Cansada de e-mails con carnaza

 

Cansada de e-mails con carnaza


Con las fotos de penes que recibo podría empapelar el salón.


Y es que raro es el día que al acceder a los servicios de mensajería privada de mi correo electrónico o de redes sociales éstos, las fotos de penes, no empiecen a desfilar como una cohorte de legionarios romanos más despistados que la propia cabra en el garaje.

Penes inhiestos, la mayoría, variados en su morfología, esforzadamente generosos de tamaño casi todos y, en su conjunto, bastante horteras.

La inmensa mayoría de esta relación de falos provienen de forma anónima o casi y prácticamente la totalidad vienen exentos, es decir, se suponen que de natural vendrían pegados a un cuerpo y a un rostro pero de eso no se me informa.

Esta característica indica una primera cuestión interesante; el parcialismo. 

Todos aquellos que me facilitan imágenes de su espadín suponen que a servidora le va lo de la parte por el todo, es decir, el fetichismo.


Y si bien es cierto que yo pudiera tener ciertas inclinaciones fetichistas, estas no se concretan en el nabo.

Esta consideración, unida a que no soy ni mucho menos la única que recibe lo que podríamos llamar este “spam de la polla” hace que en la voluntad del remitente no esté satisfacer mis posibles aspiraciones parcialistas.

Y digo que no soy la única destinataria porque parece que a las mujeres, a falta de langostas, esta es la nueva plaga cibernética que nos envía el cielo o la digitalización, que está viniendo a ser lo mismo.

Así que si el que envía sus atributos ni pretende satisfacer nuestro fetichismo ni pretende excitarnos (hay que ser muy burro o tener mucho más grande el cimbrel que el entendimiento para creer que a las mujeres nos excita indefectiblemente esta anatómica visión) ni pretende siquiera el usar el gusanito como carnaza en el anzuelo para pescar algo (salvo que sea el tonto de antes)…

-¿Qué carajos es lo que pretende con su envío?


Y aquí es donde topamos con una figura legendaria en el mundo de las eróticas pero con las particulares variaciones que ha introducido el reciente mundo digital; topamos con el exhibicionista. Un exhibicionista un tanto pobretón y adaptado a empujones a su tiempo.

Un exhibicionista al que le importa un rábano nuestro erótico interés y que sólo pretende el suyo. Y además un exhibicionismo que, entre la infinita amplitud de esa erótica, entronca con la más masculina y más cutre de sus variantes; la del tipo de la gabardina.

Hoy en día, lo de abrirse la gabardina en un lugar público cara a cara, es un asunto con una trascendencia penal que no se anda con chiquitas.

Vamos, que si a alguien se le ocurre como antaño mostrar el “pitorrito” en la parada del autobús se expone no solo a perder aquello por donde hace pipí sino además todo lo que le cuelga (además de perder también el autobús).

Así, el renovado “engabardinado” tiene que recurrir, un tanto cobardonamente, a  fotografiarse entre las piernas y difundir Urbi et Orbe, disparando con cartucho y no con bala, sus atributos.


Con ese remedo virtual consigue algo; mostrar, pero se pierde lo que para esa tipología de exhibicionista era lo más importante; ver. Ver la reacción del que ha sido sorprendido por su descaro.

Como mujer de recorrido me he topado a lo largo de mi vida con tres o cuatro de estos “presenciales”.

De todos esos encuentros guardo tres recuerdos; la hilaridad que me causaron, que el escándalo proviniera más de la reacción de mi entorno que de mi misma y la fascinación en sus ojos por haber sido “pillado”. Ese último punto era el verdadero clímax de su “performance” y en base a él se articulaba y se concretaba toda la finalidad del acto.

La mirada del otro era lo que daba sentido a su mostrarse.


Ahora, en su vertiente “tiempos líquidos” sólo le cabe esperar, en el mejor de los casos, algún que otro airado reproche escrito por parte de alguna mujer despechada o de alguna que quiere, aún sin saberlo, procurarle esa mínima satisfacción…

Y es que hay ocasiones en las que del pene a la pena sólo va una letra.

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