Puesta de sol entre los viñedos

Puesta de sol entre los viñedos

 

Había pasado muchos años trabajando en Nueva York como empresaria de una gran multinacional en el sector  vitivinícola, lejos de su hogar, de su amada tierra, cubierta de viñedos y envuelta por el aroma mediterránea .

Se ganaba la vida exportando sus vinos. Amaba su trabajo. Su labor iba más allá de deleitar a su fiel público. Ella quería que sintieran, que amarán aquellos vinos de crianza con toques de la variedad Xarel.lo y Parellada como ella lo hacía.

Quería sorprender con su pasión por el vino en aquella enorme y estresada ciudad, incapaz de parar un segundo por degustar un buen caldo en el paladar.

Había llegado muy lejos, se podía permitir un apartamento en la quinta avenida y un coche de lujo, ropa de grandes diseñadores, zapatos y bolsos caros. Pero, todo aquello,en el fondo era superficial y no la llenaba. A pesar de tenerlo todo, estaba sola, sin pareja, distanciada de sus orígenes en una gran ciudad.

Sentía un vacío en su interior, quería de nuevo expresarse en su lengua materna. Sentía necesitaba de su gente, de la tranquilidad de su pequeño pueblo en Cataluña. Ubicado en la zona del Penedés.

Una tierra vinícola desde hacía muchas generaciones con tradiciones pasadas de padres a hijos. Algo muy arraigado, que sí se llevaba en la sangre y en las costumbres, a diferencia de la gran Nueva York.  Quizás lo del vino, era una moda pasajera dictada por algún chef snob.

Era el momento de cambiar, llevar su trabajo como enóloga a otro lugar y empezar de nuevo a cualquier otro rincón del mundo, pero, no sin antes volver a sus raíces, al menos una vez más, para retomar su camino.

Uno, al regresar con sus ancestros, comprende de dónde proviene y por lo que tiene que estar agradecido. Era un alto en su camino que sin duda debía hacer.

-9 horas de avión y un taxi la dejaron al hotel.

Una vez instalada y las maletas deshechas, se puso ropa más cómoda, unos vaqueros y calzado plano.

Nada de maquillaje en su piel curtida por el clima y la contaminación de Nueva York.  Por primera vez en mucho tiempo se sentía libre de ataduras, de horarios, de trajes caros y de tacones “Jimmy Choos” .

Por fin, podía volver a ser ella misma. Había viajado infinidad de veces en su vida por motivos laborales, pero siempre con el estrés de las reuniones y conferencias sin disfrutar realmente.

Entró en el sencillo coche alquilado, nada ostentoso. Quería volver a ser austera y sencilla.

Con el depósito lleno, se disponía a recorrer kilómetros entre viñedos, sol y aire fresco, que entraba por la ventana del automóvil alquilado.

 

Nunca hubiera imaginado cómo podría llegar a ser de maravilloso, volver a leer las señales de tráfico y carteles en su lengua nativa.

Era como transportarse en un plácido sueño para llevarla a un lugar de paz. Nada de GPS, nada de móvil que le indicará dónde ir. Simplemente dejarse llevar dónde el corazón le dictará.

Un cartel antiguo medio tapado por la hiedra salvaje le señalaba que a su izquierda de aquella  carretera mal asfaltada escondía una bodega apartada, a las afueras del núcleo urbano.

Era un lugar bucólico, pequeño y nada ostentoso pero en una zona preciosa llena de viñedos con mucha historia, ya que entre ellas se encontraban los vestigios de lo que en su momento fue la Vía Augusta .

Sólo ella era capaz de observar cómo estos viñedos se mezclaban con rosales. Responsables de aportar ese olor característico al vino de la zona.

Detuvo el coche en el aparcamiento y bajó decidida.

Esta vez, no sería ella la responsable ni profesional de enseñar a un grupo ávido de visitantes.Esta vez ella misma sería tan sólo una visitante más, degustando sus vinos en su paladar más que entrenado.

Frente la puerta de la bodega  ya había un grupo de visitantes esperando realizar su tour enológico. Y y ella aprovechó para adentrarse como una más de ellos, escondida tras sus gafas de sol.

La visita, la realizaba un chico que explicaba muy entusiasmado, las características de las instalaciones y el proceso de vinificación.

Su cara le era familiar, sus gestos, por otro lado, era muy atractivo, alto, labios gruesos y ojos claros.

A cada palabra de él le resultaba más y más interesante. Se sentía atraída como una polilla y mientras recorrían las instalaciones cada vez se acercaba más a las primeras filas para poder disfrutar mejor de su presencia.

Podía sentir su olor a perfume, su nariz de enóloga hacía que cosas así no le pasarán jamás desapercibidas. Ocultarse tras los cristales opacos de aquellas  enormes gafas de sol Chanel.

Estas, le ayudaban a mirar como un zorro se relame con la mirada puesta en su presa antes de ser atacada. Pasado el tour por las instalaciones.

Las mirada se hicieron más intensas en el momento de cata de vinos. Las copas llenas de maravillosos vinos, hacían que la situación la  hacía excitar mucho más.

 

Se sentía por fin como en casa.

Quería pasar desapercibida, no permitir se supiera quién era ella ni a que se había dedicado a su trabajo tantos años.

Quería sentirse como una curiosa más. Pero irremediablemente ese era su mundo por el que había peleado tanto y había conseguido su estatus social.  

Se sentía como una espía camuflada. El ambiente, los olores y los sabores en su paladar provocaba que su se piel erizada. Sus recuerdos golpeaban su mente continuamente.

Se había criado allí, su infancia sucedió entre viñedos similares, pisoteando uva. Algo que se transmitió por su abuelo materno, el cual le enseño todo lo que debía saber sobre el mundo del vino.

Todo era como una gran tormenta de sensaciones en su cuerpo.

Manuel que así se llamaba el guía le ofreció una copa al terminar la visita, aprovechando todos habían abandonado la sala y ella recogía su enorme bolso, inquieta y nerviosa.

-Nos conocemos? Creo recordar esa cara tan bonita si me permites la confianza.

Un mar de recuerdos abordaron su mente, Manuel fue su primer amor de juventud. Esos que no pasas del tonteo y poco más, y que no cuaja como relación. El abrazo fue intensa entre ellos.

-¡No lo puedo creer! Estás aquí!

Han pasado millones de años que no nos veíamos. Tenemos que ponernos al día y contarnos sobre nuestras vidas.

Te invito a un paseo a solas, te enseñaré todo esto.

! Te encantará! -Dijo Manuel, aprovechando ese era su último tour del día.

 

Su locuaz entusiasmo la invitó a quedarse sin dudar, era como si nunca hubiera pasado el tiempo entre ellos, cada uno había vivido vidas tan similares pero a la vez tan alejadas.

Más de 30 años, sin coincidir, sin embargo, las risas y la complicidad seguían entre ellos.

El paisaje los envolvía con un atardecer épicamente mediterráneo, el tiempo se había detenido para ellos en aquellas viñas que eran las únicas testigos de aquel maravilloso evento.

-Que nos sucedió? Porque rompimos? – preguntó Manuel con añoranza.

-Éramos unos críos con mucho por aprender y recorrer. dejando un minuto de silencio sin saber más que decir. Se armó de valor al percibir un roce de la mano de Manel cerca de la suya.

-Y aquí estamos de nuevo. Respondió ella.

-Era más que evidente que aún existía mucha atracción entre ellos. Demasiada, como para evitar ese beso robado. Buscando la boca el uno del otro en ese momento.

Sus lenguas jugaban a deslizarse dentro. Empezaron a deleitarse con el placer que estaba a punto de llegar. Ella se puso roja y lo miraba con deseo.

– “Quiero besarte todo el cuerpo”, le susurro muy bajito al oído. Bajando lentamente por su cuello.

La excitación era muy intensa por momentos. Se notaba la pasión desatada y contenida de mucho tiempo.

Desabrochó la corbata para hacerle un nudo con ella en las grandes manos y fuertes de Manuel. Ordenando que se quedará quieto.

Era una mujer de mundo, segura de sí misma y bajo esa ropa informal que había decidido ponerse y que ahora se desprendía quedando tirada por el suelo de los viñedos, seguía aquella ejecutiva que se había endurecido como persona con su cargo y posición social.

Él la obedeció sin dudarlo, le gustaba ser su esclavo sexual en aquella situación.Se miraban con ansia, sus respiraciones y la morbosidad del lugar hacía que les costará mucho reprimir y controlar sus instintos más primarios.

Desnudos los dos por completo yacían sobre la tierra sin más.

Ella descendía con su lengua por la cintura de Manuel , percibiendo cada aroma cada sabor salado de  su piel. No podía evitar manipularlo como a un muñeco de placer.

A su antojo.

 

Había quedado pendiente entre ellos el sexo, aquella fantasía sexual primaria de los años de adolescencia y ahora, era el momento de hacerlo realidad. Manuel se revolvía de placer en su propio cuerpo.

Cada poro, cada centímetro de piel se excitaba alimentado por aquel jubilo de caricias.

– “No te muevas”, te lo suplico.

Bajando hasta llegar al ombligo. Lo lamió.

Manuel no pudo resistir el éxtasis, no conseguía quedarse quieto.

Debía sacar toda aquella pasión dando un giro a la situación. Se arrodilló agarrando los tobillos de ella mientras separaba sus piernas. Mordía con suavidad cada uno de los dedos de sus pies. Ella, gemía en aquel lugar recóndito.

Entre viñedos y bosque, donde nadie podía escucharlos. Lamia su tobillo con la ávida lengua muerta de sed, dando paso a un lento ascenso:

Del tobillo en la pantorrilla.

De la pantorrilla a la rodilla.

De la rodilla en la entrepierna.

…….

 

Manuel observaba de reojo, para poder ver la cara de ella, totalmente entregada a las nuevas sensaciones que allí acontecían.

Sus gemidos iban aumentando y se liberaron en el viento que les acompañaba.

Podían sentir como sus cuerpos ardían con tan sólo frotar sus pieles. Seguía subiendo sin demorar aquel instante ni un segundo, el tiempo lo era todo, era lo único que tenían.

Puesta de sol entre los viñedos

Puesta de sol

 

El sol dejaba ver sus últimos rayos detrás de las montañas. La nariz de Manuel se colocó sobre su clítoris y con la lengua comenzó a lamer con movimientos circulares e insistentes.

Inspiró profundamente y reanudando su recorrido por todo el sexo de ella. Cada recoveco, sus labios menores y su vulva inflamada y roja como aquellas rosas que rodeaban el paisaje.

Disfrutaba de olor, de su nariz enterrada en aquella vagina y sus movimientos eran muy lentos para deleite de ambos.

Ella cada vez se alteraba más. Manuel sabía bien cómo tenerla entregada al placer y aún siendo una desconocida era alguien a quién deseaba muchísimo después de tantos años distanciados

– “No puedo más”, exclamaba ella.

Sujetando con fuerza sus muslos e introduciendo un dedo en su vagina, lo movía para percibir que su orgasmo no se iba a retrasar demasiado.

Notaba cada palpitación, cada contracción, cada espasmo y cómo crecía la humedad como un verdadero manantial.

La excitación entre ellos crecía. Apoyando su cuerpo sobre aquella tierra, entre rosales, la penetró queriendo ser un mismo ser.  Se follaban mutuamente y con avidez, con movimientos muy rápidos.

– “Córrete para mí”, le dijo Manuel.

 

Mientras seguía acariciaba con su mano, su clítoris al mismo tiempo que la embestía.

En cuestión de segundos ella no pudo más y estalló de placer.

Gritaba como loca sin importarle que alguien pudiera escucharles.

Sus gemidos y suspiros se ocultaban en el viento que soplaba, como si aquellos viñedos fueran los únicos testigos de aquel encuentro.

La penetró hasta el fondo una vez más, abrazando aquel cuerpo sucio de arena contra el suyo, para sentir el placer recorriendo cada poro de su piel.

Y Manuel estalló con un orgasmo extasiado.

Mientras ella, cerraba su puño, el cual había llenado con aquella tierra que tanto había echado de menos. Para derramarla despacio y devolverla a la naturaleza.

Tal y como ella había regresado buscando a la tierra, la tierra la encontró a ella.

 

Fin.

 

Escrito Por Iria Ferrari

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: