Empotrador a domicilio

Empotrador a domicilio

Empotrador a domicilio


Existe un espécimen difícil de encontrar: el empotrador


Todas las mujeres, incluso las que lo niegan, hemos soñado con ese hombre que nos ‘empotre’ contra la pared mientras nos susurra palabras nada elegantes y nos mete mano, despertándonos sensaciones que desconociamos.

Por mi cama pasaron algunos más o menos fogosos, pero sin merecerse esa denominación tan distinguida.

Hasta hace unos meses, que ya sí tuve la suerte de toparme con un empotrador.

Con todas las letras.

Barba de varios días, gafas de sol y sonrisilla pícara, así venía Carlos a nuestra primera cita, sólo una semana después de que un amigo en común me lo presentara.

Tenía pinta de ser un malote a juzgar por las indirectas que me lanzó toda la tarde mientras conversábamos de cañas.

No me parecía el chico más guapo del mundo, pero tenía su atractivo y ese tonteo que se traía me desconcertaba. Nos cayó la noche entre conversaciones de relaciones, amor y sexo.

A veces, se hacía el interesante y se acercaba a mí, explicandome que me quería decir algo al oído para que no se enteraran los de la mesa de al lado.

Tuve el honor de escuchar “me pareces un pivón” y otras genialidades del estilo por parte del empotrador.


En una de esas ocasiones que se aproximaba a contarme algo, su cara avanzó lentamente hasta casi chocarse con la mía. Le gustaba jugar pero, claro, a mí también. Nos quedamos unos segundos mirándonos y me lancé a darle un beso.

Fue corto pero muy húmedo, pues no desaproveché la ocasión de meterle la lengua.

Un par de horas después nos levantamos del bar en dirección a mi casa. Aunque por supuesto no tenía la menor intención de llevarme lo conmigo, insistió en acompañarme hasta mi bloque.

Eran alrededor de las 2 de la mañana en un día cualquiera laborable, por lo que la calle estaba vacía. No recuerdo bien cómo ni por qué pero el caso es que empezamos a besarnos agitadamente.

Me arrinconó en un portal y mordió mis labios como si fueran comestibles mientras sus manos me rodeaban la cintura y ascendían hasta mi espalda, por debajo de mi camiseta. Yo insistía en sujetarle de la cabeza, pero él se negaba y me agarraba los brazos por detrás de mí. Estaba a su antojo.

Pronto los mordiscos se extendieron a mi cuello, calentándome mucho.


Cuando se olvidaba de mis brazos, los soltaba y me acariciaba la zona de los senos pero sin rozarlos directamente.

-“¿A que nunca te han excitado tanto sin tocarte los pechos?”

Tenía razón, estaba ardiendo ya en deseos de fundirme con él. Mis manos subían hasta su cabello para masajearlo mientras él me rociaba de besos el cuello y escote y, de nuevo, se daba cuenta y me los  alzaba contra la pared, de tal modo que volvía a estar a su entera disposición.

Introdujo una pierna en medio de las mías para restregar contra mi sexo. Yo podía sentir cómo el suyo se hinchaba.

Continuamos el camino hacia mi portal y, en un seguéndo asalto, me empotró contra la pared. Yo me quería vengar mordiéndole con vehemencia su labio inferior. Lo notaba jadear y agitarse, y entonces me decía:

-“Muérdeme más fuerte, mucho más”.

No tenía pensado subirle a casa. Al menos no en la primera cita, pues era una regla no escrita para mí, pero me había cautivado.


Subimos en el ascensor y, por supuesto, me aprisionó contra el espejo, restregándome todo su miembro y agarrándome el trasero. De nuevo, llevó mis manos hacia atrás, sosteniéndolas con fuerza, mientras, casi literalmente, me comía.

O al menos así lo sentí.

Por fin, llegamos a mi habitación. Me arrojó a la cama y se abalanzó sobre mí, despojando en un santiamén de la camiseta y el sujetador.

Aún no se había deleitado con mis pechos y volvió a acariciarlos en círculos, sin rozarme los pezones.

Me miraba con cara de malvado y yo deseaba que los chupase, los mordiera, los succionara.


Lo que él quisiera. Finalmente, acomodó sus manos a mis pechos, lamió hasta que empezó a bajar en dirección a mi vagina.

Me quitó las braguitas, humedeciendo su dedo y me lo introdujo mientras clavaba sus ojos en los míos.

-“¿Sigo?”, preguntó con voz melosa.

Me masturbó frenéticamente y con la otra mano se fue quitando sus pantalones hasta que quedó al descubierto su resplandeciente pene.

Me metió un dedo en la boca, para comprobar de qué sería yo capaz con su miembro.


Se lo lamí hábilmente y se puso todavía más a cien.

Me llevó hasta el borde de la cama y su pene entró en mí. Sostenía mis piernas a la altura de su cintura y empezó a moverse ágilmente.

-“¿Te gusta cómo te follo?”, espetó.

De repente, sus embestidas se hicieron más pronunciadas y, cuando iba a alcanzar el clímax, sacó su pene y eyaculó encima de mis senos.

Qué erótico me pareció ver su semen sobre mí.

Por supuesto, sabía que no era el hombre de mi vida, pero también sabía que la manera en que me había excitado iba a ser difícil de superar.

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