Una tarde de compras muy caliente

Era sábado y además, frío y lluvioso, así que podía ser el día ideal para hacer algunas compras que tenía pendientes. Se lo comenté a Ismael (el chico con el que estaba intimando en aquel tiempo) por si quería acompañarme y, aunque al principio fue reticente, se animó cuando añadí que una de las cosas que tenía que mirar era un sujetador. Ese “quizás podrías ayudarme a elegir uno” definitivamente le terminó de convencer.

Con Ismael tenía una relación bastante estrecha aunque, eso sí, de puertas para dentro. Tenía una gran capacidad para ponerme cachonda; no tenía ningún reparo y era muy activo sexualmente. Aunque tratábamos de hacer vida más allá de la habitación, lo cierto es que sabíamos que cómo mejor nos entendíamos era en horizontal.

Nos encontramos en la puerta de unos conocidos grandes almacenes y me recibió con un beso que me hizo entrar en calor enseguida. Aunque yo tenía varias cosas que comprar, Ismael, tan listillo como acostumbraba, me propuso ir primero a por la ropa interior.

Me eligió los dos más provocativos, con transparencias, y uno de ellos con un sexy lazo rojo de seda. Yo, con los pies más en la tierra, escogí otro par de sujetadores a los que igualmente me dio el visto bueno.

Nos pusimos en la cola del probador a esperar mi turno mientras me susurraba al oído las ganas que tenía de verme con ellos puestos. Y yo, observando toda la marea de gente que estaba a nuestro alrededor, le miré con la cara un poco desencajada mientras trataba de descifrar sus intenciones.

La encargada estaba pendiente de que sólo entrase una persona por probador, por lo que, contrariado, Ismael no tuvo más remedio que esperarme fuera. Me probé el primero, casualmente uno de los que me había escogido. Me realzaba los pechos y sabía que se moriría cuando me viese. Desbloqueé la puerta y abrí una rendija para que captara la indirecta y entrara.

En cuanto me vio, se desató el animal que llevaba dentro. Me miró lujuriosamente unos segundos, mientras echaba el pestillo disimuladamente. Se lanzó a manosear mis senos y su lengua aterrizó en mi canalillo, chupando con avidez y desabrochando al mismo tiempo el sujetador. Este cayó al suelo y yo que estaba tan excitada ni me molesté en recogerlo. Se encontró con mis pezones muy duros y los mordió con tanta pasión que pensaba que mi clítoris iba a estallar.

Le agarré el paquete y sentí cómo su pene pedía a gritos salir. Le desabroché el botón de pantalón y le saqué la polla para masturbarle. Estaba pringosa y dura, y la sobé de manera rítmica mientras nuestras lenguas se devoraban la boca.

Me giró de cara al espejo del probador y me volvió a acariciar los pechos mientras me bajaba los pantalones y apretaba su miembro contra mi culo. Me instó a agacharme un poco y a separar las piernas y me penetró. No quería gritar mucho para que nadie me oyera, aunque la realidad es que había mucho jaleo fuera y probablemente nadie estaría percatandose de nuestro arrebato.

Me apoyé en el espejo con las manos mientras su polla entraba y salía cada vez más mojada de mi sexo. Mi clítoris, además, recibió la grata visita de sus dedos, que lo estimularon hábilmente, como siempre, hasta poder saborear el orgasmo. Él, que no había traído condón, la sacó a tiempo para correrse en mi espalda. Sentir sus fluidos calientes sobre mí era el remate más excitante que podía imaginar para aquel encuentro.

Todavía con las pulsaciones aceleradas empezamos a vestirnos y a comentar la jugada. Minutos después salíamos del probador, sin que nadie pareciera haberse enterado de nada.

Al final, no compré ningún sujetador.

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