejando caer la sábana a un lado, se encontró desnuda, su ropa sobre el suelo del dormitorio, una mancha oscura en el colchón y en la moqueta delataba lo ocurrido la noche anterior. Se levantó de un salto y recorrió la habitación con la mirada, nadie había en ella, estaba sola, se echó una bata sobre los hombros y comprobó el resto de la casa, las puertas y ventanas. Vivía en un sexto piso, por lo que nadie habría podido acceder a él por allí. Regresó al cuarto, comprendiendo que, de algún modo, todo era culpa de aquel regalo, el piloto de la cámara estaba apagado, de un manotazo la lanzó al otro lado del cuarto, la máquina chascó al caer al suelo y dejó escapar algo de un pequeño compartimiento que tenía a un lado. Parecía una cinta de cassette de pequeño tamaño, una antigua cinta de videocámara para ser más exactos, pero su aspecto era extraño, tanto la carcasa como la cinta magnética en la que se grababan las imágenes, eran totalmente transparentes.

Se acercó, como temiendo que en cualquier momento la cámara fuera a saltar sobre ella, cogió la cinta y la examinó a la luz, era muy rara, ni siquiera estaba allí el día anterior, lo había comprobado. De algún modo había aparecido durante la noche. Parecía haberse mojado con algo, pero no había líquido en el suelo donde había caído, sólo dentro de la cámara. Se lo acercó a la cara y lo olió, olía a .... sexo? . Estuvo apunto de tirarla por la ventana semiabierta, pero no podía hacerlo, tenía que saber. Se levantó y rebuscó dentro del armario, finalmente encontró un viejo reproductor, lo conectó al televisor e introdujo la cinta pulsando el play. Todo estaba oscuro, no se veía absolutamente nada. Pasados unos minutos le pareció oír algo, así que subió el volumen del televisor. Se oyó a sí misma gemir y un sonido de fondo, muy débil para ser inteligible, era grave y parecía querer decir algo. Subió un poco más el volumen y pudo oír lo que decía, pero no en los altavoces, sino en su mente.

Despacio ...

Con un intenso temor arrancó de un golpe el reproductor silenciando así la grabación, el corazón volvía a latirle deprisa, había reconocido la voz, como la de la noche anterior, pero no era humana, la había escuchado en su mente y, además, había echo que se excitara de nuevo. Extrajo la cinta del reproductor que volvía a estar húmeda de sus fluidos.

Se sentía incapaz de hacerse más preguntas sobre toda aquella locura, lo único que sabía era que necesitaba deshacerse de la cámara lo antes posible. Volvió al cuarto, metió la cámara en la caja, junto al cargador de la batería. Destrozó la cinta con un martillo y echó los pedazos en la caja. Se vistió y se subió al coche, condujo a lo largo de la autopista varios kilómetros y, cuando se sintió lo bastante segura, arrojó la caja a un contenedor de la carretera y regresó a casa.

Al volver su novio la estaba esperando, nunca le habló a él ni a nadie de la cámara maldita, y con el tiempo logró trasladar aquella fatídica noche a los rincones más ocultos de su mente, como si tan sólo hubiera sido una extraña pesadilla. Compró otra cámara e inventó una mala excusa para hacer desaparecer la anterior.... todo volvió a la normalidad.

El escaparate de la vieja tienda de antigüedades del barrio parecía estar rebosante de nuevos artículos, era un sitio perfecto para encontrar un buen regalo de cumpleaños para su mejor amigo.

¿Pero qué? Había tantas cosas preciosas, aunque un poco caras y su bolsillo últimamente no daba para mucho pero... ¿qué era aquello del fondo? ¿Una cámara de video? ¿Sólo 20 Euros? Debían estar de broma, seguro que no funcionaba o le faltaba alguna pieza, no iba a comprarle nada roto.... aunque no parecía muy vieja, aún brillaba, y la caja ... quizá no estuviera mal del todo y, total, por preguntar, sería el regalo perfecto, tenía que llevársela como fuera, a él le encantaría ....

Entró en la tienda.



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