Dulce despertar

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Micro relato: Dulce despertar


Una de mis primeras experiencias sexuales más dulces fue con un chico menor que yo. Aunque han pasado varios años, lo recuerdo muy bien.

También, que nuestra primera vez significó su estreno sexual.

De hecho, tuvimos varias citas antes de que me llevase a su casa, que no tenía salón, así que pasamos directamente a su habitación.

Como no podía ser de otra manera, nos sentamos en su cama, casi pegados y tratando de digerir los nervios. Él estaba como un flan y no era capaz de disimularlo. Me cogió una mano y, poco a poco, fue acercando sus labios a los míos.

Fue un beso que comenzó tímido hasta que nos fuimos encendiendo.

Notaba que no se atrevía casi a tocarme y yo me insinuaba ligeramente. Acerqué mis pechos aún tapados por un jersey hasta rozarme con ellos.

Deseaba que los agarrara fuertemente y me arrancase la ropa de forma salvaje, pero no, él era demasiado tierno para eso.

Supongo que con un poco de vergüenza fue arrimándose a mis senos, que masajeó delicadamente. Solo con pensar en su lengua recorriéndome los pezones provocó que estos se pusierán duros.

Deseosa y caliente, me quité el jersey y me deshice del suyo. Estaba delgado, pero tenía cierta definición.

Me aproximé de nuevo a su boca y froté mis pezones erectos contra su pecho. Los pellizcó, por fin, y paseó sus labios por ellos, succionándo fugazmente y acelerando mi lubricación.

Parecía que sabía muy bien lo que hacía porque me tendió en la cama diseñando un camino de besos desde mi cuello hasta mi ombligo.

Se bajó sus pantalones y me bajó los míos dejando al descubierto mi sexo.

Entonces, se tumbó encima de mí mientras yo abría las piernas más y más para que el roce fuera el mayor posible.

Se movía sobre mí aún sin penetrarme, pero el sentir su pene acariciando mi clítoris me excitaba mucho. Empecé a abrazar las puertas del orgasmo y a gemir sonoramente.

Cogió un preservativo del bolsillo de su pantalón y se lo puso torpemente en su tremenda erección.

Buscó con su miembro enfundado la entrada de mi vagina y me lo introdujo despacio.

Pude adivinar por la expresión de su cara casi exactamente lo que sintió con esa primera embestida.

Cambiamos de postura y me senté encima de él. Ya que le iba a desvirgar yo, quería hacerlo en toda regla. Oscilaba sobre él jugando con la intensidad de las penetraciones.

Ahora sí se entretenía sin pudor con mis pechos que saltaban de arriba a abajo al moverme frenéticamente sobre su pene.

Cuando acabó me tumbé a su lado, exhausta.

En su ordenador sonaba una canción que, hasta ese momento, yo desconocía. Actualmente cada vez que la escucho no puedo evitar esbozar una sonrisilla al rememorar ese momento.

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